TRIBUNA

¿Un consejo empresarial para la competitividad?

Al margen del efecto marketing que, sin duda, tendrá en el exterior, y principalmente en la UE, la decisión de formar este consejo, lo cual es muy de agradecer, nos parece interesante analizar cómo podrá influir realmente en la mejora de la competitividad de nuestra economía.

En primer lugar, es importante resaltar que en la creación del Consejo Empresarial para la Competitividad (CEC) han estado representadas las empresas más competitivas de España. La mayoría de estas empresas, que tienen su sede social en nuestro país, están instaladas también en varios países extranjeros porque pueden competir no solo con las empresas del país receptor sino también con las de otros países que o tienen ya sede en esos países o les interesaría tenerla para competir con las multinacionales españolas asentadas en ellos. Las empresas que integran el CEC comienzan, por tanto, por fomentar la competitividad con su propio ejemplo.

Pero entre las 17 empresas fundadoras del CEC hay siete, sobre todo, que trabajan en sectores estratégicos para la promoción de la competitividad de nuestro propio país. Repsol e Iberdrola son empresas punteras en el sector de la energía; lo mismo ocurre en el sector de la distribución y el consumo con Inditex, Mercadona, El Corte Inglés y Mango; y Telefónica tiene el liderazgo indiscutible de las comunicaciones. Entre los innumerables estudios y planes estratégicos que se han hecho sobre nuestro desarrollo económico, ya desde los tiempos del franquismo, pero muy especialmente durante la transición política, hay una clara coincidencia en atribuir a los sectores energéticos, a los de la distribución y el consumo y al de las telecomunicaciones una de las causas principales de la falta de competitividad de nuestra economía. En este punto, por tanto, se pueden plantear serios problemas a algunas de las empresas mencionadas por la posible contraposición de intereses entre sus objetivos particulares y el fomento de la competitividad a nivel nacional.

Para entender estos problemas conviene tener las ideas claras sobre dos planteamientos que semánticamente pueden resultar confusos. Nos referimos a la competencia, como una característica del funcionamiento del mercado y a la competitividad, que pretende promover este Consejo Empresarial.

El mercado de competencia significa un mercado en el que ningún sector está dominado por alguna poderosa empresa que pueda impedir la presencia de otras empresas concurrentes y, por tanto, impone para sus productos el precio que le interesa. En un mercado así no hay estímulos para mejorar la calidad y, sobre todo, para reducir costes de producción y poder así vender a precios más bajos, o lo que es lo mismo: más competitivos. La competitividad es, pues, el resultado de operar en mercados de competencia nacionales e internacionales, que por su estructura presionan continuamente para mejorar la calidad y vender a precios más atrayentes.

Naturalmente, la existencia de esos mercados de competencia es más necesaria cuando se trata de sectores que son básicos para el funcionamiento de una economía como son los energéticos y los de distribución y comunicación porque sus precios serán un factor fundamental en el coste de los demás productos. Hay que reconocer, sin embargo, que por razones técnicas, o por la misma naturaleza de los recursos que se emplean en estos sectores estratégicos, es casi imposible pensar en mercados de competencia para esos productos. Esto ocurre, por ejemplo, con los hidrocarburos o los distintos generadores de electricidad y por eso para dichos sectores a lo más que se puede aspirar, en el supuesto de que no se lo impidan las injerencias del Estado, es a que se aproximen a ese ideal de evitar que exista un monopolio totalizador en el sector.

La dura conclusión que se desprende, pues, de estas consideraciones es que esas empresas que han querido crear un consejo para fomentar la competitividad, y que por sus circunstancias operan en un mercado poco competitivo, han de comenzar por evitar explotar el privilegio de su situación cuasi monopolista en su política de precios para no dificultar el desarrollo de la competitividad de otras empresas del país. Pero con esto en manera alguna se pasa por alto la ejemplaridad de esas empresas que, con sus propios medios, han llegado a ser modelos de competitividad en el mercado global.

Eugenio M. Recio. Profesor honorario de Esade