COLUMNA

No todo es oro

Al hacer a mediados del año en curso la previsión del crecimiento de la economía española en 2006, la complacencia que produjo en los responsables políticos de la economía la revisión al alza del crecimiento registrado hasta entonces pudo más que la prudencia que exigía la fase densa de incógnitas que atraviesan tanto la economía mundial como la española.

Pero para prever el futuro adecuadamente es preciso apreciar correctamente la realidad que nos rodea. Así no se ha querido ver que se ha entrado en una era de petróleo caro, como mostraba un alza progresiva del precio del barril al pasar de 30 dólares en 2003 a los más de 60 dólares que alcanza en 2005.

Los efectos negativos de esta continuada carestía del petróleo sobre la economía mundial, y naturalmente sobre la española, este año y el próximo van a ser muy importantes. La Comisión Europea ya ha efectuado la primera rebaja en el crecimiento esperado para la UE este año del 1,6% al 1,2% y probablemente hará lo mismo para el 2006, pues como asegura el Fondo Monetario Internacional lo peor está por venir.

Las consecuencias para la economía española no pueden ser muy diferentes, incluso podrían ser mayores, pues la eficiencia en el consumo energético en relación con el PIB es menor en España que en la UE. Así los efectos directos e indirectos del mayor precio del petróleo acercarán el aumento del IPC al final del 2005 al 4% anual, con el consiguiente efecto restrictivo sobre el consumo de las familias. Si a esto se añade que el continuo deterioro de la competitividad va a producir un efecto contractivo del sector exterior bastante superior al previsto oficialmente, el crecimiento del PIB en este año va a quedar lejos del 3,3% esperado.

Como este debilitamiento de la economía va a tener lugar en la segunda parte del año, entrará en 2006 a un ritmo más próximo al 2% que al 3% en tasa semestral anualizada. Alcanzar a partir de ahí un crecimiento del 3,3% en 2006, base de los Presupuestos Generales para ese año, va a exigir una fuerte aceleración a lo largo del mismo que es altamente improbable, y consecuentemente no se alcanzará el equilibrio presupuestario previsto.

Ese impulso no va a venir, según la previsión oficial de una aceleración importante de las exportaciones por dos razones. Por el probable menor crecimiento de los mercados europeos, pero sobre todo porque implicaría un vuelco espectacular e improbable en la progresiva e importante caída en la cuota de nuestras exportaciones en esos mercados en los últimos tres años.

Este efecto contractivo sobre la economía podría ser contrarrestado con una mejora de la productividad, que de hecho es uno de los principales objetivos de la política económica del Ejecutivo. Pero los resultados de la reciente revisión de las cuentas nacionales infunden serias dudas al respecto, pues el aumento de la productividad, que ya era bajo, se redujo a un escaso 0,4% anual en el periodo 2000-2004. La industria y sobre todo la construcción contribuyeron a esa caída, mitigada sorprendentemente por la de los servicios, que mejoró apreciablemente. Sin embargo, lo realmente paradójico es que dentro de ellos el aumento de la productividad de los de no-mercado (es decir los públicos en general) casi igual al de la industria.

Estas dudas, más que fundadas, se podrían disipar si el INE diese a conocer la metodología aplicada para estimar la producción de estos servicios en términos reales, así como la de lo demás agregados de la contabilidad nacional. Por eso, para que estas estadísticas sean irreprochables y hacerlas creíbles, los países estadísticamente avanzados establecen unos protocolos que describen detalladamente y fijan la metodología aplicada y son de dominio público.

Pero la trasparencia informativa que vino con la transición no parece haber llegado todavía al INE en este campo de la estadística. Las estimaciones de la contabilidad nacional no son números sagrados de origen divino, sino cifras calculadas por el hombre y por lo tanto perfectibles por expertos en esta materia, que no sólo se encuentra en el INE.

Si la vicepresidencia económica, acertadamente, ha considerado necesario crear un grupo de trabajo que determine la mejor metodología aplicable a los tan traídos y llevados déficit fiscales, puede que sea tan necesario si no más, hacer lo mismo con la que se aplica en la estimación de las cuentas de la nación.

Pero no parece que esto vaya a ver la luz en el corto plazo mientras las fuerzas políticas en el poder dediquen, al igual que los gazapos de la famosa fábula y con el mismo riesgo que ellos corrieron, gran parte de su tiempo y esfuerzos en discutir si son galgos o podencos constitucionales lo que ven venir de las cuestiones territoriales, que, dicho sea de paso, no figuran entre las primeras preocupaciones de la ciudadanía española.