EDITORIAL

Una solución asimétrica en la UE

La llegada de la crisis financiera a Europa ha puesto a prueba esta semana los mecanismos políticos de la Unión Europea para resolver los problemas económicos inesperados. La iniciativa unitaria y paneuropea del presidente francés, Nicolas Sarkozy, ha encontrado la inmediata réplica de Alemania, que ha pedido tiempo para analizar un plan de rescate cuyo coste fundamental correría a cargo de las finanzas germanas y que podía sobrepasar las verdaderas necesidades de auxilio de los bancos. Tras los primeros contactos, las reuniones de los miembros europeos del G-8 del fin de semana, más las cumbres del Eurogrupo, el lunes, y de Ecofin, el martes, deben dar solución definitiva a este episodio crítico. No obstante, puede precipitar la salida, con menos esfuerzo del esperado, el respaldo en EE UU al Plan Paulson.

La apuesta de la Administración francesa, intervencionista y solidaria en el reparto de las cargas, no ha generado simpatías. El Reino Unido ha optado ya hace meses por la solución interna para combatir las dificultades de sus bancos, bien mediante inyecciones de capital en las instituciones, bien buscando comprador saneado, bien forzando fusiones que repartieran la carga. Holanda, Bélgica y Luxemburgo tiene la mayor parte del problema resuelto con semejantes recetas, tras el colapso de Fortis.

Alemania ha puesto en marcha el rescate público para salvar de la quiebra a Hypo Real Estate, el problema más explícito que tenía entre los bancos germanos. Italia prefiere cambios normativos que alivien las revisiones contables en los balances con más activos sospechosos. Y España ha confiado, con razón, en que su sistema financiero resistirá la embestida de la crisis, siempre que no se prolongue años, por los resultados que están dando los mecanismos de capitalización, solvencia y cobertura establecidos hace décadas.

Por tanto, la solución asimétrica parece que se ha impuesto en una zona monetaria única que se ha dado de bruces con este gravísimo episodio de turbulencias sin protocolo de actuación ni instituciones de anclaje, más allá de la política de rigor del Banco Central Europeo. Es discutible si debe establecer, para el futuro, una punta notable de tesorería que corrigiese los excesos. Hoy parece mucho pedir en una unión monetaria y económica con soberanía artificial, en la que el poder sigue en cada capital y en cada país, y en la que el presupuesto común escasamente llega a un ridículo 1% del PIB. Pero, desde luego, mal se puede consolidar el glamour del euro sin política económica y financiera común, sin un Tesoro común y supervisores comunes para todos los servicios financieros.

La cantidad manejada por Francia y Holanda para hacer el salvamento actual, unos 300.000 millones de euros, es tres veces el presupuesto comunitario, a todas luces exagerada en una zona económica muy poco generosa con el gasto común y con los riesgos diseminados. Pero desde luego el euro seguirá inseguro si no cuenta con más resortes de defensa financiera. Más importante que eso es establecer un modelo de vigilancia del sistema riguroso y único, que a la larga es mucho más barato y es la mejor inversión para la seguridad del ahorro y la inversión de la ciudadanía y para la solvencia de la banca.