COLUMNA

Morir para algo

A mitad de camino de un espléndido artículo publicado en el diario El País el pasado 7 de julio, Luis Daniel Izpizua lanza una afirmación contundente, según la cual no se puede morir para algo si no se está dispuesto a matar para algo. Después de haber coincidido con los análisis de Izpizua sobre la carga de sentido que añaden unilateralmente los asesinos al sinsentido de la muerte que han infligido a sus víctimas, me resulta imposible aceptar una proposición de ese calibre, para la que debería formarse pieza separada.

Porque la opinión de nuestro autor vendría a ser el reverso del evangélico 'el que a hierro mata a hierro muere'. De forma que sólo podría asignarse el valor añadido que supondría el morir a hierro, entendido en términos de morir en servicio a una causa, a quien previamente se hubiera mostrado dispuesto a matar a hierro o, lo que es lo mismo, para algo, en defensa de una causa a la que habría considerado merecedora de su último y supremo sacrificio.

Se trata, en definitiva, de una afirmación que de ser cierta sólo reservaría sentido, sólo aceptaría la existencia de una finalidad o, si se prefiere, sólo validaría la legitimidad de un para algo, a la muerte padecida en el caso paradigmático del terrorista suicida. Porque, en efecto, si siguiéramos la línea que venimos comentando de Izpizua, encontraríamos que nadie mejor que el terrorista suicida, que el que elige morir matando, para acreditar que se está en esa actitud (la de estar dispuesto a matar para algo), definida como la única capaz de dotar de sentido a la propia muerte. Nadie como el terrorista suicida puede aportar pruebas irrefutables de estar dispuesto a matar para algo, pruebas que vendrían exigidas como condición previa y necesaria de ese para algo de la propia muerte.

Hay deberes sociales que no pueden traicionarse sin impulsar la disolución de nuestra propia comunidad política

A sensu contrario, si se optara por rehusar ese peaje que supone la disposición a matar para algo, afloraría una privación de sentido y tantos sacrificios derivados de un altruismo admirable, como tenemos identificados en las páginas de la historia y en la prensa de nuestros días, quedarían recluidos en el limbo de lo inexplicable. La opinión de Izpizua equivaldría, pues, a eliminar de un plumazo expeditivo ejemplos de la máxima relevancia religiosa y moral, que van de Sócrates o Jesús de Nazaret a Ghandi o a los mejores pacifistas de Greenpeace y Amnistía Internacional. Nuestro autor vendría así a impugnar ese aforismo del inolvidable Arturo Soria y Espinosa, estampado en su libro El labrador del aire, para quien, en el límite, 'más vale ser asesinado que asesino'. Es decir, que una vez llegados al borde del precipicio, donde reina el vértigo, deberíamos dar preferencia a morir asesinados antes que a sobrevivir como asesinos.

Regresar a la expresión lapidaria de Izpizua, según la cual no se puede morir para algo si no se está dispuesto a matar para algo, permite observar de nuevo su carácter sumarísimo y verificar cómo en absoluto se compadece semejante aserto con la cuidadosa argumentación desplegada a lo largo del texto del que ha sido extraída. La cuestión, tal como la ha enunciado nuestro autor, establecería que sólo la propia disposición a matar bajo alguna invocación, al servicio de algún propósito, cargaría de sentido las muertes de las víctimas que resultan de la acción homicida. O mejor, que sólo si se muriera inyectado de la disposición a matar para algo cobraría el sentido de un para algo la propia muerte que otro nos habría proporcionado. Es decir, que sería preciso que en la víctima hubiese anidado un reflejo cainita para que el propio morir a manos de otro llegara a cargarse de sentido.

En todo caso reparemos en que a escala española ni los etarras se han apuntado jamás al terrorismo suicida, ni por consiguiente sus víctimas, para colorear su muerte de sentido, para que les fuera posible morir para algo, necesitarían estar afiliadas a esa disposición a matar que Izpizua consideraba preceptiva.

Volveremos sobre la cuestión pero quede claro ya que hay deberes sociales, como el de honrar a quienes supieron que arriesgaban su vida con el cumplimiento estricto de sus deberes cívicos, que no pueden traicionarse sin impulsar la disolución de nuestra propia comunidad política. Continuará.