Bruselas espera que se aceleren las reformas
La canciller alemana, Angela Merkel, en un acto de campaña.
La canciller alemana, Angela Merkel, en un acto de campaña. Reuters

El 22-S marca la voluntad de Berlín para 'resetear' la zona euro

El proyecto europeo está amenazado por el paro y las tensiones sociales y territoriales

Merkel es favorita en los sondeos, aunque se duda de su liderazgo para un cambio en la UE

Quizá suene injusto, pero los 61,8 millones de alemanes convocados a las urnas el próximo 22 de septiembre podrían tener en sus manos buena parte del futuro de Europa. Y aunque muchos analistas auguran un escenario de continuidad en Berlín, los precedentes y la coyuntura apuntan más bien a un nuevo orden europeo incluso si Angela Merkel sigue siendo canciller, como indican todos los sondeos.

Gane quien gane, el 22-S marcará la voluntad de Alemania para resetear de una vez por todas la UE y la zona euro después de una crisis que ha puesto en peligro incluso la supervivencia de la moneda única, el logro más tangible de medio de siglo de integración europea.

La tensión política y económica ha alcanzado tal nivel en el seno de la Unión Europea que resulta impensable una Alemania como la de los últimos cuatro años, solo dispuesta a tomar las riendas para frenar al club europeo en lugar de aprovecharlas para acelerar la modernización de las estructuras comunitarias.

Si Alemania apostara por seguir a la defensiva tras el 22-S, como apuntan muchas de las fuentes consultadas y la inmensa mayoría de los observadores, el proyecto europeo podría resquebrajarse por las fisuras del paro, la depauperización y las tensiones sociales y territoriales. La historia, sin embargo, juega a favor de la opción contraria, mucho más positiva para el futuro de la UE. En los momentos cruciales, Berlín siempre se ha decantado por preservar la unidad y la integración de un club del que depende en buena parte su estabilidad y prosperidad.

El BCE mete prisa a Berlín

El nuevo Gobierno alemán deberá decidir si mantiene las reticencias del actual hacia la unión bancaria o pisa el acelerador, como le piden muchos de sus socios de la zona euro y las instituciones europeas, en particular, el Banco Central Europeo. El BCE, que en 2014 espera asumir la supervisión bancaria de toda la UE, asegura que esa labor requiere la creación de un fondo de resolución que financie la reestructuración o liquidación de los bancos en dificultades.
Pero el ministro alemán de Finanzas saliente, Wolfgang Schäuble, sostiene que ese organismo no se puede crear en base al tratado actual, opinión que no comparten los servicios jurídicos de la CE ni del Consejo de la UE. El Gobierno de Merkel, en un gesto más de desconfianza hacia la CE, tampoco acepta que Bruselas se convierta en la autoridad de resolución bancaria de la zona euro. Esta vez, sin embargo, Berlín ha caído en su propia trampa, porque el Mecanismo Europeo de Estabilidad, donde encajaría esa función, no puede asumirla porque no es un organismo europeo: Merkel exigió que el MEDE fuera extracomunitario.

Incluso durante la crisis de la deuda soberana, el electorado alemán se ha desmarcado de la propaganda antieuropea o partidaria de abandonar a los socios en dificultades. De manera significativa, los liberales del FPD, el partido más opuesto a ayudar a Grecia, pugna por no sufrir el próximo día 22 el castigo de quedarse quedarse fuera del Bundestag por primera vez en 60 años.

A favor del protagonismo alemán también juega el propio interés de los compatriotas de Merkel. “Que nadie se engañe. Alemania no puede dar la espalda a Europa”, advertía el jueves en Francfort Michel Barnier, comisario europeo de Mercado Interior y uno de los aspirantes en la sombra a encaramarse el año que viene hasta la cúspide de la UE.

Barnier aseguró en el corazón financiero de Alemania y de la zona euro que el futuro político y económico del país dirigido por Merkel desde 2005 está ligado estrecha e inevitablemente a la suerte que corran el resto de sus socios europeos. Y recordó a una nación tan merecidamente orgullosa de su potencia industrial y comercial que el 60% de sus exportaciones van dirigidas al mercado europeo. Y que las exportaciones de Alemania hacia dos socios relativamente pequeños como Holanda o Austria igualan su comercio con China.

