TRIBUNA

Cuba no necesita presiones

En medio del ruido generado por las múltiples condiciones emanadas del Gobierno de Estados Unidos y del exilio cubano, enmudecidas por el clamor de los Países No Alineados en La Habana, otras voces responden a un crudo realismo. En una conferencia del Miami Herald, el representante de una organización dedicada a la relación económica entre Estados Unidos y Cuba dejó caer un jarro de agua fría que no contentará a nadie que anhele cambios drásticos en Cuba.

Como dirigente del US-Cuba Trade and Economic Council (compuesto de importantes compañías norteamericanas que se han beneficiado de la modesta apertura del régimen y la flexibilidad de la legislación norteamericana en permitir la venta de ciertos productos), John Kavulich advirtió que las expectativas de ampliar las operaciones son moderadas o nulas, más allá de los terrenos de los alimentos y las medicinas. La razón es que, en contraste con la presión sufrida por el régimen en la década de los noventa, para rellenar el vacío dejado por los subsidios soviéticos, Cuba hoy se permite el lujo de seleccionar entre sus socios. Los peces gordos gubernamentales tienen hoy la prioridad. Entre los factores destaca la alianza con Venezuela y la fascinación por el modelo chino.

Mucho ha evolucionado la dependencia de Cuba desde la evaporación de la Unión Soviética. Poniendo en marcha la urgente maquinaria que paliara las presiones del periodo especial, Cuba no solamente prosiguió la senda de la coexistencia con el dólar, sino que fomentó las inversiones foráneas, que de tal manera irritaron a Estados Unidos que la reacción vino de dos leyes para coartarlas o terminarlas: la Cuba Democracy Act (Torricelli) y la Cuban Liberty and Solidarity (Libertad) Act of 1996 (Helms -Burton). Por la primera se acosaba a las subsidiarias norteamericanas que desde terceros países soslayaran el embargo. Por la segunda se perseguía a los inversores extranjeros que se atrevieran a traficar con propiedades ilegalmente expropiadas por la Revolución cubana.

Pero por la tozudez del Gobierno norteamericano en insistir en una errática política que no conseguía más que reforzar al sistema cubano y las protestas del resto del mundo, Cuba veía crecer la lista de los consorcios de inversiones que se aventuraban en el complicado paisaje cubano. La especulación y el riesgo en volumen limitado favorecían la experimentación de pequeñas y medianas empresas.

Pero con el nuevo siglo, el panorama comenzó a cambiar y ya en 2002 las prioridades se trocaron espectacularmente. Cuba redescubrió lo que parecía ser un resto del pasado y se fascinó de nuevo por los intereses gubernamentales. El régimen castrista regresaba a sus raíces, mientras el Gobierno norteamericano aumentaba el acoso contra La Habana. Los más perjudicados, por la vuelta de tuerca de las medidas tomadas por Bush en 2004, parecían ser los exiliados que en número mayoritario eran los que veían cómo sus visitas a Cuba y las remesas a sus familiares se reducían.

Mientras tanto las modestas operaciones norteamericanas se concentraban paulatinamente en los sectores alimentarios y de medicinas, siguiendo la inercia inaugurada por la Trade Sanction Reform and Export Enhancement Act del año 2000. En el contexto exterior, la fiebre por las inversiones extranjeras se desvanecía, mientras no se renovaban los acuerdos expirados y se insertaban dificultadas en los vigentes.

La razón de esta oscilación fue la consolidación de la relación con Venezuela, que garantizaba subsidiar el vacío del déficit energético de Cuba. Al mismo tiempo, Cuba soslayaba el complicado trámite de tratar con compañías capitalistas ortodoxas y prefería hacer tratar con conglomerados semigubernamentales de Rusia y sobre todo con China. En lugar de tratar de negociar en bizantinas redes interestatales como la Unión Europea o conglomerados capitalistas sujetos a complicados procesos controlados por sus accionistas, Cuba prefiere tratar con intereses centralizados, administrados con criterios autoritarios.

El mensaje que Cuba está comenzando a enviar, tanto antes como ahora, es que puede abrir la espita a los intereses extranjeros más allá del eje venezolano-chino según sus necesidades y caprichos, y poco pueden hacer tanto el Gobierno de Estados Unidos como otros actores en América Latina y Europa en variar ostensiblemente este hecho. Mientras Cuba disfrute de la manta de seguridad que le proporciona el petróleo venezolano, juega con relativa ventaja. Por otra parte, las expectativas de que bajo suelo o mar cubano haya reservas petrolíferas que superen la deficitaria comercialización de las actuales explotaciones de un crudo pesado solamente acrecentarán esta autonomía cubana.

Este diagnóstico aconseja que, a pesar de los numerosos planes y hojas de ruta diseñados por múltiples comisiones, el Gobierno cubano, con o sin Castro, controla, gracias a la instalación de su red militar en todos los sectores de la economía, el proceso decisorio. La garantía, de momento, se la presta el petróleo.

Joaquín Roy. Catedrático 'Jean Monnet' y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami