TRIBUNA

Intereses y petróleo: el tercer ajuste

El Banco Central Europeo (BCE) movió ficha y el aumento del pasado jueves anticipa ya otras alzas. Sus repercusiones sobre nuestra economía, tanto por el efecto directo del incremento en el coste de la financiación como por el aumento estructural en los precios de la energía, que está en la base de la decisión del BCE, no van a ser menores, en especial en la reconducción de los desequilibrios externos del país.

Comenzando por el aumento del precio del dinero, mientras que en 2000 el saldo de la balanza de rentas de inversión se situó en el -1,2% del PIB, en 2008 esta cifra se había elevado al -3,3% y, tras este máximo, se redujo al -2,9% en 2009 y al -2,0% en 2010. Esta evolución refleja tanto el incremento de los pasivos financieros del país, que pasaron de 770.000 millones de euros en 2000 a los 2,3 billones del tercer trimestre de 2010 (desde el 125% al 378% del PIB), y, sin tomar en cuenta la inversión directa, a los 1,6 billones, como la caída de tipos de interés a partir de 2008. Un simple cálculo sugiere que un aumento en un punto porcentual en el precio del dinero haría crecer el saldo negativo de esa balanza en el entorno de 1 punto del PIB, y dada la posible alza de los tipos de interés a valores próximos al 3%/4%, en los próximos años podríamos asistir a un deterioro de la balanza exterior del 2%/3% del PIB por año, como resultado del endurecimiento de las condiciones financieras.

A ello hay que añadir los problemas de la energía. En los últimos años ya asistimos a un incremento del déficit energético: entre 2002 y 2008, el coste de esta factura se elevó desde el -2,2% del PIB al -4,2%, cuando el petróleo cotizó a valores medios de 25 y 100 dólares/barril, respectivamente. En 2009, como resultado de la reducción de precios (hasta los 60 dólares) y de la demanda interna, aquel coste se ubicó en el -2,6% del PIB. Finalmente, en 2010 se ha vuelto a elevar hasta el -3,3%, con precios medios de 80 dólares/barril, respectivamente. Si la demanda se recupera, si más no parcialmente, el deterioro en la balanza comercial podría situarse en un 1% del PIB por cada 30 dólares de incremento de precios, lo que, a precios medios de 120 dólares para 2011 y años venideros, implicaría un pérdida adicional de un 1,5% del PIB en el saldo de la balanza de mercancías.

En suma, de confirmarse las previsiones del BCE de un aumento permanente en los precios de la energía y sus efectos sobre los tipos de interés, la balanza por cuenta corriente va a presentar un quebranto que, en el medio plazo y de no mediar compensaciones, podría estimarse entre 2 y 4/5 puntos del PIB. Este nuevo choque hay que ubicarlo en el contexto de un déficit que, en 2010, todavía alcanzó el 4,5% del PIB. Si a esa cifra se añade otra de una magnitud similar, convendrán que nos enfrentamos a una situación incompatible con el proceso de reconducción de nuestra economía en el cual nos encontramos.

Es cierto que hemos reducido drásticamente ese déficit, desde el 10% de 2007 al 4,5% de 2010. Esta fue la primera fase del ajuste, la del sector privado. Y que los recortes del sector público que se esperan para 2011 lo moderan suavemente, a medida que el sector privado aumentara su gasto. Esta es la segunda fase del ajuste, en la que nos encontramos. Pero la elevación de tipos y del precio del crudo marca el inicio de una tercera etapa, que se va a superponer a la actual y es por ello por lo que no es suficiente la severa contracción en la demanda de recursos financieros externos realizada entre 2007 y 2010. De hecho, esta es la primera vez en los últimos 30 años en la que, a tres años del inicio de la recesión, todavía no hemos recuperado capacidad de financiación externa, como sucedió en los primeros años ochenta o los primeros noventa. Lo que se avecina obliga a, nos guste o no, redireccionar más recursos hacia la exportación (de bienes y servicios) y, para favorecerla, a la inversión. Y ello implica mantener el consumo aletargado y, al mismo tiempo, alargar la fase de reconducción de nuestros desequilibrios.

Josep Oliver Alonso. Catedrático Economía Aplicada (UAB)