COLUMNA

Brasil, '¿tudo bem, tudo bom?'

Un país cuyo territorio podría abarcar dos veces al de la Unión Europea, altamente urbanizado, dotado de recursos cuasi ilimitados, con una población de 195 millones de habitantes, un crecimiento económico en los últimos años entre un 5% y un 6% que lo han aupado hasta la séptima potencia económica del mundo; un país que presenta internamente más fortalezas que debilidades y en el que pesan más las oportunidades que las amenazas; un país en que el futuro se llama presente, sólo puede ser Brasil.

En la actual economía global el gigante latinoamericano ha dejado de ser importador de alimentos y se ha convertido, merced a su extraordinario desarrollo agroindustrial, en potencia agrícola a escala planetaria. Brasil controla en la actualidad el mayor porcentaje de etanol y caña de azúcar del mundo, produce un tercio de la soja mundial y es el primer exportador de zumo de naranja, pollos, carne, café y azúcar y posee la segunda cabaña bovina más grande del planeta. Todo ello lo consigue con un nivel de ayudas estatales directas a la producción muy bajo: tan sólo el 6% de los ingresos de las explotaciones provienen de estas ayudas oficiales, porcentaje que es la mitad de lo que reciben los productores de Estados Unidos y una cuarta parte de lo que reciben los europeos.

De otra parte, posee más tierras cultivables por explotar que Estados Unidos y Rusia juntos -excluida la Amazonía- y sus casi 200 millones de habitantes poseen unas reservas de agua superiores a las de los 4.000 millones de asiáticos: los ríos brasileños son la base de su poderío hidroeléctrico, el cual cubre el 80% de las necesidades internas del país.

Finalmente, en el plano demográfico el país carioca atraviesa la etapa más dulce de su historia: la reducción sostenida de la fecundidad a lo largo de las dos últimas décadas y el aún lejano envejecimiento ha convertido a los adultos y esencialmente a los adultos-jóvenes en la clave del arco no sólo de la pirámide de población sino también del mercado laboral. Brasil podrá aprovechar en los próximos 20 años el dividendo demográfico que la actual situación demográfica le brinda.

Brasil, al contrario que otros países, entre los que se encuentran varios europeos, no tiene por qué plegarse al juego económico de suma cero, y gracias a sus recursos territoriales, agrícolas, energéticos, humanos así como a su potencial económico consigue que los ricos tengan más y que los pobres no tengan menos, o que los ricos ganen mucho sin que lo pierdan los pobres, siendo este principio válido tanto para clases sociales como para regiones.

Hasta aquí las fortalezas y las oportunidades. Pero, ¿cuáles son las debilidades del país? La primera y más importante, sus altos índices de pobreza. A pesar de que a lo largo de los dos últimos mandatos presidenciales han salido de la pobreza extrema 30 millones de brasileños, Brasil presenta aún unos inaceptables índices de pobreza: 70 millones de trabajadores tienen salarios por debajo de los 500 euros al mes y el 10 % de su población ocupada no llega a los 250 euros.

Ligada a la anterior, la segunda debilidad es la desigualdad social. Si se descompone el PIB del país se constata que en los últimos ocho años las rentas al capital han aumentado y los salarios han disminuido, hecho que es compatible con que la desigualdad entre salarios no haya crecido. Entre tanto, el Gobierno brasileño ha destinado en los últimos años ocho veces más recursos a pagar los intereses a los dueños de la deuda pública que a los programas de asistencia social.

Los fuertes desequilibrios territoriales constituyen la tercera debilidad del país: Brasil presenta uno de los índices de concentración territorial de la riqueza y uno de los niveles de desigualdad socio-espacial mayores del continente y estas desigualdades, cual cruel fractal, se reproducen en el interior de los espacios urbanos y metropolitanos.

El cuarto punto débil es su bajo nivel educativo, especialmente en los niveles de enseñanza fundamental (primaria) e intermedio (secundaria) y las enormes desigualdades en cuanto a calidad entre unas universidades y otras en la enseñanza superior.

El quinto problema, endémico en Latinoamérica, es el de la corrupción, el cual es sólo combatible con más democracia, con más nivel educativo, con más desarrollo social, con más sociedad civil y, sobre todo, con menos economía informal.

Finalmente, problemas como los ambientales (deforestación, desertización…), los económicos (el recalentamiento de su economía, los altos niveles de gasto público, su preocupante deuda exterior: en la actualidad el 42% de su PIB), los laborales (economía sumergida, la baja productividad relativa de la población ocupada...) o el insuficiente desarrollo infraestructural hacen de Brasil un país en el que ni tudo va bem, ni tudo é bom.

Pedro Reques Velasco. Catedrático de Geografía Humana de la Universidad de Cantabria