TRIBUNA

Tecnología y deporte

España es, sin duda, una potencia deportiva. Nuestro país figura en la élite de numerosos deportes de competición: tras los últimos éxitos recientes, llegó incluso a aparecer un grupo en Facebook bajo el ya presuntuoso título "Soy español, ¿a qué quieres que te gane?" Pero ¿se ha parado a pensar qué factores han llevado a estos éxitos? ¿Qué conjunto de circunstancias los precedieron? ¿Cómo se preparan las circunstancias para, a pesar de las evidentes incertidumbres del deporte, un clima favorable al éxito?

En España, practicar un deporte es una actividad socialmente bien considerada. Los deportistas, gracias a un programa de inversiones ambicioso a diferentes niveles, tienen generalmente buenas instalaciones en las que practicar sus disciplinas. Existen importantes inversiones, tanto públicas como privadas, lo que lleva a que aquellos que destacan en la práctica de un deporte puedan tener además la posibilidad de prepararse en programas para deportistas de alta competición o en clubes, según los deportes. En el deporte profesional, nuestro país funciona como un polo de atracción para deportistas de otras nacionalidades, para cuya llegada existen pocas barreras, y que elevan el nivel de nuestras competiciones. Finalmente, existen tanto ejemplos a seguir como importantes factores de motivación: individualmente, el éxito proporciona visibilidad y, en algunos casos, éxito social y económico. Colectivamente, significa representar a tu país en las competiciones internacionales.

Ahora comparemos la situación con nuestro escenario tecnológico: en España, la tecnología carece de consideración social alguna, o tiene incluso connotaciones negativas. Ser programador es, por lo general, un trabajo mal pagado, para el que las universidades no preparan a sus estudiantes: los buenos programadores, aquellos dotados de la habilidad para convertir ideas en código, no aparecen gracias a las universidades, sino a pesar de las mismas. Conozco múltiples casos en los que los profesores universitarios recomendaban expresamente a sus alumnos "apartarse de la programación". Si un joven destaca por su habilidad para programar, no tiene una carrera clara más allá de su iniciativa personal: si sigue lo que le marca la universidad, tiene grandes posibilidades de que ésta prácticamente "mate" su vocación.

Las personas que tienen ideas emprendedoras con base tecnológica se encuentran con un mercado laboral en el que resulta muy difícil encontrar buenos programadores porque las universidades no los forman, con una movilidad laboral escasa y con unas condiciones malas para la contratación, con desincentivos claros al uso de instrumentos que vinculan el rendimiento del trabajador con el de la empresa. Por si esto fuera poco, existen importantes trabas administrativas para intentar traer a esos trabajadores de otros países.

Además, la sociedad española otorga connotaciones negativas al emprendedor y es completamente intolerante ante algo tan natural como el fracaso. El mercado de capital riesgo no es ni capital, ni es riesgo: ofrece poco dinero, y pretende mucho control. Quien pretende emprender, o simplemente desarrollarse en un entorno tecnológico, se encuentra con un panorama de infraestructuras anticuadas y con una conectividad lenta y cara, con todo lo que ello conlleva a efectos de mercado. Para emprender en materia de tecnología, lo mejor que se puede hacer es salir al extranjero: a formarse, a buscar trabajadores, a encontrar mercados, a obtener capital...

La actitud de los consumidores con respecto a la tecnología es netamente escéptica y conservadora, lo que, unido a otros factores, determina una penetración tecnológica escasa. El mercado europeo por su inexistencia, arropa muy poco: intentar, por ejemplo, hacer comercio electrónico en el supuesto mercado común es tan desesperante, que tan solo el 4% de las tiendas online europeas son internacionales (venden al menos en diez países), y la inmensa mayoría se limita a mantener actividad en uno o dos. La gran mayoría de las tiendas se niegan a servir un producto en otro estado miembro.

La práctica ausencia de campeones locales en el entorno de la tecnología hace que no haya ejemplos a seguir. La mayoría de la industria tecnológica española está en manos extranjeras, carece de autonomía de gestión y tiende a traer a nuestro país únicamente vendedores, no centros de investigación ni desarrollo de ningún tipo.

En estas condiciones, ¿aspiramos de verdad a ser alguien en tecnología? ¿Por qué no tratar a la tecnología como tratamos al deporte?

Enrique Dans. Profesor de Tecnologías de la Información en IE Business School