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La armada española exporta arquitectura

El intercambio cultural que ha supuesto la llegada de figuras extranjeras de renombre ha facilitado la apertura al exterior

España puede presumir de exportar arquitectura. Figuras de la talla de Santiago Calatrava, Rafael Moneo o Alejandro Zaera son sólo algunos nombres de una larga lista de profesionales que han abierto la presencia española en el exterior. Obras de reconocimiento internacional como el estadio olímpico de Atenas o la estación marítima de Yokohama han llevado el sello nacional más allá de nuestras fronteras dotando a los profesionales españoles de un reconocimiento internacional, sólo equiparable al renombre que han alcanzado los cocineros más prestigiosos.

Una expansión que continúa y que en los próximos años se materializará en nuevos proyectos de gran calado, como la reconstrucción de la zona cero de Nueva York, a cargo de Calatrava, o el paisajismo de los juegos olímpicos de Londres bajo la batuta de Alejandro Zaera.

La frecuente presencia de arquitectos españoles en exposiciones, premios y revistas es un síntoma inequívoco de su calidad, una situación que no puede entenderse sin el intercambio cultural que ha supuesto la llegada a España de grandes nombres de la arquitectura.

España exporta, pero también importa calidad. Estrellas como Frank Gehry, autor del museo Guggenheim de Bilbao, o Peter Eisenman, autor de la Ciudad de la Cultura de Galicia, han contribuido a dinamizar la profesión al legar sus obras más importantes.

La prosperidad de la arquitectura requiere intercambios culturales, algo que tampoco ha faltado en España a lo largo de los siglos. Las influencias romanas, árabes, italianas o francesas han dejado huella en la península, ampliando las técnicas y conocimientos.

La evolución arquitectónica en España, sin embargo, ha alcanzado su esplendor en las dos últimas décadas como resultado del cambio cultural, político y económico del país. Y una vez superadas las heridas que supuso la guerra civil y la dictadura, una época que provocó la emigración de numerosos profesionales por la inestabilidad y el parón económico que caracterizaron estas épocas.

La muerte de Franco, la ampliación de las libertades civiles, la apertura de fronteras, el intercambio de ideas y la expansión económica posterior crearon un clima próspero que dio identidad a las obras de los arquitectos españoles.

Estudios en el exterior

Llegaron los encargos públicos y la arquitectura comenzó a proyectarse en el extranjero. Una circunstancia que coincidió en el tiempo con la popularidad que alcanzaron dos grandes figuras, Ricardo Bofill y Santiago Calatrava. Pioneros en salir al exterior, optaron por instalar sus estudios en París y Zúrich, facilitando así el reconocimiento internacional de la arquitectura española gracias al éxito que cosecharon con sus construcciones en Europa primero, y el resto del mundo después.

Ricardo Bofill, máximo representante del estilo posmoderno en la arquitectura contemporánea, dinamizó el diseño urbano con proyectos destacados para ciudades como Praga, Madrid, Sevilla o Montepellier. Autor también de edificios emblemáticos, como el Palacio de Congresos de Madrid, el aeropuerto de Barcelona o la torre Donnelly de Chicago.

Calatrava, otro referente durante los ochenta, cambió la forma de abordar la obra pública con puentes, estaciones y marquesinas de gran estética. La Estación de Ferrocarril de Oriente de Lisboa, el edificio del BCE de Toronto, el Estadio Olímpico de Atenas, la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia son sólo algunas de una larga lista de obras que le han valido numerosos premios y reconocimientos.

Las generaciones posteriores de arquitectos también han imitado la iniciativa de estas dos figuras, trasladando sus estudios al extranjero. El madrileño Alejandro Zaera, autor de la terminal marítima de Yokohama, optó por instalarse en Londres en los años 90 y se convirtió en uno de los arquitectos más destacados de su generación. Autor también del pabellón español de la exposición internacional de Aichi en Japón, ha realizado otros proyectos como el Blue Moon de Groningen, el complejo de oficinas Mahler 4 de Ámsterdam o los nuevos restaurantes Belgo de Londres, Bristol y Nueva York.

El empeño de los profesionales, dispuestos a darse a conocer en el exterior y luchar contra el recelo que genera encargar grandes proyectos a arquitectos extranjeros, ha resultado clave para dinamizar la profesión.

