Presupuestos 2006. Un modelo que demanda actuar

En tiempos de abundancia

Presupuestar en tiempos de abundancia es un ejercicio grato para cualquier gestor. Y no cabe duda de que el ciclo sigue sonriendo a la economía española. En esta ocasión las cifras de crecimiento que se asumen en los Presupuestos parecen realistas y mantienen la inercia en el ciclo de los últimos ejercicios. Con gran probabilidad el PIB podrá seguir creciendo a tasas superiores al 3% por la complicidad en las políticas monetaria y fiscal. Aunque desde el verano se han sucedido indicadores de recuperación en la eurozona y la inflación está mostrándose más sensible al repunte de los precios energéticos, el BCE no puede ignorar la debilidad estructural europea. El escenario más razonable apunta a estabilidad de tipos, al menos hasta el verano, alimentando más tiempo los motores de la economía española.

No sorprenden, por lo tanto, las excelentes expectativas de crecimiento de los ingresos no financieros del Estado (nada menos que un 9,4% con respecto a la previsión del 2005). Aunque supone tres puntos más de lo que el Gobierno esperaba para este año, al mes de agosto los recursos no financieros aumentaban a tasas próximas al 15%. Esta evolución concede al Estado margen, no sólo para elaborar un Presupuesto expansivo, en el que los gastos no financieros crecen un 7,6%, por encima del 6,6% del crecimiento nominal de la economía, sino también para reducir una décima la estimación de déficit público para 2006, del 0,5% al 0,4%.

No obstante, ante esta coyuntura tan favorable existe el riesgo de pecar de conformismo y olvidar la enorme fragilidad de un modelo que demanda la actuación urgente de la política económica. En este sentido, parece más que voluntarista la composición del crecimiento del cuadro macroeconómico. En primer lugar, por la desaceleración prevista en la construcción (más deseable que cierta en unas condiciones de financiación de la vivienda tan favorables), pero sobre todo por el aparente convencimiento en la reconducción del déficit exterior desde niveles de vértigo que alcanzan el 7,5% del PIB. El problema de la competitividad no es nuevo, ni se va a corregir confiando sólo en la leve recuperación de los socios europeos. La demanda externa seguirá drenando cerca de dos puntos al crecimiento del PIB (el doble de las previsiones oficiales), y pone de manifiesto los problemas de productividad del tejido empresarial.

A ello parece no haber sido ajeno el Gobierno, que incorpora aumentos de la inversión en I+D+i (29,7%) y en educación (16,6%), una apuesta respecto a los incrementos del 16,3% y 6% en 2005. También tienen consideración preferente la política de infraestructuras (más 12%), y comercio, turismo y pyme (38%).

Sin embargo, cabe plantearse si un objetivo de déficit del 0,4% es prudente para una economía en la fase álgida del ciclo que adolece de elevada inflación y un inquietante desequilibrio exterior. Ateniéndonos al proyecto de reforma de las leyes de estabilidad presupuestaria, una previsión de crecimiento por encima del 3%, impondrá en un futuro próximo, al Estado, las autonomías y algunas entidades locales, la obligación de presupuestar con superávit. Y desde luego su aplicación habría dificultado la benevolencia con la que se han tratado algunos capítulos de gasto corriente. En todo caso, si el sesgo expansivo del presupuesto realmente se concentra en medidas efectivas de gasto que permitan ganar productividad, es el momento de llevarlas a cabo.