Ocio

Mil tragos de whisky escocés

Las Highlands son el corazón que bombea el licor a todo el mundo.

Barricas
Barricas

Si hay algo que tiene el whisky es tradición; y si hay algo que tiene Escocia es whisky. Por tanto, es pura lógica deducir que la historia de este pequeño país de poco más de cinco millones de habitantes, emplazado en el norte de la isla de Gran Bretaña, está entrelazada con la famosa bebida espirituosa desde hace siglos.

Al aterrizar en Aberdeen, la tercera ciudad del país, en el nordeste de Escocia, el avión debe atravesar una capa de nubes, tan espesa que podría cortarse con un cuchillo. Es la primera y reveladora señal de que el sol es un visitante poco pródigo, y de que la lluvia es generosa en estas tierras.

De camino a Inverness, la pequeña capital de las Highland -el corazón de Escocia que bombea whisky al mundo- el agua se hace omnipresente. Un líquido casi tan imprescindible para tomar whisky como el propio licor, según señalan los expertos mezcladores de las principales marcas como Knockando, Johnnie Walker o Cardhu. æpermil;stos muestran cómo debe paladearse un whisky de primera: con un poco de agua mineral de mucha calidad para no añadir sabores ni desprender al licor de todos sus olores y matices.

El agua es también, precisamente, uno de los dos elementos fundamentales en el proceso de destilación de la bebida, junto con la cebada malteada. Las limpias aguas del río Spey son el principal proveedor. Las 80 destilerías establecidas en el nordeste de las Highlands -tierras altas en castellano, a pesar de que tan sólo sobresalen 100 metros por encima del nivel del mar- pelean por hacerse un hueco en su ribera, la Spyside. Allí están las principales destilerías del mundo de whisky escocés: Glenfiddich, Chivas Regal, Knockando o Cardhu.

No fue hasta el XIX cuando la fabricación del whisky se industrializó. Dos siglos después, es una de las más potentes manufacturas de Escocia, y de las partidas exportadoras más importantes junto con el petróleo del mar del Norte. Pero hasta esa fecha, el brebaje era básicamente de preparación doméstica. El whisky -o agua de vida, traducción de su nombre original en gaélico, uisge-beatha- se fabricaba en los pequeños alambiques de las granjas, que cuajan el paisaje escocés. Con el paso del tiempo y el saber hacer, el caldo pasó de consumirse en sus orígenes en los bajos fondos a transformarse en un líquido apreciado mundialmente.

El brebaje, sin embargo, era demasiado seco para el gusto de los gaznates españoles. Pero gracias a una ingeniosa idea, la mezcla con bebidas refrescantes, tuvo una extraordinaria expansión por la geografía ibérica en las últimas décadas. Los expertos de Diageo -la mayor empresa de bebidas espiritosas del mundo- aseguran que este clásico combinado que ahora se bebe en todas partes nació en España cuando alguien mezcló el suave JB con refresco de cola. Hoy, España es uno de los mayores consumidores de whisky en el mundo.

Cócteles a gogó

Los whiskies añejos reposan en barricas de roble de jerez y conviene tomarlos con agua para apreciar su sabor. Los más suaves y jóvenes -al menos tres años para tener la denominación escocesa- son ideales para combinados como el café irlandés o el Manhattan.

Siguiendo los pasos de Johnnie Walker

El día que murió su padre, Johnnie Walker tenía 14 años. Corría el año 1819 en el Reino Unido que gestaba la primera revolución industrial del mundo. Entonces, los chicos de su edad trabajaban en el campo, las fábricas o las minas. Pero el pequeño Johnnie vendió la granja de su progenitor y abrió una tienda de ultramarinos en la que vendía whisky de baja estofa.

Johnnie se dio cuenta de que mezclando diferentes tipos de malta conseguía mejorar la calidad. Y en poco tiempo, el chico acabó convertido en el más famoso maestro mezclador de Escocia, un nuevo arte que se reveló en una rentable oportunidad empresarial.

La siguiente generación de Walkers, Robert y Alexander siguieron la tradición del padre, pero darían un paso más con la compra de la destilería Cardhu. Así se aseguraban la producción de un magnífico single malt.

Pero Alexander iría aún más lejos: convenció a los capitanes de los barcos de Glasgow para convertirse en comerciales de su marca. Así, el nombre de Johnnie Walker se propagó como la pólvora. En 1860 se asentó la leyenda con la creación de la famosa botella cuadrada.

La tercera generación, George y Alexander II, dio el golpe de gracia con la creación del famoso caminante, que Tom Brown dibujó para ellos durante una comida en un sencilla servilleta de papel. Hoy, la marca se consume en más de 120 países y continúa avanzando fiel a su filosofía: Keep walking.