La lección del comisario francés llega en un momento clave: a solo unos días de que los alemanes decidan en las urnas si renuevan el mandato de la canciller Angela Merkel (del partido conservador CDU) o pasan el testigo al socialista Peer Steinbrück (SPD). En otras condiciones, la elección sería casi rutinaria porque la CDU y el SPD se reparten sin grandes dramas la cancillería desde que la República Federal emergió en 1949 de las cenizas de la II Guerra Mundial bajo la tutela política y económica de EE UU.

Pero esta decimoctava convocatoria a las urnas federales ha adquirido una relevancia sin precedentes como consecuencia de la gravísima crisis de identidad que atraviesa la Unión Europea y de la deriva económica de la zona euro.

El continente lleva tres años, desde que estalló la crisis del euro en 2010, a la espera de que Berlín ejerza el liderazgo constructivo que cabría esperar de la mayor potencia económica europea. Y en muchas capitales, con Bruselas a la cabeza, se espera que el 22-S marque el comienzo de esa nueva Alemania europea.

Muchos analistas, sin embargo, dudan que Merkel, si sale reelegida como apuntan los sondeos, vaya a dedicar su tercer y, probablemente, último mandato, a impulsar la transformación de la UE en una unión más integrada, democrática y competitiva.

“Es improbable que [Merkel] presente un gran plan para reformar Europa como anhelan desde hace tiempo los partidarios de la integración”, pronostica Judy Dempsey, editora de Strategic Europe, en su reciente informe para Carnegie Europe. “Merkel nunca ha expresado una visión de Europa”, añade Dempsey. Y concluye que, en relación con la política europea, “está claro que [el ministro alemán de Finanzas, Wolfgang] Schäuble, y no Merkel, es el heredero de Helmut Kohl”.

El pesimismo se extiende incluso al resto de partidos y líderes hasta el punto de que algunos analistas señalan que el electorado alemán espera y recompensa la pasividad de Berlín y ninguna coalición presidida por Merkel, incluso si fuera con el SPD, se atreverá a desafiar esas expectativas. “Los alemanes no ven nada malo en vivir de manera confortable en una versión ampliada de Suiza”, apunta Ulrike Guerot, del European Council of Foreign Relations.

Fuentes comunitarias tampoco prevén cambios en la relacióin de Berlín con los países “rescatados”. Y recuerdan que en ese terreno no se aprecian grandes diferencias en los programas de Merkel y Steinbrück. “Antes que nada son alemanes”, ironiza un alto cargo de la Comisión.

Los recientes datos económicos, que apuntarían a una estabilización de la económia, darían fuerza a las tesis de Berlín, partidarias de basar el ajuste de la zona euro en una deflación interna de países como España, Portugal o Grecia para que recuperen su competitividad a base de una reducción de los costes laborales y los precios en general.

Pero las fuentes consultadas en Bruselas reconocen que la mejora es más “estadística que real” y advierten de la fragilidad de una recuperación que aún no puede darse por definitiva. Además, parte de la mejoría, según los gabinetes de estudios de varias entidades financieras, puede atribuirse a la relajación de los objetivos de déficit que Bruselas, con la aquiescencia de Berlín, autorizó poco antes del verano. Es decir, que el giro, aparentemente imperceptible, ya habría comenzado.

Tan insostenible como la disciplina fiscal a rajatabla parece ser la gestión de la zona euro a base de improvisación y acuerdos intergubernamentales, como ha ocurrido en los momentos más graves entre 2010 y 2012. El empreño de Merkel en seguir esa vía solo ha dejado algún acuerdo olvidado, como el Tratado de Estabilidad y Gobernanza firmado por 25 de los 27 socios de la UE, y una factura muchísimo más albultada de lo previsto inicialmente.

Los parches para Grecia han transformado una “ayuda” de 30.000 millones de euros en un rescate interminable que ya se ha tragado casi un cuarto de billón de euros, de los que el contribuyente europeo no volverá a tener noticia hasta dentro de medio siglo como pronto.

La negativa inicial de Berlín a crear un fondo de rescate en condiciones también obligó a la zona euro a capear la crisis con un mecanismo provisional observado con desconfianza por los inversores internacionales y cuestionado por las agencias de calificación. La realidad impuso la creación de un Mecanismo europeo de Estabilidad, de carácter permanente y con vocación de convertirse en el embrión del futuro Tesoro de la zona euro.

