COLUMNA

La explosión de la burbuja reformista en Europa

Dice un viejo proverbio chino que, al amanecer, el león y la gacela se plantean qué hacer durante el día. La gacela calcula que debe correr más rápido que el más veloz de los leones para evitar ser capturada. El león decide que debe correr más rápido que la más lenta de las gacelas, para evitar morir de hambre. Moraleja: seas león o gacela, en cuanto salga el sol, empieza a correr.

Hace unos años, los Gobiernos europeos decidieron echarse a correr, y para ello diseñaron una Europa que bordeaba la perfección. El banco central más independiente del mundo, con un objetivo claro y único de control de la inflación; un marco de política fiscal destinado a producir el ahorro público necesario para acomodar el futuro envejecimiento de la población y a evitar las nocivas consecuencias del ciclo electoral; una promesa de reforma estructural destinada a hacer de Europa la región económica mas dinámica del mundo, anticipando aumentos de productividad y de la flexibilidad del mercado laboral comparables a los de EE UU, y un mercado único donde la libre movilidad de bienes, servicios, trabajadores y capitales permitiría la convergencia de precios y un aumento de la eficiencia. Como colofón, la moneda única haría de Europa un área económica que podría tratar de igual a igual a EE UU.

Varios años más tarde, el panorama es desalentador. Tras años de inflación de reforma -es decir, de uso y abuso de los argumentos reformistas hasta el punto de haberse vaciado de contenido- Europa es una caricatura de ese diseño perfeccionista. La Agenda de Lisboa prácticamente se ha abandonado, tras cinco años de puesta en práctica cargados de retrasos; de un plumazo, y para favorecer el calendario electoral en ciertos países, los Gobiernos se cargaron en una semana la disciplina fiscal y la directiva de liberalización del sector servicios, y Europa lleva cinco años creciendo por debajo del 2%, convirtiéndose en la zona económica mundial de menor desarrollo económico. Las perspectivas de crecimiento se han deteriorado, y el optimismo ha dado paso al pesimismo: la burbuja reformista ha explotado. El contundente no de los referéndums francés y holandés y las recientes derrotas electorales de Schröder y Berlusconi son el resumen más concluyente de esta decepción.

El mundo desarrollado debe comprender el fin de la autarquía con respecto a mercados emergentes y que ha comenzado un proceso de reconversión

Este retroceso liberalizador llega en el peor momento. El mundo está en proceso de adaptarse a un doble shock: la extensión a todos los aspectos de la vida cotidiana y empresarial de las nuevas tecnologías de la información, y el ingreso en el proceso productivo y comercial mundial de cientos de millones de trabajadores de los países emergentes. A diferencia de episodios históricos anteriores, esta apertura afecta no sólo a las exportaciones sino también a la inversión: la deslocalización es una parte integral de este nuevo marco. Las nuevas tecnologías permiten prestar muchos servicios a distancia, favoreciendo la competencia, aumentando la eficiencia del sistema y reduciendo los costes. Esto no se reduce a los servicios de bajo valor añadido, como los de atención al cliente, sino que se extiende por la escala de valor: por ejemplo, el análisis a distancia de radiografías enviadas por correo electrónico.

Este proceso es en gran medida imparable. La competencia es global, y las empresas que no se adapten sufrirán las consecuencias. Y lo mismo sucede con el mercado de trabajo. La competencia laboral en muchos sectores ya no es a nivel nacional, ni europeo, sino a nivel mundial. En este contexto, la defensa del modelo social europeo no puede venir por imponer restricciones al proceso, sino a través de la adopción de medidas que suavicen el impacto del shock en los menos afortunados. Europa debe marcar la diferencia no tratando de preservar el empleo con medidas proteccionistas, sino aumentando la empleabilidad de sus trabajadores, invirtiendo fuertemente en educación desde la primera infancia y creando las condiciones necesarias para la innovación. Imponer trabas legales a la jornada laboral no ayuda a preservar la vida familiar, como aducen algunos. Invertir en guarderías para que las mujeres puedan compaginar mejor la vida familiar y la laboral sí. La caída del muro de Berlín demostró que todas las barreras artificiales acaban cayendo.

A pesar del alto coste, España se benefició del fin de la autarquía y nadie se atreve a decir que el proceso de reconversión industrial fuera un error. La situación actual es similar. El mundo desarrollado debe comprender que la autarquía con respecto a los mercados emergentes se ha terminado, y que el proceso de reconversión ha comenzado. Será duro, pero al final todos saldremos ganando, ya que el aumento de la productividad estimula la demanda y a su vez crea empleo. La riqueza mundial ha aumentado, pero nadie tiene garantizado la participación en el reparto. Y en esta competición aumentar la productividad debe ser el objetivo esencial. El mundo desarrollado no puede competir en términos de coste, y los países cuya productividad se estanque serán los perdedores. Y aquí Europa también está en desventaja pues, a diferencia del resto del mundo, su productividad se deteriora año tras año.

Por eso el proceso reformista es crucial, y ahora es el peor momento para interrumpirlo. La reforma no debe circunscribirse solo al mercado de trabajo y las pensiones. Tras la explosión de la burbuja reformista, los Gobiernos europeos necesitan recuperar la credibilidad de los ciudadanos y complementar la reforma laboral con reformas positivas, que mejoren el futuro de todos sin implicar una inmediata reducción de la estabilidad laboral o de los beneficios sociales. Por ejemplo, avanzando en la integración del mercado financiero. Europa se encuentra entre la espada y la pared, perdiendo competitividad frente a los países emergentes y siendo aparentemente incapaz de competir con EE UU. No es de extrañar que empiecen a aparecer las primeras dudas sobre la viabilidad de la Unión Monetaria. Si Europa pierde el tren de la globalización, le costará mucho recuperarlo