TRIBUNA

España y Cuba tras Fidel Castro

La decisión de Fidel Castro de renunciar a la presidencia de Cuba no cambiará en el fondo la situación con España, según el autor, pues las relaciones entre ambos países siempre han sido muy estrechas. Donde sí se producirán variaciones es con Estados Unidos

Nada será igual tras la jubilación de Fidel Castro, con la excepción de la relación entre Cuba y España. La esencia de este vínculo entre los dos países no sufrirá notables cambios después, no solamente del cambio de liderazgo, sino incluso del ulterior trueque de régimen.

La relación hispanocubana ha mostrado solidez impresionante durante más de un largo siglo, a pesar de los desacuerdos específicos entre sus líderes. Está destinada a pasar a los anales de la historia como un caso emblemático de lo se cree reservado a Gran Bretaña y los Estados Unidos: una relación especial.

Precisamente los incidentes iniciados o provocados por algunos de los dirigentes de España y Cuba no solamente no provocaron la ruptura, sino que paradójicamente consolidaron la íntima relación. La clave de este diagnóstico es que detrás de la relación diplomática siempre estuvo una íntima comunicación social. Obsérvese la moderación con que Raúl Castro se refirió al conflicto colonial en el discurso del 2 de diciembre de 2006, pronunciado dentro de la celebración del desembarco del Granma. Ya nadie se acuerda de la mención de Fidel del 12 de Octubre como una 'fecha infausta y nefasta'. Fueron ocurrencias del momento, del mismo tono y superficialidad que el definir a Aznar como 'caballerito' y 'fuherer con bigotito'. Más que indignación y protestas diplomáticas (las hubo) provocaron carcajadas.

Por mucho que se repitieran los roces desde el triunfo de la Revolución, las relaciones seguían incólumes

Por mucho que se repitieran los roces desde el triunfo de la Revolución el 1 de enero de 1959, lo cierto es que las bases de la relación hispanocubana seguían incólumes. Esto se debe significativamente a que en su origen, ambos Estados se sintieron víctimas de la misma intervención de los Estados Unidos. La injerencia de Washington en lo que era una trifulca de familia que estaba en vías de resolverse a favor de los mambises, creó un vínculo político de resentimiento compartido.

La tenacidad con que los gobiernos españoles desde 1976 han reforzado el vínculo con la Cuba 'oficial', para paliar la desaparición de la España 'real' emigratoria, han hecho el milagro, que ni siquiera peligró cuando la España 'oficial' de Aznar provocó la rotura de cartas de la Cuba 'oficial' en 2003. Cuando se aclare el panorama, y la Cuba 'real' pueda de verdad expresar su opinión, se verá si la política de 'diálogo constructivo' (reconstruida por el gobierno español recientemente) fue eficaz.

Respecto a Estados Unidos, la clave actual reside en si el nuevo sistema que deberá asentarse tarde o temprano será capaz de desprenderse de esa animadversión estratégica entre ambos países y basarse positivamente en la buena disposición del pueblo cubano hacia la cultura norteamericana y su modo de vida, en un ejercicio supremo de distinguir entre el país 'oficial' (que fue el enemigo) y el 'real', según la terminología orteguiana.

Esta tarea dependerá de cómo el Gobierno y la sociedad de los Estados Unidos, junto a la comunidad exiliada, se comporten con respecto a una nueva Cuba. El país con el que deberán tratar estará cansado de tensión continua y hambriento de libertad política efectiva, pero también se hallará necesitado de una protección social irremplazable.

De ahí que no será extraño que sea el propio Gobierno norteamericano el que refuerce el freno anunciado tras la enfermedad de Castro a las prisas de algunos sectores del exilio por reclamar compensaciones apresuradas o devoluciones directas de las propiedades expropiadas en los años sesenta. De lo contrario, esta temática económica, situada en un panorama globalizado, dominado por el neoliberalismo, pudiera quedar a la merced de fuerzas incontroladas a las que la sociedad cubana, hoy por hoy, no está acostumbrada.

Al margen de las relaciones con España y EE UU, Cuba ha jugado un papel crucial en América Latina, y no va ser nada fácil ponerse los zapatos de Castro en este continente, aunque será comparativamente menos dificultoso despojarse de la mitificación de los logros de la Revolución.

Por una parte, se va a producir una tremenda presión en no insistir en la adaptación del llamado modelo cubano. Por otro lado, la ausencia de Castro permitirá tanto a los gobiernos moderados, como a los incondicionales y los opositores, diseñar una política realista, más práctica, hacia Cuba que consiga un cierto común denominador (nada fácil) que combine la necesidad de la estabilidad y la seguridad (sobre todo en el Caribe y México) y la consideración de los logros reales de la Revolución Cubana como modelo a adoptar, y su debido sopeso con los costos.

Joaquín Roy Director de la European Union Center de la Universidad de Miami