A fondo

Una moneda, 16 sistemas de pago

Una moneda común y 16 sistemas de pago electrónico diferentes. Puede parecer una paradoja, pero esa es la realidad en la que vive la eurozona desde hace casi una década. Hace ya mucho que los billetes y las monedas de euro se hicieron un hueco en las carteras y los corazoncitos de cientos de millones de ciudadanos. Pero aún está lejos el día en que éstos compartan una misma cultura de pagos. La llegada de la moneda común no fue acompañada de la implantación de un único protocolo para tramitar órdenes telemáticas.

Con el fin de enderezar la situación, el Eurosistema instó hace un lustro a la industria bancaria a lograr una convergencia de los parámetros para realizar transferencias, adeudos, compras con tarjetas y operaciones similares. Fruto de ese consenso nació la llamada Single Euro Payments Area (SEPA). Es decir, la zona única de pagos del euro.

Pero una cosa es que haya sido concebida y otra que sea una realidad. El propio Banco Central Europeo (BCE) lo reconocía hace unos días en su séptimo informe sobre el progreso de la zona única de pagos. El organismo de Fráncfort se lamentaba en ese documento de que, "a pesar de haber cumplido algunos hitos, la migración a la SEPA como un proceso autorregulado no ha logrado los resultados esperados. La fecha de cumplimiento autoimpuesta por la industria bancaria de diciembre de 2010 para que los instrumentos SEPA sean de uso generalizado no será cumplida".

Europa obligará a sus miembros a operar con un sistema único de adeudos y transferencias

Este fracaso ha llevado al Eurosistema a decir basta e imponer una fecha de caducidad a los sistemas de pago nacionales. En su opinión, "un calendario obligatorio acelerará significativamente el ritmo de la transición".

¿Pero qué consecuencias tiene este proceso para el particular? ¿Y para las empresas? Ahí van tres ejemplos. La SEPA permitirá a un ciudadano alemán atender la factura de la luz de su chalet en la Costa Brava desde la cuenta de su entidad de Hamburgo. También permitirá a un vigués transferirle dinero a su hijo de Erasmus en Bruselas con la misma agilidad que si estuviese con una beca Séneca en Valencia. Y las empresas también se benefician. Una compañía portuguesa podrá atender los recibos de sus proveedores en España a través de su banco de toda la vida en Oporto. Adiós al rosario de cuentas repartidas por media Europa.

Las transferencias SEPA (SCT, en la jerga sectorial) nacieron a finales de 2008 y hoy apenas representan el 9,3% de las operaciones de su categoría. El resto aún se tramita siguiendo los parámetros nacionales (el español se llama Sistema Nacional de Compensación Electrónica (SNCE)). El peso de las domiciliaciones SEPA (SDD), que existen desde hace ahora un año, es irrisorio: no llegan al 1% de los adeudos de la eurozona.

La intención del Eurosistema es que a finales de 2012 el uso de las transferencias SEPA sea generalizado, mientras que fija la fecha límite para las domiciliaciones SEPA en 2013. La Comisión Europea (CE) se dispone a iniciar los trámites legislativos que regularán esa transición.

Otra de las áreas donde quiere avanzar Europa es en implicar a todos los afectados en la implementación de zona única de pagos. El proceso dejará de estar monopolizado por el Consejo de Pagos Europeos (EPC), el foro bancario que ha dirigido el proceso hasta ahora.

Bruselas y Fráncfort han decidido crear el Consejo de la SEPA. Además de la banca, en este foro estarán presentes los interlocutores de consumidores, comerciantes, grandes empresas y pymes, así como de las Administraciones públicas.

El tirón de orejas también llega al campo de las tarjetas. En plena lucha con Visa y Mastercard por las tasas de intercambio -el dinero que cobra el banco emisor de un plástico al dueño del datáfono ubicado en el comercio-, Europa insiste en la necesidad de contar con una alternativa regional. "El progreso ha sido considerablemente más lento de lo que se esperaba", sentencia.