COLUMNA

El peso económico de la lengua española

La lengua española -que nos pertenece por igual a todos los hispanohablantes- está en alza. Cada día son más los que la utilizan en su vida familiar o de negocios, y los estudiantes de español no cesan de aumentar en todo el mundo. Todos convendremos que nuestra lengua supone un inmenso patrimonio cultural, social y hasta de valores y forma de entender el mundo. Pero, y de eso comenzamos a darnos cuenta ahora, también un poderoso motor económico.

Este novedoso punto de vista une a la cultura no sólo con el ocio, sino con la economía y el empleo. De todo ello se habló en el monasterio riojano de Yuso -San Millán de la Cogolla- a lo largo del pasado fin de semana en el I Acta Internacional de la Lengua Española, activo cultural y valor económico creciente, organizado por la Fundación Biblioteca de Literatura Universal. Inaugurado por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, pronunció la solemne conferencia de apertura el director de la Real Academia Española (RAE), Víctor García de la Concha. En el momento de redactar el presente artículo aún no dispongo de las conclusiones del encuentro, por lo que trabajaremos con los datos iniciales.

Se estima que la aportación de la actividad cultural aporta alrededor del 5% de nuestro producto interior bruto -en verdad es aún mayor, pues el patrimonio cultural es motor no suficientemente valorado de turismo-, mientras que hasta el 15% de nuestro PIB tiene que ver directa o indirectamente con el español.

Hasta el 15% del PIB de España tiene que ver directa o indirectamente con el idioma

En efecto, el español es la materia prima con la que trabaja la industria cultural en su conjunto -editoriales, cine, radio, música, audiovisual y televisión-, así como la de publicidad, información, agencias de noticias, formación, educación, diversas plataformas digitales, internet y diversos soportes informáticos. Comprenderemos su decisiva importancia en nuestro futuro. Y esta industria cultural sólo podrá competir con la inglesa si el número de personas a las que va destinada alcanza un volumen similar y poder adquisitivo parecido.

El director de la RAE, en su intervención, enumeró los cuatro pilares en los que debe basarse la fortaleza de cualquier lengua que aspire a ser global. En primer lugar, que exista una importante masa de hablantes. En segundo lugar, que la lengua tenga una firme trabazón interna. En tercer lugar, que sea importante en las relaciones internacionales y en la diplomacia. Y cuarto, que sea una referencia en la ciencia y tecnología.

Es evidente que el español, con sus más de 400 millones de hablantes y su sólida estructura lingüística, supera con sobresaliente los dos primeros requerimientos. Sin embargo flojeamos en los dos últimos. Ni siquiera somos una lengua de referencia en el seno de la Unión Europea, toda vez que tenemos que superar periódicos intentos de suprimirla como lengua de trabajo.

Peor aún lo tenemos como lengua científica, donde el inglés domina por completo. Tan sólo con una importante producción investigadora propia y un creciente peso de las universidades en español podría paliarse, en parte, este importante retraso de nuestra lengua frente al inglés.

Las academias de la lengua hacen un tremendo esfuerzo por intentar aunar el respeto a la forma de hablar de cada país con el objetivo de que el español siga teniendo entidad propia y adecuada cohesión. Hasta ahora lo han conseguido, y todo parece apuntar a que seguirán optimizando su esfuerzo. El Diccionario Panamericano de Dudas, o el proyecto de gramática compartida son evidentes muestras de ello.

La industria editorial española es la quinta del mundo, después de EE UU, Reino Unido, Alemania y China. Nuestras editoriales son líderes en casi todos los países de América Latina, y ahora están asentándose con fuerza en Brasil, donde se abrirán cinco nuevas sedes del Instituto Cervantes. En EE UU se incrementa con fuerza el mercado de libros en español, alcanzando en la actualidad un mercado que supera los 350 millones de dólares anuales.

En resumen, el español es un importantísimo motor económico del que todos, de una forma u otra, nos beneficiamos. Pero ello no debe relegar su colosal impulso cultural ni aplastar la serie de valores humanísticos que representa, ni borrar una forma de ver el mundo inherente a nuestra lengua.

Manuel Pimentel