COLUMNA

Fiasco inevitable

El precio del fracaso de la zona euro parece que sigue creciendo. Aunque Angela Merkel ha advertido que no debe esperarse una solución puntual a la crisis de la deuda en la cumbre europea de este fin de semana, los políticos franceses predicen el conflicto y la destrucción si no se toman medidas drásticas. Y la crisis se está extendiendo hacia París. El diferencial entre el bono francés y el bono alemán a 10 años ha alcanzado el nivel más alto desde el euro.

La sensación de pánico se alimenta de un rumor popular: la agitación de la zona euro llegará a un grado tal que algo dramático tendrá que hacerse. Ya sea la integración fiscal, que permitirá al Norte subvencionar al Sur, o que el BCE acuerde aspirar la deuda soberana. Todo ello es posible, pero no ocurrirá el 23 de octubre.

Empecemos con Grecia. Atenas necesita una reestructuración, pero los Gobiernos de la zona euro se muestran cautelosos. Luego están los bancos de Europa. Necesitan recapitalización, pero mientras Italia esté inmersa en la crisis, no hay ninguna posibilidad de que puedan elevar el capital lo suficiente como para calmar los mercados por completo. Por último, está la cuestión del coste de financiación de las economías más débiles.

Los mercados no conseguirán las soluciones que desean este fin de semana, pero -salvo inesperado desacuerdo- verán un progreso. Una amortización parcial de la deuda griega reducirá la capacidad de Atenas para traumatizar los mercados en el futuro. Los bancos recibirán cerca de 100 millones de euros de capital, lo que debería ser suficiente para animar a los inversores y al BCE a mantener su financiación.

Los planes para mejorar la potencia del fondo de rescate (EFSF, en sus siglas en inglés) debe reducir el coste de los préstamos un poco más y comprar más tiempo para las reformas económicas, así como para permitir a Europa para reflexionar sobre su futuro político.