COLUMNA

Del exceso a la carencia de liquidez

Los mercados monetarios y financieros, caracterizados hasta ahora por el exceso de liquidez, se han visto frenados por el colapso desatado en EE UU, subraya el autor, que analiza las características de esta crisis. En su opinión, el resultado ha sido la vuelta a las prácticas prudentes que nunca debieron abandonarse

En lo que va de siglo los mercados monetarios y financieros se han caracterizado por la abundancia de financiación. En EE UU y la UE la política monetaria ha sido favorable al crecimiento gracias a la contención de precios de productos de consumo que, a su vez, se contenían por importaciones baratas procedentes de países en desarrollo. Estos últimos, especialmente China, obtenían superávits en la balanza de pagos que proporcionaban divisas cuya contrapartida es la emisión de moneda local. Así se ha vivido en un mar de liquidez básica que se ha multiplicado por el efecto de dos fuentes adicionales de nuevos medios de pago. El primero es el proceso de creación múltiple de activos bancarios por el que un nuevo depósito -tras detraer el coeficiente de reservas- permite otorgar préstamos con los que se hacen pagos que vuelven a la banca, que de nuevo los presta, y así sucesivamente en progresión descendente. El segundo es la titulización de activos que los convierte en efectivo y permite iniciar otro proceso expansivo de concesión de préstamos.

Las peculiaridades de la última expansión, basada en la venta de títulos de crédito, residen en: baja calidad de los créditos concedidos; su mezcla en proporciones variables con otros títulos; una garantía menos sólida de lo que aparentaba, y una calificación de riesgo excesivamente alta. La primera característica deriva de que los acreditados habían tenido con anterioridad problemas de morosidad, su renta era insuficiente para atender los pagos por intereses. Una vez superadas las primeras cuotas que estaban bonificadas debidamente, tenía lugar un posterior aumento de tipos al que sólo en casos de suerte se podía hacer frente. La segunda singularidad está en la masiva conversión en CDO, iniciales de Credit Debt Obligations, donde hay una especie de sobre sorpresa con títulos de calidad diferente. La tercera peculiaridad consiste en que una garantía hipotecaria tiene contenidos diversos según el país. En España el Registro Mercantil es de derechos y en EE UU de títulos de diversos proveedores con credenciales sobre un mismo activo, de manera que con la adquisición se paga un seguro que permite recuperar lo pagado si aparece un titular con mejor derecho. La cuarta estriba en que la calificación de triple A que les otorgaron las agencias de rating es dudosa.

El resultado inicial de lo expuesto es la pérdida de valor de los activos crediticios comprados y la pérdida de su liquidez. Seguidamente, el cierre de alguna de las compañías norteamericanas de financiación de la compra de viviendas y tensiones en los bancos que más habían invertido en estos productos; la petición de relajamiento de las condiciones monetarias en forma de más crédito sin aumentar los tipos de interés; el endurecimiento de condiciones a los nuevos préstamos con el consiguiente enfriamiento del mercado inmobiliario; la reducción de actividad en la construcción; aumento del paro; menos ingresos tributarios y más gastos, y un largo etcétera que se resume en menos crecimiento y la vuelta a las prácticas prudentes que nunca debieron abandonarse. En el sector financiero se busca liquidez, con lo que sube la retribución de los depósitos, se venden activos y se restringe la concesión de créditos y se endurecen las condiciones.

Se califica a la situación como crisis hipotecaria, pero sería más pertinente calificarla de financiera, puesto que fue la reducción prolongada de tipos de interés la que instó a pedir créditos para adquisición de vivienda y la que, debido a la mayor demanda, aumentó los precios y las dificultades de pago. Las crisis monetarias se suceden una y otra vez generadas por los efectos no deseados que causa el relajamiento monetario y/o financiero. Mientras duró el proceso los ahorradores se vieron penalizados por una retribución ínfima, o incluso negativa de sus depósitos, algunos ingenuos optimistas se endeudaron más de lo debido, algunos espabilados colocaron a terceros créditos de dudoso cobro, la actividad económica creció impulsada por la droga del dinero fácil y ahora toca una desintoxicación lo más suave y rápida posible, pero aún no hay examen de conciencia, ni acto de contrición, ni confesión de culpa, ni propósito de la enmienda y los culpables esperan que la penitencia la cumplan otros.

Cuando se fijaron las condiciones para la entrada en la Unión Monetaria Europea se impusieron restricciones, entre otras, al volumen de déficit y deuda públicos, tipos de interés y de cambio y diferencial de inflación. Sin embargo, se omitió considerar el volumen de deuda de las familias y empresas, aun cuando la incidencia de esa deuda en la calidad de la moneda, el coste del crédito e imagen del área monetaria puede ser tan importante como la de las Administraciones públicas. En todo caso, cuando el origen de la financiación no es el ahorro privado sino la emisión monetaria, el aumento de la deuda y el deterioro de su calidad son derivaciones inevitables y peligrosas.

Joaquín Trigo. Director ejecutivo de Fomento del Trabajo Nacional