Editorial

Draghi debe preocuparse solo del crecimiento

El mercado está pendiente de las decisiones que el Banco Central Europeo pueda adoptar hoy. En realidad, lleva demasiado tiempo pendiente de Mario Draghi, lleva varios años adictivamente pendiente de las decisiones de los bancos centrales. Pero hoy es obligado, porque fue el propio presidente del BCE quien señaló la fecha como aquella en la que tomaría medidas serias para combatir el fantasma de la deflación, que en realidad esconde otros más peligrosos, como son la falta de crecimiento y el descomunal bardo del endeudamiento público y privado de las economías de la eurozona, sobre todo en el sur. Si en EE UU, ejemplo de reacciones rápidas, han tenido que ponerse en manos de la Reserva Federal para sostener la economía pese a tener un solo Gobierno y un solo Tesoro, en Europa, abonada al piano piano, no puede ser diferente si hay 16 Gobiernos y otros tantos Tesoros.

Las decisiones que adopte hoy el consejo del BCE han de ajustarse a los problemas que tiene la economía europea en todo su conjunto, y no a aquellos que únicamente afectan a una parte del territorio de la Unión Monetaria. El elevado endeudamiento de los países del sur y su financiación parece haberse solucionado con unas inyecciones de liquidez que han respaldado de manera masiva las emisiones de los Tesoros nacionales de varios países (España, Portugal, Italia, etc.). Una operación financiera que ha terminado teniendo resultado fiscal.

La excesiva apreciación del euro, inducida por la depreciación paralela que en el dólar han provocado las ingentes inyecciones de tesorería de la Reserva Federal con las compras de activos emitidos en dólares, debe preocupar por el efecto que tiene en las exportaciones. Pero debe preocupar también por el que genera en las importaciones, que terminan comprando deflación.

Pero el principal objetivo del BCE, aunque en su ideario esté el control de la inflación (y la deflación), debe ser generar crecimiento moderadamente inflacionista. Con crecimiento, el resto de los problemas (el bancario, el de la deuda y el de la divisa) se combaten por pasiva y, en el peor de los casos, son menos problemas. Desde luego que el endeudamiento y la deflación socavan el crecimiento y agrandan su gravedad. Pero con crecimiento económico, los Tesoros y los agentes privados pagarán mejor sus deudas, y la inflación volverá a unos valores que colaboren con los deudores reduciendo su peso relativo.

Cierto es, no obstante, que las herramientas tradicionales utilizadas por los bancos centrales están agotando su efectividad, como agota poco a poco su efectividad el uso del lenguaje Draghi sin llegar a aplicar cada medida que se anuncia. Los tipos de interés directores han perdido sensibilidad, y los efectos en el crédito de reducir unos tipos en el 0,25% al 0,15% no parecen determinantes. Como tampoco parece determinante colocar la tasa de remuneración de los depósitos bancarios en el BCE en tasa negativa, cuando ya ahora está en el cero nominal. De hecho, tipos tan bajos deberían reanimar la demanda de crédito y su concesión dado que solo grandes volúmenes de préstamos en los balances de los bancos cebarían una cuenta de resultados creciente, puesto que los márgenes de intermediación son de centésimas.

El BCE salvó la vida a la banca (y a los Estados) con las gigantescas inyecciones de liquidez a largo plazo de 2011 y 2012. El mercado interbancario no está normalizado y debería prorrogarlas. Pero si quiere quebrar la fragmentación del mercado crediticio debería hacerlo con mecanismos coercitivos para que la provisión de liquidez terminase en la concesión de crédito, y que lo hiciese por igual, en cantidad y precio, en cada una de las zonas que administra el BCE. El problema de la escasez de crédito sigue teniendo una raíz bancaria, y ahí debe buscarse la solución. El mercado espera una pequeña dosis de compra de activos, preferentemente bancarios, aunque no deja de ser una inyección tradicional de dinero. Si lo hiciera, debería forzar a que los recursos recibidos por el vendedor terminasen en su cartera de crédito en un tiempo delimitado. Y aunque un mercado adicto a la manguera del BCE pide compras masivas de activos, debería evitarlos. Eso sí, estaría bien abandonar el tradicional ejercicio de esterilización que el BCE practica a las contadas compras de deuda que hace.