COLUMNA

La empresa, su imagen y futuro

El descrédito de la planificación económica centralizada es absoluto en todos los países en donde se ha realizado. La alternativa, esto es, la asignación de recursos a través de los mecanismos de mercado, funciona en todo el mundo a pesar de las injerencias de las autoridades económicas y de las demandas de privilegios de quienes quieren obtener beneficios sin dar un buen servicio a sus clientes. La teoría, extraída del análisis del funcionamiento de los mercados en diferentes lugares y momentos, es sólida y constituye un acervo de conocimiento que da cuenta de las ventajas y de los fallos del mercado, de las imperfecciones de la competencia y del comportamiento de los agentes que lo forman en las diferentes estructuras y circunstancias posibles.

Todo conocimiento es parcial y perfectible y esto también vale para el estudio del mercado que en su configuración ideal nunca existe. Aun así, un mercado sin competencia perfecta es más ineficiente que cualquier planificación pues el volumen de información que procesa, la rapidez de las decisiones y la motivación personal de los agentes que lo forman supera con creces los medios y conocimientos de los planificadores más avezados.

La planificación no es la única alternativa al mercado, hay otras dos, el altruismo y la autosuficiencia. El altruismo sirve para la familia, para la vida en algunos pueblos pequeños o para un país en situación crítica motivada por alguna catástrofe natural o acontecimiento bélico, por lo que en la vida normal es más adecuado considerar que lo que guía a todos en su relación con terceros es el egoísmo, que es compatible con la buena fe, el respeto a la palabra dada, a los derechos de terceros y a los contratos firmados.

La autosuficiencia como modelo vale para eremitas y situaciones extremas. La vida así es más dura y pobre que cuando se disfruta de las ventajas que aporta la división del trabajo. En realidad nadie propugna abiertamente la planificación centralizada, el altruismo o el aislamiento, por lo que las críticas y los intentos de perjudicar al mercado y, especialmente, a sus instituciones básicas, a la empresa y a la competencia son sinuosas, incoherentes e irresponsables.

El paradigma propuesto por la alternativa, curiosamente, no se centra en la actividad productiva ni en la confrontación académica, sino en el terreno de los grupos de presión que utilizan las campañas mediáticas, el lobby directo para forzar normativa y conseguir que la implicación del Estado en la producción (compras públicas, financiación privilegiada, subvenciones…) priorice a empresas que afirman buscar objetivos distintos a la maximización del beneficio o que cumplen con el respeto a los derechos humanos y al medio ambiente. A través de estas vías se exigen certificaciones prolijas e irrelevantes para dotar a las empresas de la acreditación de responsabilidad en la que pocos creen y casi nadie tiene tiempo o ganas de estudiar pero que, sobre todo, no porque unos la tengan se deriva que los demás sean irresponsables.

La esencia del mercado está en que buscando beneficio propio se ha de servir con eficiencia a los demás. Esa eficiencia es necesaria en la compra, en la producción, en la venta y en el cobro. En cada fase hay que atender a los que intervienen en la producción y su entorno y en cada estadio del proceso todos los partícipes han de seguir pautas similares. El beneficio es el objetivo, a la vez que es indicador de eficiencia y la base para el cálculo de impuestos.

Lo que se pide es que en lugar del beneficio del accionista se busque el de otros grupos, que van desde proveedores y clientes hasta cualquiera que se postule como interesado en la empresa. En fin, parecería que la empresa no se preocupase por sus clientes, a pesar de la cuenta que le trae. O que pagar más al proveedor y cobrar menos al cliente es lo deseable, o que los proveedores y clientes no son empresas o que cualquiera que se constituya en censor, por ese acto de voluntad, fuera ya consultor de gestión.

Más allá de la parte visible de las operaciones comerciales hay un entramado complejo y delicado de relaciones y compromisos que se perjudica si la presunta buena voluntad se antepone a la competencia y a la eficiencia. Si los políticos en busca de discurso o mera notoriedad apadrinan el movimiento y a su alrededor se crea un mercado prometedor (que supone costes sin valor añadido para el consumidor) ya se tiene en marcha la ceremonia del oportunismo y la confusión. Al margen, en la vida real, la economía abierta exige auténtica competencia, de la que beneficia a los consumidores de verdad. El resto es retórica vacía fruto del ocio de quienes viven de sermonear a los demás.

Joaquín Trigo. Director ejecutivo de Fomento del Trabajo Nacional