Editorial

El turismo tiene que despejar incertidumbres

El sector turístico afrontó la pasada Semana Santa con los peores augurios. A una crisis que se hace eterna y se manifiesta en las principales economías emisoras de viajeros hacia España se unía el retraimiento continuado del consumo nacional y, por si esto no fuera suficiente, las previsiones meteorológicas eran igualmente desalentadoras. A pesar de todo ello, la ocupación ha sido del 70%, similar a la del año pasado. No es para echar las campanas al vuelo, pero el mero hecho de que no se haya producido otra caída ya es alentador. Sin embargo, han sido las reservas de última hora las que han salvado la campaña. Y ahí está el problema. Porque una vez más salen a la luz las debilidades estructurales del primer sector económico del país. El turismo no puede permitirse fiar su actividad a decisiones de clientes de última hora que, de convertirse en habituales, harán que el sector viva siempre pendiente de un hilo. Si después de décadas en los primeros puestos del mercado mundial, tanto en número de viajeros como en ingresos, el turismo español no ha sabido consolidar su clientela y sigue a expensas de las veleidades coyunturales, el problema se ha convertido en algo más grave que el sempiterno latiguillo de que hay que mejorar la calidad y buscar alternativa al modelo de sol y playa.

Los hoteleros reconocen que esta Semana Santa ha habido en España zonas donde se ha reservado el 40% de las plazas en apenas dos días, con notable demanda en las ciudades que celebran actividades religiosas propias de la temporada o en destinos de costa típicamente vacacionales. Con ser esto bueno, se debe ver sobre todo como una señal de alarma. Las decisiones de los clientes no se pueden dejar al albur de la casualidad, y menos cuando nuevos destinos se han lanzado a competir duramente con España en precio y calidad, y otros se preparan para hacerlo.

De cara a la campaña de verano, los empresarios auguran precisamente una buena temporada en destinos de sol y playa de Cataluña, Levante, Andalucía y Baleares por el buen ritmo de las reservas de extranjeros, especialmente alemanes, británicos y rusos. Eso obliga a las empresas y a la Administración a insistir en una promoción exterior continuada y, sobre todo, coordinada.

En cuando al turismo nacional, este se ha convertido en un serio nubarrón. La recesión y el triste récord del paro producen una enorme incertidumbre que, en un círculo vicioso, frena también las contrataciones en el propio sector turístico, el que más trabajadores ocupa en España. Las empresas insisten en pedir medidas fiscales como la rebaja de las tasas aeroportuarias para estimular los viajes. Mientras, el Gobierno prepara una campaña de promoción para fomentar que los españoles –se entiende que los que puedan– pasen sus vacaciones en España. La mejor campaña, sin embargo, será reactivar la economía y que el empleo vuelva a crecer.

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