COLUMNA

Al borde del colapso

Hace unos días pasó por Madrid mi buen amigo Norman. Venía a jugar al golf en Málaga y tuvimos una larga conversación en la cual -¡cómo no!- salió a relucir la situación política y social española -él estaba gozoso con la retirada de Tony Blair-. Tratándose de un historiador experto en el análisis de las ideas políticas, me sorprendió un tanto sus constantes referencias entusiastas a la democracia. Al principio me pareció un truco consistente en desarmar, presumiendo de algo que su nación ha disfrutado desde antiguo, los golpes de quien, como yo, se pregunta si no hemos estado pidiendo demasiado a algo que no es, en el fondo, más que un procedimiento para organizar el ejercicio del poder y el funcionamiento de las instituciones políticas.

Pero cuando citó a su compatriota Edward Gibbon -que entre 1776 y 1788 publicó su monumental Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano- comencé a entender por dónde iban los tiros. Todos los especialistas en la obra de Gibbon coinciden en leerla como una defensa de la tesis según la cual la paz, la armonía y el progreso material de cualquier sociedad que se precie de tal reposan en la persistencia de un conjunto de valores y actitudes públicas que incluyen instituciones libres y un espíritu cívico al servicio de un abanico de fines sociales ampliamente compartidos. Y es que como afirmaba Gibbon, 'todo lo que es humano acaba descomponiéndose si no progresa'.

Mi sospecha quedó pronto confirmada pues a medida que la conversación proseguía convinimos en que la democracia había acabado siendo algo más que un mecanismo para convertirse en un modo de vida y en un abanico de valores inspiradores de la misma. Su postura es que, idealmente acaso, la democracia es una forma de vivir juntos en un clima de libertad política que debe transmitir a los ciudadanos los rasgos más nobles de la vida en común al tiempo que enriquece las actitudes de toda la comunidad política.

Nada podía objetar a esa descripción por mucho que tuviese de piadoso deseo así que me puse práctico y comencé a pincharle en zonas que me parecen dudosas en esa idealizada versión de la democracia. Mis reparos tenían -y tienen- un denominador común: lo que hoy conocemos como democracia representativa es un conjunto de instituciones y reglas que, debido a la profesionalización de la política, han quedado muy lejos del alcance de los ciudadanos normales, a los cuales lo único que se les pide es que voten cada cuatro años y que se callen después. Incluso si alguna vez se nos consulta mediante referendo es dudoso su calidad de auténtica reválida democrática pues los términos del mismo están formulados por los políticos profesionales. Me parece, decía yo, que hemos de abandonar para siempre la esperanza de pasar de una democracia representativa a otra deliberativa.

Es seguro que tanto él como yo teníamos muy presente durante la larga conversación lo sucedido en España con las recientes elecciones municipales y autonómicas, en las cuales la voluntad de los ciudadanos, expresada en votos, ha acabado viéndose burlada por medio de acuerdos entre partidos -en ocasiones hasta seis- que no habían obtenido el mayor respaldo ciudadano.

Pero si esto constituye una degradación habitual de la voluntad popular más grave es lo sucedido en numerosos municipios del País Vasco y Navarra. Allí hemos asistido a escenas increíbles que van desde el lanzamiento por la ventana de una urna al asalto y toma violenta de sedes municipales por energúmenos -miembros de un partido que dice renegar de la violencia-, impidiendo la constitución de los consistorios por parte de quienes habían sido respaldados para ello por lo fuerza de los votos.

Pero con ser ello grave, le decía a Norman, más terrible considero que tales atentados a la esencia de la democracia hayan sido calificados de muestra de 'normalidad' por un ministro de Justicia o se haya permitido que ocurriesen por parte de los responsables de mantener el orden y defender la legalidad en el Gobierno vasco pretextando que tales hechos no constituían acto delictivo ni falta. Desde hace varios años llevo afirmando que, como en los westerns cinematográficos, el País Vasco es un territorio sin ley; o dicho de otra forma, que nada está más alejado de sus creencias que considerar la política como posibilidad de vida pacífica en común.

En 2005 el geógrafo americano Jared Diamond publicó un libro fascinante -Colapso- en el cual analizaba cómo algunas sociedades habían sido incapaces de hacer frente a los retos que amenazaban su supervivencia y han acabado desaparecido. Pues bien, me temo que la nación española, o lo que de ella queda, esté acercándose a ese trágico trance.

Raimundo Ortega. Economista