COLUMNA

Los Presupuestos y las coyunturas

El deterioro de la competitividad, el enorme y creciente déficit corriente exterior y la burbuja inmobiliaria exigen, según el autor, una política macro restrictiva en España. Sin embargo, en su opinión, el Presupuesto para 2007, con un superávit del 0,7% previsto para las Administraciones, dista mucho de serlo

La elaboración de los Presupuestos Generales del Estado es tarea ardua y compleja. Hay que cuadrar las cuentas compatibilizando una serie de exigencias. La de la coyuntura económica esperada; la derivada de las promesas electorales, y por último, aunque más importante cuando no se tiene mayoría parlamentaria absoluta, las que hay que satisfacer para conseguir su aprobación en la Cámara. Pero hace ya algunos años que sus gestores gozan de una especie de nirvana o de libertad sin límites. El fuerte crecimiento económico ha proporcionado ingresos presupuestarios sobrados para satisfacer esas exigencias y los desequilibrios internos y sobre todo externos, que así se generaban ya no contaban (pero contarán) desde que el euro ha eliminado el vínculo exterior.

Los Presupuestos de 2007 parece que seguirán disfrutando de este nirvana inmunizante. El aumento de ingresos no financieros del 14% previsto en los Presupuestos iniciales ha permitido aumentar las partidas asignadas a las comunidades vasca y catalana para conseguir su apoyo parlamentario. Las inversiones en infraestructuras de esta última ya aumentaban inicialmente el 18%, pues venían fijadas por el peso del PIB de Cataluña en el total nacional según establecía el nuevo Estatuto catalán.

La factura de la política pro cíclica se presentará inexorablemente en el momento más inoportuno, cuando el ritmo de crecimiento caiga y el déficit público salga a la luz

No se comprende (¿o quizás sí?) cómo se ha aceptado este bloqueo de los recursos presupuestarios para los próximos siete años. No sólo por el riesgo de ser emulado, como ya se está viendo, en otras comunidades, sino también porque penaliza a las menos pudientes. Este problema se podrá presentar de forma acuciante si la economía entrase en una fase de bajo crecimiento o incluso recesión.

Parece como si con ese Estatuto se quisiera restaurar el flujo de recursos que indirectamente recibía Cataluña del resto de España gracias a la elevada protección aduanera de su industria, que fue máxima en los 40 años del régimen anterior y hoy ha eliminado la globalización de la economía. La diferencia entre el precio de buena parte de los productos fabricados en Cataluña comprados en el resto de España y el de esos mismos productos en los mercados mundiales era de hecho un ahorro forzoso que se transfería a esa región. Así el resto de España contribuyó de forma importante a que el PIB de Cataluña alcanzase casi el 20% del total nacional, que va a fijar en los Presupuestos la parte de las inversiones en infraestructura que como mínimo irán a esa comunidad.

Los Presupuestos de 2007 franquearían holgadamente la coyuntura electoral, ya próxima, si ello dependiese sólo de cuestiones socioeconómicas. No será preciso transferir recursos de las clases económicamente pudientes a las más débiles. Hay algo para todos: la mitad de los gastos presupuestarios va a fines sociales, se recorta el impuesto sobre la renta y se reduce el de sociedades. Más generosidad, imposible.

Lo que no parece que vayan a superar estos Presupuestos es la exigencia de la coyuntura económica. El continuo deterioro de la competitividad-costo, el enorme y creciente déficit corriente exterior y la imparable burbuja inmobiliaria vienen pidiendo a gritos una política macro restrictiva. Como la monetaria sigue siendo netamente expansiva, el papel restrictivo le corresponde a la presupuestaria. Y el superávit del 0,7% del PIB previsto para las Administraciones en 2007 dista mucho de serlo, porque tanto el crecimiento de estos años como el esperado para el próximo (3,4%) superan el potencial de la economía. Es difícil una estimación fiable de ese potencial, pero debe estar muy lejos del crecimiento tendencial de estos 10 años (3,6%) que ha sido impulsado por un motor, la construcción, inmune a la competencia exterior.

La factura de esta política pro cíclica se presentará inexorablemente en el momento más inoportuno. Cuando el ritmo de crecimiento caiga hacia el potencial o incluso más abajo y el déficit público, que el fuerte y anómalo crecimiento había mantenido oculto, salga a la luz. A menos, claro está, de que el aumento del 30% en el gasto en I+D+i en los Presupuestos consiga aumentar el ritmo del potencial. Es decir, pasar del actual modelo de crecimiento basado en el monocultivo constructor, que tarde o temprano se agotará, a otro movido por la innovación dentro de la llamada economía del conocimiento.

Pero esto es sólo la condición necesaria para alcanzar ese objetivo. Hace falta además crear las condiciones para que ese gasto fructifique debidamente sin demasiada demora. Empezando por introducir incentivos para corregir la insuficiente dimensión empresarial en la industria (casi el 85% de las empresas de ese sector tienen 20 o menos empleados), pues es en ese sector donde se dan las mayores oportunidades para la innovación.

Pero tan importante o más son los cambios estructurales que permitan a las empresas aplicar el fruto de la investigación, innovando sistemas de producción o nuevos productos.

De no ser así, parte de los investigadores formados, probablemente los mejores, se irán al otro lado del Atlántico, donde el mérito y la capacidad son más valorados. Es cierto que España ya forma parte del grupo de países ricos, pero de ahí a subvencionar el país económicamente más poderoso del planeta...

Anselmo Calleja. Economista y estadístico