COLUMNA

La economía... ¿adónde la llevan?

Ante el grave y creciente deterioro de la economía, tanto autoridades como entidades de crédito han hecho la guerra por su cuenta en perjuicio del interés general, considera el autor. La recuperación debe venir, en su opinión, del sector exterior y de los indispensables ajustes estructurales.

El desplome, más que caída, que viene registrando la práctica totalidad de los indicadores económicos continuaba al entrar en 2009. El más significativo, por indicar la ocupación y la actividad, quizás sea el de los afiliados a la Seguridad Social, que en la media de los tres meses a enero registraba una caída trimestral anualizada del orden del 10%, que sugiere otra del PIB superior al 8% anual, acentuando el 4,5% con que se cerraba 2008, lo que no augura nada nuevo para el resto del año.

Este grave y creciente deterioro de la economía debía haber incitado a autoridades y entidades de crédito a un debate serio y razonado sobre sus causas y las medidas a tomar para una recuperación duradera. Sin embargo, las dos partes han perdido el tiempo inculpándose mutuamente de la situación, como los gazapos de la famosa fábula que discutían sobre si la amenaza eran galgos o podencos, mientras la economía corría el riesgo de pasar de la recesión a la depresión.

En realidad y contrariamente a lo manifestado por el presidente de la AEB, tanto unos como otros sabían perfectamente lo que pasaba en la economía, la dirección que iba tomando y lo que convenía hacer para enderezarla. Pero en vez de defender el interés general, cada uno fue a lo suyo, haciendo de su capa un sayo.

Así, en vez de preparar un plan coherente de recuperación duradera, las autoridades improvisaron a principios de 2008 unas medidas claramente electorales, la reducción de 400 euros a los contribuyentes por IRPF y el cheque bebé, motivación electoral que todavía persiste. Se han ido tomando sin ton ni son unas medidas heterogéneas para hacer frente a la creciente recesión económica, pero la estrella de todas ellas, los 8.000 millones destinados a la inversión municipal, tienen una clara vitola electoral, y es el peor empleo que se puede hacer de unos recursos tan cuantiosos desde un punto de vista estatal y a medio plazo.

Pero tampoco se quedan atrás las entidades bancarias en esa falta de visión de futuro. No parece, contrariamente a la opinión del presidente de la AEB que la inadecuada política económica aplicada estos últimos años haya sido la causa de los actuales problemas de esas entidades. Los hechos hablan por sí solos y reparten la culpabilidad.

Los créditos, mayormente hipotecarios vinculados a la construcción, podrían calificarse de subprime a la española por la imprudencia con que se concedían en un afán de aumentar el negocio. Se establecían a plazos anormalmente largos y a unos tipos de interés sumamente bajos que previsiblemente deberían subir significativamente. Además, el fuerte y continuado crecimiento económico basado en la construcción, garantía del empleo y de la renta de los deudores hipotecarios, estaba condenado a caer. La combinación de estos dos importantes riesgos de insolvencia se están manifestando ahora en el aumento de la morosidad.

Por si fuera poco, este comportamiento imprudente se incrementaba con la concentración de los créditos vinculados a la construcción en la cartera crediticia de las entidades bancarias que si en 2006 era del 60%, según el Banco de España, a finales de 2007 posiblemente superaba el 70%, con una cuota más alta en algunas entidades de crédito.

No menos imprudente ha sido que para hacer frente a esta explosión de créditos que no cubría los depósitos de los particulares ni las titulizaciones de los créditos se recurriese masivamente al endeudamiento exterior que a finales de 2008 superaba los 400.000 millones de euros a corto plazo, cuando la totalidad de créditos a la construcción superaba ligeramente el billón.

Las inevitables consecuencias de todo ello han acabado saliendo a la luz. Las entidades de crédito han tenido que solicitar y han recibido cuantiosas ayudas del Estado para aliviar sus dificultades que sin embargo persisten, a juzgar por la sequía de los créditos. La mejor prueba de estas dificultades quizás sea el hecho de que con un aumento del crédito a la construcción de 40.000 millones hasta el tercer trimestre de 2008, la mitad que en 2007, la deuda externa a corto aumentó en casi 80.000 millones, bastante más que un año antes.

Hacer a partir de aquí una previsión de la marcha de la economía es sumamente difícil, porque se entra en terreno desconocido, en el que la experiencia del pasado sirve de poco. No se sabe cuál va a ser la evolución final de la persistente crisis financiera global, ni si de la sequía de crédito en España van a salir las entidades financieras de forma autónoma o si van a ser necesarias otras intervenciones estatales más efectivas que las actuales en vigor.

Hay dos cosas de las que se puede estar seguro. De que una recuperación sostenida sólo puede venir impulsada por el sector exterior y de que es preciso que los mercados y agentes socioeconómicos recuperen la confianza que se ha ido perdiendo. Para ello habrá que empezar por una exposición clara y sin ambages de la gravedad de la situación actual de la economía, que lejos de la fortaleza de que se ha venido haciendo gala, nunca se había encontrado en una situación tan delicada como la que evidencian unos elevados y crecientes desequilibrios fundamentales: la tasa de paro, el déficit público y una ya enorme deuda exterior como consecuencia del persistente déficit corriente.

Es seguro que el buen sentido de los agentes económicos les hará percatarse de que si se quiere mantener una expansión de la actividad y el empleo no hay otra alternativa que la de llevar a cabo los ajustes estructurales indispensables tanto tiempo demorados. El Gobierno que esté al timón será el encargado de llevarlos a cabo con un reparto equitativo de los costes que forzosamente llevarán consigo.

Anselmo Calleja. Economista y estadístico