TRIBUNA

El estallido de la longevidad

El número de personas centenarias en España no ha dejado de crecer en las últimas décadas: hasta 1960, incluso hasta 1970, el volumen personas de 100 y más años presentaba escasa significación estadística. Desde este año su crecimiento ha sido constante, alcanzando la cifra de 2.959 centenarios (2.231 mujeres y 728 varones) en 2001, lo que arroja una tasa de siete personas de 100 y más años por cada 100.000 habitantes, valor sensiblemente superior a los del resto de los países europeos. En Europa, según el Department of Economic and Social Affairs (DESA) de la ONU, la tasa de personas centenarias en el año 2000 era 6,5 por cada 100.000 habitantes.

La información ofrecida por el último padrón de habitantes nos da pie a afirmar que en la actualidad las personas de 100 y más años podría alcanzar un valor superior a 6.000. En el contexto mundial nuestro país ocupa, tras Japón, el segundo lugar en cuanto a porcentaje de centenarios; el mismo lugar que ocupan en cuanto a esperanza de vida las mujeres españolas. Para 2011 las nuevas proyecciones del INE estiman en más de 7.700 los centenarios y elevan la cifra a más de 50.000 para 2050: el estallido de la longevidad será -en buena medida lo es ya- más una realidad estadística que un recurso literario.

Sin embargo, como tuve personalmente ocasión de demostrar en el último Congreso de Geriatría y Gerontología, en España las desigualdades y desequilibrios interprovinciales en relación a la población centenaria son muy fuertes. Con el fin de aislar el factor estructura demográfica, calculadas y cartografiadas las tasas de población centenaria en relación, exclusivamente, a la población de 85 años y más, se constata que en orden decreciente, los mayores niveles de longevidad se dan en Ávila, Salamanca, Guadalajara, Soria, Segovia, Zamora, León, Orense y Pontevedra (en Galicia y Castilla y León). En todas estas provincias y en estas dos regiones (sin llegar a los extremos de los longevos enclaves de Hunza en Pakistán, Abxasia en Georgia, Vicacamba en Ecuador, o en algunos valles de montaña de Córcega, que tanto interés científico han generado en la comunidad científica internacional) el número de centenarios por cada 100.000 personas de 85 y más años superó el valor 600. Por el contrario, las menores tasas se dan en las provincias de Granada, Gerona, Lérida, Ceuta y Guipúzcoa, en las que no llegan a alcanzar el valor 300: entre las primeras y las últimas cinco provincias el factor sería de 3,4 a 1.

Este crecimiento cuasi exponencial del número de centenarios ha crecido de forma paralela a la tasa de supervivencia a todas las edades, que es muy alta. Este fenómeno, que se ha definido como la rectangulización de las curvas de supervivencia, cabe ser entendido como un indicador de bienestar social, de nivel de vida, pero no de desarrollo económico o nivel de renta, porque no son las provincias con mayor renta per cápita ni mayor nivel de desarrollo, ni las más urbanizadas las que presentan las tasas de centenarios más altas, sino, por el contrario, las provincias interiores, de montaña, más ruralizadas, menos dinámicas demográficamente.

En la ponencia la longevidad se relacionaba -además de con la mejora de los sistemas asistenciales- con las formas de vida, con el bienestar social, con los factores socio-territoriales. Estos factores, a pesar de su importancia, son menos conocidos y están menos investigados que aquéllos que pudiéramos definir como factores individuales de longevidad: los biológicos.

Sin duda los factores biológicos, que presentan un componente hereditario o genético, son causa necesaria pero no suficiente, la hacen suficiente (además de los sanitarios) los factores ambientales, los ligados al estilo de vida, en definitiva, los socio-territoriales, y viceversa: los factores socio-territoriales y ambientales sin el concurso de los genéticos tampoco explicarían las fuertes diferencias territoriales de la longevidad.

æpermil;sta era la tesis de la que partía en la investigación que presentamos y que la geodemografía nos permitió constatar empíricamente. Esta disciplina ofrece una perspectiva de análisis privilegiada para conocer los factores ambientales y territoriales que, según señalamos en el último Congreso de Geriatría y Gerontología, son dos veces más determinantes que los biológicos o genéticos. En definitiva demostramos que más importante que vivir es aprender a vivir y que el objetivo, como se apunta desde la gerontología, no es tanto 'añadir más años a la vida' como 'más vida a los años'.

Pedro Reques Velasco. Geógrafo, director del departamento de Geografía, Urbanismo y Ordenación del Territorio de la Universidad de Cantabria