COLUMNA

Recesión y política fiscal

Hay algunos síntomas de que algunas economías pueden empezar a salir de la recesión en los próximos trimestres y que en 2010 su PIB registre tasas de variación positivas. La economía española parece que no. En parte por sus propios problemas que la hacen peculiar (aunque no única) y en parte porque no parece que la recuperación de las economías de nuestro entorno que mejor pulsan vaya a ser muy vigorosa.

Esta claro que las perspectivas para no pocas economías desarrolladas es ahora mucho mejor de lo que eran en otoño. Varios prestigiosos economistas insisten, no sin razón, que a esas mejores perspectivas han contribuido poderosamente las políticas macroeconómicas seguidas, muy especialmente el apoyo a la demanda con expansiones del gasto público. Incluso se solicita una intensificación de esa política. Pero esto último despierta dudas.

La primera, de orden operativo, porque en muchos países que han emprendido políticas de ese tipo existe todavía una amplia lista de programas pendientes de realización. La segunda, más teórica, porque las restricciones financieras, consecuencia de la crisis de solvencia y de liquidez del sistema bancario, han operado por el lado de la demanda (de consumo y de inversión) pero, también, por el lado de la oferta al dificultar a las empresas financiar su circulante y, por consiguiente, restringir su capacidad de respuesta. En un contexto de restricciones crediticias, con una capacidad de autofinanciación menguante, las empresas se ven obligadas a reducir su producción (y su empleo).

Decía bien The Economist recientemente que la teoría macroeconómica al uso no era adecuada para abordar esta crisis porque no incluía satisfactoriamente el sistema financiero. Pero las contribuciones de Stiglitz y sus colaboradores de los ochenta (uno de los varios motivos por los que fue galardonado con el Nobel) sí que incluían las imperfecciones de los mercados de capitales en la teoría macroeconómica. Ese análisis pone el énfasis, entre otras cosas, en los condicionantes financieros para la determinación del nivel de producción y de empleo por parte de las empresas. De ahí la importancia, en la actual crisis, de tratar de restablecer los flujos de crédito. Se podía haber hecho mejor (más eficientemente y con menor riesgo moral), pero era, y sigue siendo, crucial.

La tercera duda proviene de los elevados niveles de déficit que se están alcanzado en muchos países. La disciplina fiscal a medio plazo es, más que una virtud, una necesidad. Pero en los periodos en los que una economía está en recesión no es un problema experimentar un déficit alto, si éste es el resultado de la caída de los ingresos y de la puesta en marcha de programas coyunturales. Aunque haya aumentado el pago de intereses por la financiación del déficit, si el aumento del gasto fuera fundamentalmente coyuntural, no costará mucho generar superávits primarios cuando la economía se recupere y revertir la senda del endeudamiento público. El problema es si se han puesto en prácticas programas recurrentes (incremento de financiación autonómica sin reducción del gasto central, por ejemplo); en cuyo caso la generación de superávits primarios necesitaría de más cirugía.

En algunos países (incluida España) se empieza a contemplar una elevación impositiva para paliar el déficit. Algunos comentarios me parecen pertinentes: 1) Abrir un debate (interesante término, tan ajeno a la vida pública española) sobre la estructura impositiva resulta relevante, y en él yo abogaría porque los ingresos fiscales buscaran la eficiencia y el gasto público (un gasto público más selectivo) la redistribución, pero acepto que puede haber otras posturas. 2) Una contribución significativa a la reducción del déficit mediante elevación del IRPF necesitaría afectar a una parte importante de los contribuyentes. Lo cual tiene dos corolorarios: es demagógico hablar de aumentar los impuestos a los "ricos" para compensar el mayor gasto son fines sociales y la elevación fiscal incidiría contractivamente en el gasto de consumo, lo cual parece una contradicción con las políticas de gasto de apoyo al consumo. 3) Por lo dicho anteriormente, si hubiera sido verdad que todo el aumento reciente del gasto hubiera sido para paliar los efectos de la crisis sobre los más afectados, no sería necesario elevar los tipos impositivos para volver a superávits primarios. 4) Un cambio de tendencia en la presión tributaria sería más legítima si estuviera acompañada de una racionalización (y, seguramente, adelgazamiento) del conjunto de las administraciones públicas. Una pretensión ingenua (por mi parte) que las cúpulas de los partidos políticos sin distinción descalificarían unánimemente.

Es demagó-gico hablar de aumen-tar los impuestos a los 'ricos' para compensar el mayor gasto en fines sociales"

Carlos Sebastián. Catedrático de análisis económico de la Universidad Complutense