TRIBUNA

El dividendo demográfico

El análisis de la relación entre demografía y economía ha ocupado una buena parte de los esfuerzos de los científicos sociales desde hace más de dos siglos. Sin embargo la población, durante demasiado tiempo, se ha considerado como un simple agregado del que interesaba fundamentalmente el tamaño y la tasa de crecimiento.

En las últimas décadas, gracias al desarrollo de las técnicas y de los métodos demográficos y a las posibilidades de disponer de mayor información estadística, se empiezan a analizar de forma más precisa las repercusiones de los cambios en la estructura por edad y sexo sobre el mercado laboral, el bienestar, la educación o la salud, en definitiva, sobre la economía.

Es en este contexto en el que surge el concepto-llave de dividendo demográfico que no es sino la favorable relación entre población potencialmente activa (adultos) y población pasiva o dependiente (viejos y jóvenes).

Los movimientos migratorios pueden llegar a representar la principal fuerza que gobierne la evolución de la economía en este siglo

Una buena parte de los países del mundo desarrollado (fundamentalmente Europa y Japón) ya han pasado la etapa de transición demográfica y se encuentran lastrados por el peso creciente, en términos absolutos y relativos, del envejecimiento de su población. Como consecuencia de este hecho la OCDE ha medido el coste económico del envejecimiento y ha calculado que la disminución de los ingresos por persona en las próximas cinco décadas podría llegar a ser del 10% en EE UU, del 18% en los países de la UE y del 23% en Japón. La relación de dependencia económica (inactivos/activos), entre el momento actual y 2050, pasará del 52% al 65% en EE UU, del 49% al 78% en la UE y del 49% al 78% en Japón.

Por el contrario, otros están en una etapa muy inicial del proceso de cambio y modernización demográfica y sumidos en la trampa demográfica que sus elevadas tasas de fecundidad y la consiguientemente alta proporción de jóvenes suponen. Tal es el caso del África subsahariana y de una buena parte de los países árabes. Sólo un dato: el continente africano podría pasar de los casi 690 millones de habitantes actuales a 2.000 millones en 2050 y tendría en el mercado laboral -qué eufemismo- 700 millones más de activos, tantos como el actual conjunto de los países desarrollados.

Sin duda este hecho será la causa de una presión migratoria sobre el continente europeo cada vez más intensa. La entrada irregular de cientos, tal vez millares, de subsaharianos en Ceuta y Melilla, intentando saltar la valla metálica que nos separa de África, sirviéndose de decenas de toscas escaleras hechas con ramas atadas con jirones de sus propias ropas, no es sino pálido reflejo a la vez que cruel metáfora de la creciente presión migratoria y de la falla económica (es la frontera con mayor diferencia de renta de la Tierra) que nos separa de continente vecino.

Finalmente otro amplio conjunto de países, cual es el caso de Latinoamérica y Este asiático, y singularmente China, se encuentra en una fase de transición avanzada hacia tasas de fecundidad bajas y, por ende, crecimientos demográficos controlados, presentando la población en edad de trabajar un gran potencial.

Es justamente en este último grupo en el que se crea la ventana de oportunidad que el dividendo demográfico ofrece. El éxito económico del sudeste asiático se debe, en buen medida, a este factor, estimando algunos economistas que el dividendo demográfico explica más de un tercio del crecimiento de los ingresos per cápita; unos ingresos que se han incrementado, en las ultimas dos décadas, a un ritmo muy alto: en torno al 7% anual.

Latinoamérica ha aprovechado en mucha menor medida su oportunidad demográfica, habiendo experimentado un crecimiento económico mucho más bajo de media (inferior al 1% en esta misma etapa). Como consecuencia de su desorganización política y de la falta de cohesión social de la mayor parte de sus países.

El este asiático y Latinoamérica, espacios demográficos notablemente avanzados en términos de transición demográfica y estructura por edades, prueban que el factor demográfico es necesario, pero no suficiente. Al dividendo demográfico lo hace suficiente la puesta en marcha de políticas económico-laborales adecuadas (mercados laborales más flexibles, iniciativas al ahorro y la inversión), inversión en salud, y sobre todo -y sobremanera- inversión en educación.

En este sentido, cabe preguntarse: ¿está aprovechando nuestro país la última ventana de oportunidad que nuestro dividendo demográfico nos ofrece en la actualidad?, ¿el hecho de que las regiones que más están creciendo en términos económicos (Madrid, Comunidad Valenciana, Baleares o Canarias) tiene alguna relación con que sean las que presentan, apoyándose en la inmigración extranjera, una estructura demográfica más favorable?

La demografía puede llegar a representar la principal fuerza que gobierne la evolución de la economía y del mundo en este siglo. Debemos, por tanto, estar atentos a los movimientos migratorios internacionales, al cambio de estructuras y a las nuevas tendencias demográficas.