Los métodos para darse a conocer son diversos y Rafael Moneo, único español ganador del premio Pritzker -el Nobel de arquitectura- cimentó su carrera gracias al prestigio que le valió su decanato en la universidad estadounidense de Harvard en la década de los 80.

Autor de obras como los museos de Estocolmo, Wellesley y Houston, edificios simbólicos como la catedral de Nuestra Señora de Los Ángeles y el Bazar de Beirut, además de obras como el teatro de la Universidad de Aremberg, el Palacio de Congresos y Auditorio Kursaal de San Sebastián, entre otras muchas, le han convertido en el arquitecto español de mayor presencia extranjero.

El legado que dejó el catalán Enric Miralles, la última gran promesa de la arquitectura española, también merece mención en la lista de arquitectos de renombre que han dejado su marca fuera con proyectos relevantes en países como Japón, Holanda y Alemania. La culminación de su obra llegó con la adjudicación del concurso para construir el Parlamento de Escocia en Edimburgo, un proyecto que se concluyó tras su muerte y que en 2005 recibió el Premio Stirling, el más prestigioso del Reino Unido.

Miralles murió en el año 2000 con 45 años de edad y, desde entonces, su esposa, Benedeta Tagliabue, tomó el testigo al reconvertir el estudio, que pasó a llamarse EMBT.

La internacionalización de la arquitectura española, facilitada por eventos significativos como la llegada de la democracia, el desarrollo económico o la entrada de España en la Unión Europea en 1986, también recibió un impulso importante en 1992 gracias al éxito que supusieron los juegos olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla. Dos acontecimientos que reunieron en España a un gran número de arquitectos extranjeros y que sirvieron como campaña de imagen para el país.

España exporta arquitectura de gran calidad, pero aún queda trabajo por hacer para garantizar que pueda seguir haciéndolo. La presencia de autores extranjeros en nuestro país es todavía muy superior. 'España aún no utiliza bien su musculatura diplomática', comenta Luis Fernández Galiano, director de la revista Arquitectura Viva. La balanza aún es deficitaria y desde el sector se solicita un mayor esfuerzo estatal para promover el producto nacional.

El 'efecto Bilbao' dinamiza la profesión

Existe una antes y un después para Bilbao. La ciudad vizcaína, transformada por las obras de dos arquitectos internacionales de renombre, es un claro ejemplo del efecto de la arquitectura en la regeneración urbana.

El nuevo paisaje bilbaíno ha dado proyección internacional a la ciudad y ha supuesto un cambio espectacular en la percepción de la arquitectura a nivel mundial.

La transformación de Bilbao comenzó en los últimos compases del siglo XX. El primer gran cambio llegó con las estaciones de metro de Norman Foster, cuyas elegantes capotas de vidrio se han convertido en una marca de identidad de la ciudad. Un proyecto que se gestó entre 1988 y 1996.

La verdadera explosión de la ciudad llegó un año más tarde, en 1977, con la inauguración del Museo Guggenheim de Bilbao, una obra encargada a Frank Gehry como símbolo de las aspiraciones de la ciudad.

El edifico de titanio se funde con la ciudad y sus formas espectaculares generaron una fascinación por la arquitectura que alcanzó todos los rincones del planeta. Al público le agradó el riesgo y el museo supuso el comienzo de la actual explosión de la arquitectura española.

Los profesionales del país se enfrentaron al reto de encontrar fórmulas distintas a las habituales y la profesión se benefició al encontrase con clientes dispuestos a asumir más riesgos.

España, también en el MOMA

El renombre que ha alcanzado la arquitectura española a nivel global también ha tenido su reflejo en el museo de arte contemporáneo más importante del mundo: el MOMA de Nueva York. A comienzos de año la institución dedicó una exposición a la arquitectura contemporánea española, la primera vez que un solo país recibía este honor desde que en 1943 ocurriera con Brasil. La exposición On Site: Arquitectura en España, hoy atrajo a más de un millón de visitantes entre el 7 de febrero y el 1 de mayo en EE UU. El éxito de esta iniciativa ha permitido que se convierta en una exposición itinerante, hoy, en el pabellón villanueva del Real Jardín Botánico de Madrid, donde permanecerá hasta el próximo 14 de enero y donde se exhiben 53 proyectos.