Después de cinco reformas laborales y cuatro huelgas generales

El PSOE excluye un enfrentamiento abierto con los sindicatos

Con los cambios en el mercado laboral que hoy ha estudiado el Consejo de Ministros son ya seis las reformas de esta naturaleza que han afectado en mayor o menor medida al Estatuto de los Trabajadores desde su promulgación en 1980. Estas modificaciones legislativas han dado lugar a cuatro huelgas generales, las más impactantes en la etapa de Felipe González (diciembre de 1988) y en la etapa de José María Aznar (junio de 2002).

De todas estas reformas, las que tuvieron mayor alcance se abordaron en los años 1994 y 1997. La primera consiguió aumentar el empleo, pero a costa de disparar la contratación temporal. La segunda, de balance mas exitoso, frenó el ritmo de crecimiento de esta última y contribuyó a aumentar la contratación indefinida, objetivo que también se propone la reforma abordada hoy por el Consejo de Ministros.

Está claro que la crisis ha dinamitado muchas cosas, entre otras los tiempos que barajaba el Gobierno para sus reformas, reconocen fuentes del Ejecutivo. La paz social vivida en la anterior legislatura, cuando todavía a la crisis se la llamaba oficialmente desaceleración, sirvió para que patronal y sindicatos firmaran 21 acuerdos y la palabra huelga general no apareciera en ninguna agenda. No sólo operó a favor de ello la coyuntura vivida hasta 2007, sino la buena relación que había entre José Luis Rodríguez Zapatero y Cándido Méndez y entre el líder ugetista y el ex vicepresidente Pedro Solbes.

En vísperas de las pasadas elecciones generales, el ex ministro Jesús Caldera fue tan generoso con la implicación que ofreció a sindicatos y empresarios en las políticas futuras de Zapatero que alimentó las ironías sobre un Gobierno de coalición con éstos e, incluso, las hipótesis sobre una vicepresidencia tercera de carácter social ocupada por el líder de UGT. Fue cuando el ex titular de Trabajo predijo que la desaceleración no sería "dramática" ni traería consigo "una destrucción global del empleo". Su oferta, avalada también por Zapatero, era nítida. Si el PSOE ganaba las elecciones, se comprometía desde el Ejecutivo a convocar de inmediato a sindicatos y empresarios para abordar dentro del diálogo social un catálogo hasta entonces desconocido por su amplitud: la reforma del mercado laboral, la política de inmigración, la reforma de las pensiones, la aplicación de la ley de Dependencia, el asentamiento del "nuevo patrón de crecimiento económico" y las adaptaciones necesarias en la industria "para preservar el medio ambiente".

Desgraciadamente, el itinerario del diálogo con sindicatos y empresarios no ha dado tanto de sí y en ello ha incidido no sólo la profundidad de la crisis económica y los cambios en las prioridades del Gobierno, sino también las sustituciones registradas en el equipo económico, el proceso de relevo en Comisiones Obreras y el que se abrió con cierto retraso y de forma imprevista en CEOE, posiblemente todavía inconcluso.

El gran interrogante que anida en estos momentos en el Gobierno y en el PSOE es si Zapatero prescindirá de la muleta de UGT, sobre todo, para afrontar con valentía los desafíos de la economía española cuando todas las alarmas parecen encendidas. Hay quien interpreta que los últimos anuncios -ajuste presupuestario, reforma de las pensiones y reforma laboral- anticipan un giro en la política económica en la buena dirección, aunque echan en falta un poco de orden y de coordinación. Pero casi nadie, en la dirección del PSOE, atisba un enfrentamiento abierto en el horizonte con los sindicatos, el principal blindaje de Zapatero para seguir apostando por una respuesta social a la crisis.

Con la visita que esta tarde Cándido Méndez e Ignacio Fernández Toxo hacen a La Moncloa, ya suman dos las que esta misma semana han efectuado al presidente Zapatero, al menos una señal aparente de que la química continúa.