TRIBUNA

Los principales retos para la próxima legislatura

Si excluimos el acceso a la función pública, la utilización del conocimiento, como fuente de riqueza y de bienestar social y personal, ha sido prácticamente ajena a la cultura de nuestro país. Y esto ha estado tan arraigado en el español que ha hecho que el objetivo fundamental del sistema educativo haya sido transmitir conocimientos, quizá solamente información, despreciando cualquier atención a mostrar su utilidad, como no fuera la de responder con precisión a preguntas de examen o de oposición.

Los laboratorios de los centros de enseñanza, siempre muy escasos, han estado cerrados y los seminarios y otras fórmulas docentes, orientadas a entender la forma de aplicar el saber, casi nunca puestas en práctica. No había tiempo para otra cosa que no fuera completar un temario absurdamente largo.

La innovación es sencillamente utilizar el conocimiento para obtener nuevos productos, procesos y servicios y, también, poner en práctica nuevas formas de organizarse y de vender. Es preciso reconocer que no hemos sido enseñados para esto. Y si aceptamos que hacer cosas nuevas es siempre arriesgado y difícil, no puede extrañarnos que España no haya sido, en largos periodos de nuestra reciente historia, un país innovador.

Sin duda el principal reto que tiene la innovación española es renovar nuestra cultura y hacer cambiar nuestra forma de enseñar y de aprender para que lo más importante sea saber para qué sirve lo que uno sabe. Sin olvidar que saber es útil también para disfrutar de lo que tradicionalmente se han llamado bienes culturales.

Afortunadamente, este lastre educativo no ha impedido que una parte, muy pequeña, de nuestra población haya entrado en el mundo de la innovación. Esto no es suficientemente reconocido, lo que es una causa más de nuestra mala situación.

Los pasados años de bonanza económica han hecho posible que en España tengamos un pequeño sistema de innovación. Es decir, un conjunto de empresas, grupos de investigación pública, entidades intermediarias y una estructura administrativa y legal dedicados a la innovación. Es pequeño, mucho menos de la mitad de lo que nuestra economía necesitaría para ser realmente moderna. Pero tiene dos cosas muy positivas. La primera es que funciona realmente bien. Cuando los indicadores se relativizan a la escala del tamaño de nuestro sistema no son nada malos. Y la segunda, quizá más importante, es que en los últimos años su crecimiento ha sido espectacular. Prácticamente todos sus indicadores han tenido en la última década tasas anuales acumulativas de crecimiento de dos dígitos. Y esto indica dos cosas, un gran dinamismo y unos valores absolutos de partida ridículos. En estos tiempos de crisis, otro gran reto es mantener este sistema de innovación y, si es posible, hacerlo crecer aunque no sea al ritmo al que nos acostumbró la época de bonanza.

La situación económica actual no es propicia para planteamientos caros y que necesariamente verán sus frutos en plazos más o menos largos. Pero sí que permite pensar en dónde los escasos recursos serán más eficientes y emprender acciones que deben empezar siendo modestas, porque tienen que ser inductoras de cambios profundos en la forma de valorar actitudes y de asumir convicciones. Es un momento en que los políticos y los medios de comunicación, públicos y privados, aprovechando todo el potencial de las redes sociales y otras ventajas de la web 2.0, pueden implicarse en transmitir al público en general la necesidad de que asuma su papel de agente innovador, aplicando lo que sabe a mejorar la forma en que contribuye a la generación de la riqueza del país, bien sea como trabajador, empresario o consumidor. Es imprescindible para que el país llegue a ser innovador.

Juan MuleT Meliá. Director general de la Fundación Cotec