Editorial

La rentabilidad recurrente del dividendo

Las empresas españolas cotizadas en el Ibex 35 han repartido hasta ahora algo más de 13.500 millones de euros en dividendos entre sus socios, y esperan llegar a los 25.000 cuando termine el ejercicio, con un incremento notable sobre lo abonado en los últimos años, en los que la crisis ha contraído los balances y las cuentas de resultados de las empresas y en los que han destinado una parte más importante de sus números negros a reducir su dependencia financiera o, simplemente, a reforzar la estructura de su capital. El abono de los dividendos es uno de los reflejos más coherentes de la marcha de la economía, y los datos de crecimiento de la actividad, que podría llegar este año al 1,5% (las estimaciones del Gobierno hablan de un 1,2%), tendrán una réplica aritmética en el comportamiento de las empresas y sus cuentas. Este mismo año, tras haber abandonado el pago a sus socios por la contracción del negocio, nueve empresas han vuelto a la rutina anual de retribuir a quien ha apostado por ellas, y otras 22 han incrementado los pagos sobre el año pasado.

Así, la Bolsa española conserva, año tras año, el privilegio de ser el mercado que mejor trata a quien apuesta por la renta variable, con una rentabilidad de cerca del 4,7%, un punto superior a la francesa o la alemana. Esta circunstancia ha intensificado históricamente el interés de los particulares por la compra directa de valores, y los españoles tienen de forma directa nada menos que el 26% del valor de la Bolsa, mientras que en Francia o Alemania ese umbral es aproximadamente la mitad. El inversor español tiene un perfil marcadamente más conservador, y siempre ha apreciado atractivo en el refugio de los dividendos, así como en los bonos públicos cuando, con la peseta, las rentabilidades abonadas por las instituciones públicas eran muy abultadas para lograr la financiación suficiente. De hecho, el tránsito de la renta fija tradicional a la variable ha hecho siempre escala en aquellos valores más estables en sus cotizaciones, y con mayor tradición de abono de dividendos.

Ahora, teniendo en cuenta el abanico de rentabilidades de los diferentes productos de inversión de perfil fijo, excepción hecha, por tanto, de las acciones y su revalorización, la apuesta por compañías con buenos dividendos es de las más sólidas. Cabe recordar que los depósitos bancarios apenas remuneran un 1%, salvo casos excepcionales, y que la adquisición de deuda pública española puede proporcionar un máximo del 2,7% si se trata de bonos a diez años. Un 4,7% de retorno medio de las empresas del Ibex vía dividendo no tiene, por tanto, rival, y menos si se tiene en cuenta que con tasas de inflación muy próximas a cero, la rentabilidad nominal y la real prácticamente son la misma cosa. No obstante, no ha de perderse de vista que próximamente cambiará la fiscalidad de la renta procedente de dividendos de sociedades cotizadas, y que los cambios castigarán más a quienes obtengan rentas inferiores a los 1.500 euros, que hasta ahora, concluido este año fiscal, estaban exentos de tributación. En todo caso, y teniendo en cuenta que el paradigma macroeconómico ha cambiado y que seguramente asistiremos a unos cuantos años de políticas monetarias muy expansivas y por ello tipos muy bajos de los pasivos, los inversores deberían comenzar a introducir mayores dosis de riesgo en sus carteras y en sus decisiones.

Si se consolida el crecimiento, las empresas bien gestionadas, con actividades que generen valor añadido a su clientela y caja a sus socios, con niveles razonables de deuda y geográficamente diversificadas, se abonarán a crecimientos sostenidos de sus beneficios, que terminarán siempre en manos de sus accionistas, salvo que vayan íntegramente a ampliar la inversión de la empresa. Y ese crecimiento del negocio y de los beneficios es el mejor argumento, casi el único, que garantiza un plus adicional a las cotizadas, que es su revalorización. Las empresas españolas siguen siendo baratas si sus multiplicadores se comparan con las cifras del boom económico de hace siete y ocho años, y el índice español de la Bolsa sigue acumulando el mayor retraso respecto a los avances en Europa y EE UU, pese a haber crecido cerca de un 30% en los últimos 18 meses.