EDITORIAL

Grecia se pone a los pies de los caballos

El cabo suelto de la política griega ha saltado y amenaza con hacer saltar los cabos atados de la resolución del enigma heleno, que por extensión es el enigma de la Unión Monetaria Europea y del euro mismo. Algunos expertos habían advertido en los meses pasados que se habían metido en los tubos de ensayo todas las probabilidades financieras para solucionar el conflicto heleno, todas, pero que no se había contado con una crisis política en Atenas, ya fuese la dimisión de un Gobierno que dijese ¡basta!, la convocatoria de elecciones anticipadas o la nada madurada decisión de someter a referéndum del electorado griego el rescate, la quita de deuda y las reformas impuestas desde fuera.

Esta posibilidad no estaba contemplada, pero debería haberlo estado, porque la democracia no solo permite, sino que exige, la consulta a la ciudadanía cuando las decisiones le afectan de manera dramática. Si los socios griegos en la Unión someten las decisiones que le afectan sobre Grecia, desde el Bundestag hasta las mismísimas elecciones generales en Finlandia, lógico parece que los griegos sean consultados sobre asuntos decididos por otros, sus solidarios socios, que les afectan directamente. A fin de cuentas, Grecia, además de ser la cuna de la filosofía occidental y del movimiento olímpico, lo es también de la democracia.

Una vez tirada la carreta por el barranco, a ver quién la para. No es elegante, ni seguramente posible, que la presión de Berlín, París, Bruselas o Fráncfort haga desistir a Yorgos Papandreu de su anuncio, aunque empieza a tener muy dura presión interna, completado por una moción de confianza a la que se someterá en el Parlamento. Pero el más puro realismo político, el que habla de lo que se puede hacer y menos de lo que se debe hacer, aconsejaría una marcha atrás en la propuesta de Atenas, porque nadie ha calculado, aunque estaría bien hacerlo, el coste de un rechazo heleno a su propio rescate y de la inevitable vía que se abre para abandonar el euro.

Mal estuvo crear un club en el que se permite entrar a cualquiera que se muestra virtuoso solo el día que le abren la puerta, y mal está que nunca se pueda salir. Pero desde luego el abandono de un socio del proyecto euro, además de un coste financiero descomunal que pondría contra las cuerdas la viabilidad de la construcción del euro y de Europa, supondría sentar las bases para abandonos ulteriores, a capricho de las embestidas de los mercados financieros, así como establecer varias velocidades en la Unión Europea, con la consiguiente fractura política y económica, justo lo que el Tratado de Roma pretende evitar desde 1957.

Grecia es en términos económicos un protectorado desde hace casi dos años. Sus dificultades para abonar sus facturas crecientes obligaron a sus dirigentes a pedir un rescate que lleva aparejado un programa de reformas integrales muy severas, administradas comanditariamente por el FMI, la UE y el BCE. Por tanto, sus decisiones económicas deben ser consultadas, cuando no directamente recibidas para ser aplicadas. Esta condición no supone que el protectorado se extienda a las decisiones políticas, que son de exclusiva soberanía helena. Pero si las decisiones políticas cuestionan, como puede ser en este caso si el pueblo griego rechaza los pactos acordados (o impuestos) por la UE, los compromisos económicos y financieros, los políticos griegos deben andar con pies de plomo y ser mucho más cuidadosos con cada paso político que dan.

Deben explicarle a la ciudadanía, además del precio que se paga por el rescate, el que se soportaría si se abandona la moneda única, que dejaría al país a la intemperie y sin la más mínima credibilidad para rehacerse en una economía globalizada. Pero los guardianes de la ortodoxia comunitaria deben reflexionar también sobre la presión excesiva a la que están sometiendo a la ciudadanía helena sin un horizonte temporal explícito para recuperar el más mínimo sosiego. Y desde luego tienen que apresurarse en resolver el conflicto con más celeridad, porque los ahorradores, inversores, consumidores y empresarios europeos no pueden estar sometidos al tiovivo de los mercados y a la incertidumbre en la que vive una unión monetaria gobernada por las democracias más viejas y más prósperas de la Tierra.