Un compromiso reticente y un plan sin detallar

¿Estamos hoy mejor que el 22 de julio? Fue entonces, hace tres meses, cuando la Unión Europea dio con un amago de solución a la crisis del euro. Sobre el papel, el plan anunciado esta madrugada es más ambicioso y completo. La quita a Grecia es mayor (luego las finanzas de Atenas deberían ser sostenibles), se fuerza la recapitalización de la banca con un ultimátum al estilo del aplicado en España para las cajas y se apalanca el fondo de rescate para que sea más eficaz.

Sin embargo, y a pesar de que la cumbre ha superado expectativas, los tres meses transcurridos desde julio han hecho un daño al futuro del euro que no se repara a golpe de comunicado. El plan de julio también trataba de cerrar flecos, pero se demostró inútil por varios motivos. Sobre todo, por la pereza a la hora de poner en marcha el fondo de rescate y los palos en las ruedas aportados por algunos políticos. El segundo, por el deterioro mayor de lo esperado de las finanzas griegas. Y, en este contexto, los mercados apretaron las tuercas a Europa y el castigo llegó a la banca. Por eso en el nuevo paquete de rescate se ha introducido la recapitalización de la banca.

El éxito o el fracaso del plan firmado ayer depende de las próximas semanas.Hasta ahora, cuando la prima de riesgo española se ha relajado se activa algún extraño resorte en los despachos oficiales al Este del Rhin. Políticos alemanes, eslovacos, holandeses, austriacos o finlandeses enfangan el debate con alusiones a la inflación, a la vagancia de los europeos del Sur, a los altos impuestos que pagan y, en fin, a cualquier tópico que les pueda reportar un puñado de votos.

Así pasa desde principios de 2010, y no hay motivos para pensar que esta vez será distinta. Esta vez el riesgo es mayor, si cabe, puesto que el compromiso está mucho menos detallado que el alcanzado en julio, lo que da pie a que algún participante en las discusiones técnicas se enroque. Como ya decíamos ayer, la negativa del gobierno germano a implicar al BCE demuestra la fragilidad del compromiso con el euro aun en los momentos más críticos.

Y no solo eso. El plan para reestructurar la deuda griega es más doloroso que el de julio, por lo que aquí también el riesgo de descarrilamiento es elevado. No están definidas las condiciones y, aunque el acuerdo de ayer establece que el canje será voluntario, el riesgo de que se activen los contratos de seguros de impago penderá sobre la banca europea. Con el añadido de que no sabemos qué bancos han emitido esos impagos.

Por ello, la definición de los mecanismos de apoyo vía recapitalización bancaria y fondo de rescate son condiciones indispensables para que la quita de la deuda griega no desencadene un efecto dominó en los mercados. Y como quiera que estos dos mecanismos de apoyo no se pondrán en marcha con rapidez ni facilidad, Europa se puede enfrentar de nuevo a un círculo vicioso de deterioro de las finanzas griegas, miedo al contagio y pérdida de confianza en la banca y los Estados periféricos.

Ojalá no sea así. En Alemania hay vida inteligente y la oposición (lógicamente a la busca del voto) achaca a Merkel el fracaso del último año y medio. Y quizá Merkel se haya dado cuenta de que las soluciones a medias acaban fracasando, y que la factura, de un modo y otro acabará pesando sobre el contribuyente alemán. Y que si hay un nuevo episodio de eurocrisis no quedará otro remedio que implicar al BCE. Para evitar eso, el acuerdo de anoche se tiene que poner en marcha rápidamente, sin medias tintas ni declaraciones ambiguas. Si no, el mercado lo consumirá en un par de sesiones de Bolsa.

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