Ventajas e inconvenientes de que los precios se mantengan planos

Cómo nos afecta un IPC que bordea el cero

Los precios en negativo benefician a consumidores, pero perjudican a empresas y a quienes soporten grandes deudas

Los expertos coinciden en que el riesgo de deflación en España es muy bajo

En la imagen, una pescadería en el madrileño mercado de Chamberí. EFEArchivo
En la imagen, una pescadería en el madrileño mercado de Chamberí. EFE/Archivo EFE

El Instituto Nacional de Estadística ha publicado esta mañana que el Índice de Precios de Consumo (IPC) subió un 0,2% en marzo respecto al mes de febrero y redujo una décima su tasa interanual, hasta situarse en el -0,1%, su nivel más bajo en un mes de marzo desde el año 2009.

De esta manera, el IPC, el indicador más popular que se emplea en España para medir lo que se incrementan los precios de una cesta básica de productos, en teoría los que más consumo generan, vuelve a tasas anuales negativas y cada vez que eso ha ocurrido en los últimos meses aparece con fuerza el fantasma de la temida deflación.

En primer lugar, conviene destacar que para que exista deflación, los teóricos recuerdan que ha de producirse un descenso generalizado de precios, por lo tanto de casi todos esos productos de la cesta con que el INE elabora el índice, de manera continuada (al menos durante seis meses consecutivos) y, por el momento, todos los analistas descartan un escenario como ese para la economía española justo ahora que los indicadores apuntan un repunte del consumo.

Otra cosa bien diferente es que los españoles, demasiado acostumbrados a vivir con tasas elevadas de inflación, deben prepararse ahora para ver cómo los precios se planchan, se estancan, en un buen número de productos en busca precisamente de que se consolide esa mejora incipiente del consumo. Es más, todos los pronósticos apuntan a que el IPC terminará este año en torno al 0,5% y en el 0,8% el año que viene; cuando el BCE establece en el 2% el nivel equilibrado de los precios.  

Para qué y para quién es bueno una inflación tan baja

En principio, que los precios estén en unos niveles tan bajos es una buena noticia para los consumidores, los asalariados y los pensionistas.

Para los primeros porque a menos precio, mayor capacidad de compra, lo que para España, donde el consumo supone más del 60% del PIB, es crucial si quiere encarar la recuperación económica con ciertas garantías de éxito.

Para asalariados y pensionistas también es positivo un IPC que merodee en torno al 0%, ya que si algo ha traído esta crisis para quedarse, al menos a medio plazo, es un entorno de salarios estancados o con subidas mínimas, a las que si les descontamos la inflación (que es como se calcula la ganancia neta de rentas), apenas sufre variación, luego el poder adquisitivo se mantiene e incluso aumenta en el caso de tasas negativas de inflación. Con un entorno de incrementos salariales tan bajos, los empresarios tienen más incentivos a la contratación, lo que en tiempso de crisis beneficia a la actividad y, sobre todo, al empleo.

Para qué y para quién es malo una inflación tan baja

Pero frente a esas ventajas, también existen inconvenientes que a casi nadie se le escapan de tener un entorno de precios tan estancado. Para las empresas esas exiguas subidas de precios son bastante desincentivadoras, puesto que no se traducirán en fuertes incrementos de ganancias. Además, al no poder vender sus productos sensiblemente más caros que la competencia, la posibilidad de invertir en mejoras para hacer esos productos más competitivos también es menos atractiva. Por ello, si no pueden repercutir el gasto acometido en la inversión al precio de venta final, lo más lógico es no acometer dicha inversión.

Y para el común de los mortales, para los asalariados y, en menor medida para los pensionistas, las tradicionales subidas de precios que se producían hasta ahora engordaban sus rentas, lo que les aliviaba el pago de las deudas contraidas (básicamente hipotecas y otros créditos). Ahora, ese efecto silencioso que tenía un IPC por encima del 2% de diluir las deudas se ha acabado no solo para familias y empresas muy endeudadas, sino también para el Estado por su nulo impacto sobre la deuda pública. Por contra, los grandes ahorradores no ven depreciado el valor de sus ahorros con un IPC tan escuálido.

Qué es entonces lo más adecuado para España

Teniendo en cuenta que España forma parte de la UE, lo más beneficioso sería mantener su nivel de inflación en ese 0,5% pronosticado para fin de año, pero que los países del norte y centro Europa como Alemania registraran un IPC de al menos el 2% o el 2,5% ( en la actualidad Alemania también tiene planchados los precios en un 1%). De ese modo, España conseguiría acelerar la ganancia de competitividad (nuestros productos son de calidad similar o superior pero más baratos que los de los alemanes) con sus socios europeos, mejorando sus ventas y así incentivando la actividad y el empleo. La salida de la crisis sería más rápida y esos efectos perniciosos de la baja inflación podrían compensarse con un mayor crecimiento, que se traduciría en una mejora de los ingresos públicos, tan necesarios para pagar el fuerte endeudamiento.

Los expertos coinciden en que lo mejor es, por tanto, un nivel de precios estable, que no registre graves fluctuaciones ni hacia arriba ni hacia abajo para que todos los agentes económicos: empresas, consumidores y Estados sepan a qué atenerse, favoreciendo la actividad y la creación de puestos de trabajo. En materia de precios, cuantos menos sustos, mejor.