Editorial

Los escenarios de la inversión bursátil

La Bolsa española ha pasado en solo unos días de encabezar las ganancias de los mercados europeos a casi encabezar las pérdidas. Tras varios años de contracción, y tras haber tocado en julio y agosto últimos lo que puede considerarse el mínimo cíclico, con retrocesos de más del 60% desde los máximos marcados en 2006, todos los analistas auguraban una recuperación importante para la renta variable, a la que comenzaban a identificar a principios de año como el primer caladero de rendimientos. Las medidas del Gobierno en 2012, que muchas de ellas encaminan al país a dosis de competitividad olvidadas, así como las decisiones del BCE para preservar el euro, constituían un cambio de rumbo que depositaban en España buenos augurios bursátiles.

La salida masiva de capitales registrada en 2012 comenzó a recomponerse lentamente, y varios bancos internacionales de negocios apuntaron para las plazas españolas como “primer objetivo de inversión”, lo que generó una percepción financiera positiva, una especie de estrategia fáctica de que los problemas más complicados habían sido superados, y que todo era ya cuestión de esperar resultados, aunque la economía real siga su imparable ajuste hacia una estabilización que debe producirse a lo largo de este año.

Pero hoy nadie puede tomar decisiones con la certeza de que darán el resultado que espera, porque depende mucho de las iniciativas de los demás, y por mucho sacrificio que un país haga, puede ser baldío si otros hacen lo contrario o, simplemente, no hacen nada. Y dado que la construcción de Europa sigue permitiendo un espacio notable de decisión a las autoridades de sus provincias, debe esperar a que cada una se alinee con las demás para que el mecano cuadre y funcione. Primero fue Grecia, después Irlanda, Portugal, Grecia otra vez, España, Chipre... y ahora Italia. Sin Gobierno y sin visos de que lo tenga a corto, y sin la seguridad de que si lo tiene dure más allá de unos meses, y sin certeza alguna de que, gobierne quien gobierne, hará lo que debe para no arrastrar a los demás al abismo. Eso es Italia.

Europa quema etapas y arregla problemas lentamente, y cualquier decisión o dejación de decisiones en una capital encadena consecuencias en todas las demás, lo que convierte la estabilidad plena en una quimera. Y la inversión, el dinero en general, no vive de quimeras. Vive de certezas, único material con el que puede construirse la confianza que precisan los inversores para tomar decisiones. En todo caso, si cada problema que surge se resuelve, aunque sea tarde, se elimina una incertidumbre. Por ello, los análisis realizados por los expertos de inversión a principios de año siguen teniendo validez, aunque un episodio como el chipriota los cuestionan, y uno, el italiano, los zarandeen.

En el caso de España deben empezar a contar más los fundamentos de su economía y de sus empresas. Si ha reformado su sistema financiero capitalizando y jibarizando todas las entidades fallidas; si ha reformado el mercado de trabajo y desatado una inevitable devaluación de los costes de producción que tiene que culminar con una no menos inevitable devaluación de los precios para ganar competitividad exterior e interior; si ha logrado relocalizar varios proyectos industriales que estaban en el aire; si ha puesto siete llaves al gasto público y ha conseguido meter en vereda el déficit; si ha contribuido a recuperar la confianza financiera y restablecido el flujo de liquidez entre las empresas, se ha avanzado un buen trecho.

Si las empresas han aplicado, aunque tarde en muchos casos, la misma práctica de ajuste; y si el Gobierno no se detiene en su ruta reformista, con las pensiones, la Administración pública o la energía... habrá devuelto las condiciones para que vuelva la inversión, la economía se revitalice y se recomponga el empleo. Para cuando eso se complete, los inversores deben haber tomado posiciones en las cotizadas españolas, muchas de ellas con negocios bien anclados en el exterior, con buen historial de beneficios y con potenciales de revalorización muy apreciables. La oportunidad de la rentabilidad por dividendo queda ahora desplazada por la necesidad de recomponer financieramente a las compañías, pero los precios atractivos de las acciones y el camino semidespejado para la economía es un polo de atracción que no debe despreciarse.

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