COLUMNA

'Inside jobs'

El galardonado documental Inside jobs sobre la burbuja financiera desencadenante de la recesión internacional escandaliza por lo que cuenta y produce cierta irritación por cómo lo cuenta. El escándalo no es solo por lo que ocurrió sino también por la falta de respuesta posterior.

Un aspecto del proceso, expuesto de forma contundente en el documental, representa con gran crudeza el tipo de conductas que se desataron durante los primeros años de este siglo en los mercados financieros. Los bancos de inversión diseñan productos para mejorar la financiación de los emisores, o reducir sus riesgos, y luego inician la distribución de esos productos entre inversores y, por último, toman posiciones por cuenta propia en los mercados de esos productos y de otros. Algunos de esos productos derivados, creados por bancos de inversión y cuya valoración estaba soportada por los informes de las agencias de rating, fueron distribuidos por ellos mismos de forma masiva. Y poco después el propio banco de inversión apostaba en el mercado contra esos productos que había diseñado y distribuido entre los ahorradores. Esta conducta estaba aceptada por los usos de los mercados financieros, pero resulta muy irregular en el contexto de extrema asimetría de la información en la que se produce. No puede aducirse que eran diferencias de percepción del riesgo cuando unos han diseñado el producto y otros se han limitado a seguir la recomendación de quien lo había diseñado. Da pie a la presunción de engaño en beneficio propio, que es la definición de estafa. Desde luego resulta una conducta escandalosa, como lo es la permisividad por parte de las autoridades cuya función debería ser la supervisión de esos mercados y la defensa de los ahorradores

Cierto es que lo sucedido tuvo una complejidad mucho mayor y que la burbuja y sus consecuencias se podrían haber producido sin estas precisas conductas. Pero estas son muy representativas de la bacanal que se instaló en los mercados financieros, de la mala regulación y escasa supervisión y de la ausencia de exigencias ex post de responsabilidades. Después de la crisis, apreciadas sus consecuencias, esto último llama poderosamente la atención. Me parece un caso extremo de riesgo moral.

La regulación y la intervención estatal en la economía generan a veces situaciones de riesgo moral, es decir, situaciones en el que se estimulan conductas no esperadas, frecuentemente contrarias a las buscadas, que crean distorsiones. Eso no reduce la necesidad de una intervención pero sí condiciona fuertemente el diseño de la misma. Pero pueden crearse situaciones de riesgo moral por omisión además de por acción. Y ese es el caso que nos ocupa. La no exigencia de responsabilidades a los ejecutivos de los bancos de inversión, entre otros, y la socialización de las pérdidas en las que incurrieron sus entidades por su pésima gestión, pero tan rentable para ellos, es una invitación a reproducir conductas de ese tipo. Más aún si la reforma se queda corta y los ejecutivos son los mismos.

Sorprende que los supervisores no pusieran en marcha procedimientos de delimitación de responsabilidades y, en su caso, de sanción. Sorprende incluso que no se haya abierto ninguna causa penal. Uno recuerda los 10 años de condena en 1990 a Michael Milken por irregularidades cometidas en el mercado de bonos basura, aunque luego solo cumpliera dos, y los más de 600 millones de dólares que tuvo que devolver.

Una enseñanza de la experiencia es que, cualquiera que sea el contenido de la reforma, que se está desarrollando con tanta lentitud y timidez, una supervisión ágil y rigurosa resulta irrenunciable. Pero con los aires que corren en Washington, uno duda que esto vaya a ser efectivamente así.

El documental Inside jobs da una visión completamente distorsionada de la participación de los economistas académicos en la hipertrofia del sistema financiero y en las conductas que se desarrollaron en la burbuja. Fue minoritaria y poco relevante; no así la de los medios de comunicación asomados al mundo financiero.

En el documental algunos de los académicos son vapuleados por haber cobrado una cantidad por algún informe, que resulta ser 300 veces inferior al importe del bono anual cobrado por varios ejecutivos de los bancos de inversión. Curiosamente, mientras que uno de ellos se defiende con torpeza del tono acusador del entrevistador, tiene a su espalda los libros de Robert Schiller, uno de los académicos que no solo no defendió ni proporcionó sustrato teórico a la desregulación financiera y a las conductas del sistema, como tampoco lo hizo la mayoría, sino que llevaba varios años advirtiendo de los peligros de las burbujas financieras.

Carlos Sebastián. Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la Universidad Complutense