TRIBUNA

¿Recuperación sin crédito?

Una de las peticiones que más recurrentemente se escucha estos días desde numerosas instancias es que las instituciones financieras den crédito para relanzar la actividad económica. Esta cuestión es más controvertida de lo parece a simple vista. Como recientemente ha documentado el Fondo Monetario Internacional, uno de cada cinco los procesos de recuperación que se producen tras las crisis se realizan sin crédito (creditless recoveries), una suerte de reactivación que, dado el papel del crédito para la inversión, se considera un relativo milagro económico. Eso sí, un milagro incompleto ya que en estos casos el crecimiento se da de forma más lenta (con tasas, al menos, un tercio menores de variación del PIB) y penosa que en las economías donde el crédito está disponible.

¿Qué pasa con España? En nuestro país es indudable que existe una dependencia del crédito de las pymes (que representan más del 60% del empleo) y los hogares y sería difícil pensar que pudiera darse una recuperación sin la financiación que otorgan los intermediarios bancarios por varios motivos. El más importante es que no existe la suficiente flexibilidad productiva -ni lo que es peor, productividad- como para que fluyan circuitos internos de capital y de autofinanciación que puedan, por sí solos, impulsar la inversión empresarial. Precisamente, el principal criterio que identifica en qué medida las recuperaciones sin crédito son posibles es el de en qué medida los sectores más dependientes del crédito son aquellos que han impulsado tradicionalmente el crecimiento económico. En España, la construcción es un ejemplo evidente, pero también lo son numerosos servicios, actividades comerciales y, en general, microempresas y trabajadores autónomos.

¿Qué alternativas quedan? Un elemento fundamental sería que a corto plazo se hablara de reconducción del crédito en lugar de concesión de crédito. Esto significa que es posible que el crédito agregado se reduzca y, sin embargo, los sectores más productivos y, en general, los viables y solventes sí obtengan crédito. Se trata de abrir el grifo, pero sólo allí donde puede ser fructífero y no exacerbaría el problema de la morosidad y de deterioro de los balances bancarios. Hay quien pudiera pensar que ésta sería una canalización del crédito demasiado restrictiva. Sin embargo, abundan los casos de pymes, empresas familiares y autónomos que cuentan con problemas transitorios de circulante y, sin embargo, serían perfectamente viables a medio y largo plazo. Existen también empresas innovadoras, fruto en parte del proceso de destrucción-creación propio de una crisis que precisan el apoyo financiero que merece la innovación. Es en todos estos casos donde sí que se puede actuar para reconducir el crédito. Aquí tienen cabida todas las iniciativas que traten de evitar una innecesaria pérdida de proyectos atractivos de inversión. Que instituciones como el Instituto de Crédito Oficial puedan otorgar ayudas a autónomos y pymes puede ser una opción válida pero su alcance puede ser demasiado limitado, como ha ocurrido anteriormente con alternativas similares durante esta crisis.

Aun siendo necesario poner en marcha acciones de apoyo público, es tanto o más importante establecer un conjunto de prioridades. Para que haya crédito y sea de calidad es preciso acometer, de una vez por todas, la reestructuración y saneamiento en el sector bancario. Que nadie se lleve a equívoco, nadie desearía más que una entidad financiera conceder más crédito en la actualidad, pero esto es difícil cuando tienen que gestionar los retos de liquidez por la elevada dependencia del ahorro exterior y las dificultades de solvencia derivadas de una morosidad creciente y un conjunto de inversiones de naturaleza inmobiliaria que han perdido parte de su valor y aún deben sanearse. En este terreno se están dando algunos avances, en muchos casos a iniciativa de las entidades, que han aumentado sus provisiones y que están sacando al mercado (asumiendo las correspondientes pérdidas) buena parte de estos activos.

Hay que tener en cuenta que con niveles de desempleo del 20% no es fácil que el crédito fluya puesto que el riesgo inherente es muy elevado. Tampoco resulta sencillo dar crédito cuando el riesgo-país de España, y por extensión, buena parte del que puedan asumir las entidades financieras al prestar, se ve amenazado en el contexto de la llamada crisis de la deuda. No sólo es un problema de los intermediarios bancarios sino un problema generalizado de credibilidad de nuestra economía que tenemos que asumir entre todos.

Santiago Carbó Valverde. Catedrático de Análisis Económico de la Universidad de Granada y consultor del Banco de la Reserva Federal de Chicago