Cinco Sentidos

Por qué los premios Nobel no investigan en España

La burocracia dificulta la contratación de los mejores investigadores españoles y extranjeros

Por qué los premios Nobel no investigan en España
Por qué los premios Nobel no investigan en España

No todo el mundo sabe que Holanda, un país con la mitad de población que España, ha ganado 17 premios Nobel en disciplinas científicas: física, química, medicina y economía (si algún lector no cuenta la economía como ciencia, cosa comprensible en los tiempos que corren, reste dos). España sólo ha ganado dos: Ramón y Cajal (en la prehistoria) y Ochoa (trabajando en los EE UU). Y no hace falta ser Nostradamus para predecir que esto seguirá siendo así el año que viene. Y el siguiente, y el siguiente'.

æpermil;ste es el ácido preámbulo de una carta que Gustavo Catalán, físico y profesor de la Universidad de Cambridge, escribió el mismo día en que la Administración española le dio con la puerta en las narices. Nunca llegó a una redacción, no por falta de ganas, sino por el convencimiento de que la burocracia en España es inamovible e insensible a las necesidades de la ciencia.

Catalán tenía, entonces y ahora, los méritos suficientes para investigar en España, después de un periplo de años y formación en el extranjero: Irlanda, Holanda y Gran Bretaña; pero se topó 'con el vuelva usted mañana' y atónito tuvo que regresar por donde había venido: Cambridge. Se había enterado de la existencia de una plaza en el CSIC adecuada a su perfil. Rellenó la ristra de papeles que exigía la administración, pagó religiosamente las tasas y viajó a Zaragoza para ser juzgado por un tribunal independiente.

Nada más empezar la oposición, llega la temida primera pregunta: '¿Fotocopias?'. Silencio. 'Las fotocopias de sus artículos'. 'Pero si todos mis artículos están publicados'. 'Lo sabemos, los hemos leído. Algunos, incluso, son excelentes. Pero necesitamos las fotocopias. Es la ley'. 'Mañana mismo las entrego'. 'Pero entonces estará fuera de plazo'. La tragicomedia acababa de concluir.

Gustavo Catalán escribió otra carta. Y ésta si se publicó en El País en diciembre de 2008. La misiva respondía a un artículo anterior de Carlos Martínez, secretario de Estado de Investigación: 'Tal vez desde las alturas ministeriales no se percibe, pero los científicos europeos nos movemos. Y mucho. Otra cosa, tal vez más preocupante para quien es responsable de la ciencia en España, es que el flujo vaya generalmente en una sola dirección (...). Dejen que sean los propios centros quienes decidan sus necesidades y publiquen las ofertas en las revistas científicas internacionales, no en el BOE. Y dejen de exigir la homologación de las titulaciones extranjeras: actualmente un doctor de Harvard, el MIT o Cambridge no puede trabajar en España hasta conseguir ese papel. Y el trámite puede durar un año'.

La burocracia siempre pasa factura. Y sus secuelas en un terreno como el de la ciencia pueden resultar catastróficas. Algunos expertos piensan que el tren está perdido, otros que España aún puede sumarse a la liga de campeones. El tiempo dirá. El problema se agrava en la medida en que resulta prácticamente imposible atraer a profesionales extranjeros. Las trabas son tales que la mayoría queda atrapada en una maraña burocrática inasumible desde el punto de vista económico y profesional. 'Algunas exigencias pueden resultarles incluso humillantes', dice el físico Emilio Artacho. Otros españoles no pueden volver porque aquí serían la mitad de productivos. Es el caso de Ignacio Cirac, una eminencia en el campo de la física cuántica. 'Me han hecho ofertas, pero ninguna me ha interesado', dice desde el Instituto Max Planck (Alemania), donde dirige la sección de Física.

En el mundo anglosajón saben lo que vale un buen científico y pagan por ello. Todo son facilidades y no hay apenas papeleo. Artacho, funcionario en excedencia de la Universidad Autónoma, lo cuenta en primera persona. Se presentó a una plaza en Cambridge. Sólo le pidieron un currículum de libre formato y una carta manuscrita de cinco folios.

'En los dos primeros debía explicar por qué era famoso, en los tres últimos por qué lo iba a ser', dice con sorna. Le preguntaron cuándo podía hacer la entrevista y le enviaron los billetes de avión y la tarjeta de hotel, a él y a su esposa. Una semana, para que fueran haciéndose al lugar. Después, dos días de charla con los profesores del departamento y una sesión científica abierta al público. Finalmente un telefonazo y el OK. A los Artacho les pagaron la mudanza.

¿Extranjero? Vuelva usted mañanaRuta alternativa

Cristina Garmendia, ministra de Ciencia e Innovación, quiere, como gran parte de la sociedad española, una economía basada en el conocimiento, pero sabe que con los mimbres que tiene -un sistema de contratación de investigadores garantista y funcionarial- hoy se trata de un reto inalcanzable. 'A los europeos no les resulta difícil lograr una plaza, los no europeos lo tienen más complicado', reconoce José Manuel Fernández de Labastida, secretario general de Política Científica, en un intento de minimizar el problema. En cualquier caso, el ministerio tiene claro que un sistema regulado por la contratación laboral es el adecuado para lograr la excelencia científica. 'Sólo entonces, y cuando los requisitos formales sean muy sencillos, podremos internacionalizar nuestro aparato investigador', señala Labastida. æpermil;ste será uno de los pilares de la nueva ley de la Ciencia, que Garmendia llevará al Congreso en un par de meses. 'Primero debemos crear un poso de investigación científica, después conseguir que este conocimiento fluya hacia la investigación tecnológica y dé el salto a la empresa. Y es imprescindible que los científicos puedan ir y venir de la industria a la Universidad', concluye.

Ruta Alternativa

Tres comunidades autónomas, Madrid, Cataluña y País Vasco, han decidido enterrar la burocracia y atrapar talento. Recurriendo al modelo de fundaciones, los gobiernos de estas tres comunidades están contratando científicos al modo anglosajón. Los requisitos son sencillos: un currículum, dos cartas de presentación, una propuesta profesional, una entrevista ante un grupo de científicos independientes y en algunos casos la celebración de un seminario científico abierto al público. Nada de papeles, fotocopias y tasas. Los seleccionados firman un contrato laboral por tiempo indefinido y cada tres o cinco años pasan una evaluación.

Icrea, la fundación de Cataluña, funciona desde el año 2001 y lleva contratados 205 investigadores. El 60%, extranjeros. Los vascos tienen previsto incorporar un centenar de profesionales entre 2007 y 2009. Ya llevan 75.

A la burocracia, se une otro problema: los sueldos que se ofertan en Europa. Hasta 150.000 euros anuales, el doble que en España.