COLUMNA

Europa sin proyecto

Europa acaba de celebrar sus bodas de oro, sin grandes fastos, más bien con modestia, la misma modestia y el mismo moderado optimismo consustancial al europeísmo de los últimos 50 años. El 25 de marzo de 1957 se firmó en Roma el Tratado fundacional de la CEE que, con el paso del tiempo, se convertiría en la Comunidad Europea, toda una declaración de principios sobre la superación de una visión exclusivamente economicista. Lo cierto es que ese marchamo economicista es el que acabó imponiéndose, y con importantes éxitos: la realización del mercado interior, con la libre circulación de personas, bienes, servicios y capitales; el desarme arancelario interno, o la integración monetaria con el euro, la más significativa cesión de soberanía a instancias europeas, aderezada con el no tan exitoso Pacto de Estabilidad y Crecimiento.

Desde una perspectiva económica, la historia de la UE es la historia de un éxito, trasunto del designio de los padres fundadores, los Schumann, Monnet o De Gasperi, que vieron en el progreso económico la principal garantía de paz en el Viejo Continente. Pero el pilar político de la Unión estuvo presente desde la primitiva CECA, la apuesta mancomunada de dos países históricamente rivales, Francia y Alemania, de superar su antagonismo bélico mediante la gestión conjunta de la materia prima de la industria armamentista: el carbón y el acero.

Esa impronta genética de garantizar la paz dio lugar a fórmulas de colaboración cada vez más estrechas, las llamadas políticas comunitarias. El gradualismo posibilista de Schumann dio lugar al llamado método comunitario que engendró grandes acuerdos: el Acta æscaron;nica Europea, Maastricht, Niza y hasta el fracasado proyecto constitucional. Un lento proceso de sedimentación política y jurídica germinó en una acabada arquitectura institucional que alumbraría un vasto acervo comunitario. Sin embargo, las sucesivas ampliaciones hicieron ingobernable el invento. Con grave amenaza de esclerosis institucional, la eurocracia lastra el proceso de toma de decisiones. La necesidad de avanzar en el proceso de integración europea requería un salto cualitativo, la UE necesitaba una Constitución, pero el frustrado proyecto constitucional se estrelló con el euroescepticismo de Holanda y, lo que parece más grave, de la misma Francia.

Y así llegamos al actual escenario en el que Europa languidece ante su eterno dilema: ¿estamos condenados a ser un gigante económico y un enano político? Hace un par de semanas, la Declaración de Berlín intentaba sacar a la Unión del atolladero de su fracaso constitucional. Pero, ¿tenemos claro el proyecto, y disponemos de un liderazgo enérgico para llevarlo a cabo?

Tener un proyecto significa saber lo que somos y adónde vamos; y ambas cosas son contingentes, aunque a mi juicio no debieran serlo. Somos una comunidad de valores asentada en el racionalismo iluminista, el humanismo cristiano (innegable desde un punto de vista cultural), la economía social de mercado y el liberalismo político. Y debiéramos ir hacia un horizonte federal con un Ejecutivo fuerte, tributario de un Legislativo dual (popular y territorial), sin arrostrar el actual déficit democrático congénito, con una clara delimitación competencial y una rigurosa aplicación del principio de subsidiariedad. Pero no basta con el proyecto, es necesario un liderazgo sólido para impulsarlo, y sólo puede venir del eje franco-alemán, que ha demostrado históricamente su potencia motora. En torno a esa masa crítica debe construirse el consenso político. El problema es que no tenemos ni un Kohl ni un Mitterrand, y que no son fácilmente reemplazables.

La UE sigue teniendo, y de una forma descarnada, un problema constitucional. En un mundo globalizado, ha sabido dar una muy buena repuesta con la articulación de su integración económica y monetaria, pero sigue siendo deficitaria en su vertebración política. Nadie se cree que la UE sea un actor político destacado en el escenario internacional, con una voz única y compacta en política internacional. Tampoco podemos olvidar que agotado el gradualismo de la Declaración Schumann, el cambio cualitativo no puede darse sin imbricación social de la ciudadanía, y eso requiere fuertes dosis de pedagogía política para desperezar a una sociedad recelosa que no conecta con la eurocracia ni con su jerga comunitaria. Como escribí en una ocasión desde esta misma columna, falta convocatoria social para conjurar el rapto de Europa.

Jordi de Juan i Casadevall. Abogado del Estado y socio de Cuatrecasas