Merkel también ha tirado de las bridas en la imprescindible contrucción de la unión bancaria, llamada a evitar que la caída de una entidad pueda provocar el colapso de su país de origen. Pero el avance resulta inevitable. “Es el mayor paso en la integración europea desde la creación del euro”, señaló el viernes en Vilna (Lituania) el antiguo lugarteniente de Schäuble y actual miembro del BCE, Jörg Asmussen.

La interpretación más benigna de todas esas trabas planteadas por Merkel las atribuye a una estrategia para no provocar una reacción en contra del electorado alemán. “Berlín dice no, pero a continuación añade una condición legal para dar el sí, y de esa manera consigue presentarlo como una victoria de sus tesis”, apunta una fuente europea. Los defensores de esa visión señalan que la estrategia continuará y la zona euro vivirá en los próximos años “una revolución silenciosa” bajo la discreta batuta de la cancillería alemana.

Una valoración menos cándida considera que la crisis del euro desbordó a una canciller acostumbrada a la placidez de gobernar un país reformado drástica y dolorosamente por su predecesor, el socialista Gerhard Schröder. En su primera legislatura, además, contó con el apoyo del SPD, con el que formó una gran coalición. Su ministro de Economía y actual rival por la cancilleria, Steinbrück, abortó de inmediato las primeras dudas que surgieron sobre un país de la zona euro y que afectaron a Irlanda. “Ha sido el mejor ministro de Economía de Merkel”, apunta un funcionario que se considera próximo al líder socialista alemán.

Pero el vendaval griego terminó con la calma a principios de 2010, poco después de que Merkel iniciara su segunda legislatura en coalición con los liberales del FPD. Y la reacción de Merkel reveló su tremenda desconfianza hacia las instituciones europeas, en particular, hacia una Comisión a la que ha intentado marginar del proceso de decisión en favor, primero, de los tecnócratas del BCE y ahora también del recién creado MEDE.

La fórmula parece agotada. No solo por sus resultados (Grecia, prácticamente quebrada; Portugal e Irlanda, rescatadas; Chipre, con corralito, Eslovenia, al borde del rescate); también por su falta de operatividad y porque acrecienta el llamado déficit democrático de una Unión que empieza a generar adnimadversión incluso en países como España o Alemania. Hasta el punto de que, prácticamente, la única incógnita electoral del 22-S gira en torno al resultado de Alternative fur Deutschland, un partido eurófobo surgido al calor de los titubeos de Berlín durante la primera gran crisis en la historia del euro.

La amenaza de otra quita griega

Grecia solo ha sobrevolado la campaña electoral alemana, lejos de convertirse en un eje central del debate. Pero la oposición ha acusado al Gobierno de Merkel de ocultar deliberadamente los problemas que todavía atraviesa el país balcánico, tres años después del primer rescate y de haber recibido más de 200.000 millones de euros del contribuyente europeo, incluidos 25.000 millones del contribuyente español. El Ejecutivo alemán se ha limitado a admitir que Atenas necesitará un tercer rescate, cuya cuantía, según reconoce la Comisión Europea, “resulta imposible de calcular en estos momentos”.
Lo cierto, sin embargo, es que el mercado no solo espera una nueva inyección de capital sino también una segunda quita en la deuda griega. “El líder del SPD, Peer Steinbrück, ha roto el tabú al asegurar que Grecia necesita otra reestructuración, lo cual hemos defendido desde el último rescate”, señala el banco de inversión Schroders en su informe sobre las elecciones alemanas. El problema es que las pérdidas, esta vez, serán para el contribuyente alemán y el español, entre otros.

La solución definitiva a la deuda

“Los alemanes se despertarán una mañana, no mucho después del 22 de septiembre, y descubrirán que la crisis del euro no ha terminado”. El análisis de Judy Dempsey para Carnegie Europe reconoce la habilidad del Gobierno de Angela Merkel para reconocer la gravedad de la situación de la zona euro al mismo tiempo que guarda silencio sobre sus dolorosas consecuencias. Pero advierte que la realidad acabará imponiéndose. Entre las sorpresas que pueden surgir tras el 22-S figura en primer lugar la resolución del problema de la deuda que abruma a los países del sur de la zona euro y lastra peligrosamente su potencial de crecimiento. El grupo socialista y el liberal del Parlamento apoyan una solución definitiva al problema mediante de un fondo de redención de deuda. Y el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, ha creado un grupo de alto nivel para que presente propuestas sobre ese mecanismo, que también cuenta con apoyos académicos y políticos en Alemania. El nuevo Gobierno alemán tendrá que decidir si secunda la propuesta o plantea otras alternativas.

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