Editorial

Más oxígeno para las pymes

Pese a los signos que anuncian un incipiente cambio de ciclo económico en España, hay determinados frentes que continúan sin ofrecer noticias esperanzadoras. Uno de esos nudos gordianos que se resisten a las buenas previsiones es el mercado de crédito. El largo y complejo proceso de saneamiento en que está inmerso el sistema financiero español, unido al crecimiento exponencial de los niveles de riesgo como consecuencia de la crisis, ha cercenado al máximo la función natural de este sector: hacer fluir el crédito a administraciones, empresas y particulares. El problema es especialmente grave en el caso de las pequeñas compañías, que arrastran grandes dificultades para conseguir financiación y que, cuando la obtienen, pagan por ello un precio muy alto.

En un país cuyo tejido empresarial está integrado en más de un 99% por pequeñas y medianas empresas esta cuestión resulta fundamental. Es cierto que se han hecho esfuerzos para resolver el problema –es el caso, por ejemplo, de las emisiones de deuda del Mercado Alternativo de Renta Fija (MARF)–, pero también lo es que esas iniciativas no han tenido una acogida mayoritaria y no son especialmente adecuadas para los negocios de menor tamaño. A la vista de este panorama, el Gobierno prepara una futura Ley Financiera, que está previsto aprobar a finales de marzo, y que incluye una batería de herramientas para facilitar que la financiación riegue el tejido empresarial en toda su capilaridad. Entre esas medidas figura una mejora de las condiciones de las pólizas de crédito, incentivos para que los bancos adquieran deudas empresariales con descuento, potenciar ciertas figuras de inversión colectiva con el objetivo de capitalizar empresas no cotizadas, mejorar los instrumentos de capital riesgo para que su prioridad sea garantizar el crecimiento de la compañía, así como mejorar el modelo para atraer fondos, e introducir un régimen sancionador contra el eterno problema de la morosidad.

Todas esas herramientas están llamadas a solucionar una cuestión acuciante –la sequía de crédito que se ha llevado por delante a miles de pequeñas compañías desde el inicio de esta crisis–, pero no deberían entenderse como sustitutos del cauce ordinario para inyectar liquidez al tejido empresarial: el mercado bancario. Precisamente por esa razón, España tiene ante sí el reto de apurar en lo posible el proceso de saneamiento del sistema financiero y reabrir en toda su normalidad el mercado de concesión de crédito. Pero mientras esa tarea se lleva a su fin, hay miles y miles de pymes que necesitan financiación urgente para operar y que no pueden resistir indefinidamente sin ella. Ambos cauces de financiación –ordinario y alternativo– son necesarios y ambos resultan urgentes.

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