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Columna
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Normalidad conflictiva

Tenemos aprendido que en política los antagonismos próximos tienen efectos luminosos para el público, mientras que muchos de los alabados consensos bajo su aparente placidez enmascaran abusos sobre el ciudadano. Abusos que con toda diligencia se trata de evitar que impacten en los medios de comunicación, al precio de convenir un reparto proporcional de gabelas entre los que consensúan en cada caso.

En electricidad, es precisamente la diferencia de potencial establecida entre los polos antagónicos, ánodo y cátodo, la que hace saltar la chispa luminosa del arco voltaico, siempre que se dé y se mantenga la proximidad suficiente entre ellos. Este principio físico es el que utilizaban los proyectores de cine y la luminosidad desprendida ha sido la que durante decenios nos ha permitido ver las películas.

Cuando se producía alguna caída de tensión en el suministro eléctrico o cuando el maquinista desatento permitía que los polos de grafito, sometidos a una progresiva consunción, se distanciaran en exceso, el resultado era la súbita oscuridad de la pantalla. Una oscuridad que podía impregnarse de desistimiento y desalojo pero que con mucha más frecuencia adquiría el ardor infrarrojo de la bronca y la protesta desatada de quienes habían pasado por taquilla.

La vida en sociedad requiere consensos elementales, pero la obsesión por expandirlos tiene efectos anestésicos

Volviendo a la política, podemos confirmar que para sostener los conflictos luminosos, esos que sacan de la oscuridad los pactos cerrados en menoscabo del ciudadano contribuyente, es igualmente necesario que exista un antagonismo de suficiente voltaje entre los que contienden y que además estén situados a una distancia inferior a un determinado radio.

La vida en sociedad requiere algunos consensos elementales que se refieren a las reglas del juego, pero la obsesión por expandir los consensos a otras áreas ilimitadas tiene efectos anestésicos, de adormidera, que degradan la dinámica propia de las comunidades cívicas.

Estos días hemos contemplado algunas coincidencias entre el PSOE y el PP, aunque con modulaciones muy diferenciadas, a propósito del plan Ibarretxe, con ocasión de su presentación y defensa ante el pleno del Congreso de los Diputados, pero sólo 24 horas después volvía la tensión dialéctica entre los dos partidos que lideran el Gobierno y la oposición.

Es, sin duda, un buen síntoma de normalidad conflictiva, que resulta muy gratificante y en abierto contraste con situaciones patológicas, de esas en las que cualquier pregunta pasa a ser considerada ofensiva o inadecuada por mor de las circunstancias excepcionales en que se vive.

Recuerdo, todavía atónito, cómo con ocasión de una estancia en el País Vasco, durante los pesados años del aznarismo, un buen amigo periodista me reconvino para que me abstuviera allí de hacer críticas al presidente y a sus hazañas bélicas iraquíes, porque podrían ser contraproducentes y debilitar la posición de los constitucionalistas.

Qué clara tuve entonces la situación de anormalidad de aquella sociedad, consumida entre los que amenazan y los que se sienten amenazados sin apenas otro recurso que el patriotismo de frontera.

Por eso, qué alegría escuchar de nuevo el sonido de la normalidad conflictiva e iluminadora en la sesión de control del miércoles.

Qué reconfortante comprobar que el líder de la oposición, Mariano Rajoy, quiere saber sobre la operación BBVA y el cúmulo de casualidades. Qué interesante la primera respuesta del presidente José Luis Rodríguez Zapatero. Su compromiso de que el Gobierno no ha intervenido, ni interviene, ni intervendrá en la marcha de las empresas de nuestro país y su defensa de la autonomía del Banco de España y de la Comisión Nacional del Mercado de Valores.

Qué significativa la insistencia de Rajoy a propósito de la opa sobre Aldeasa y la revisión de las condiciones de la concesión otorgada por AENA. Qué reveladoras las últimas manifestaciones de Zapatero sobre las reuniones de los dirigentes del PP con el señor Del Rivero, presidente de Sacyr-Vallehermoso y la información prometida sobre Aldeasa.

Más aún el recuerdo del proceder del PP en el Gobierno y de los cambios que introdujo en los nueve primeros meses en Argentaria, Repsol, Telefónica, Tabacalera, Aldeasa e Iberia para poner personas de su círculo de confianza. Pero subrayemos que aquel proceder intervencionista de Aznar para nada merma la legítima capacidad de inquirir de Rajoy, porque para eso le pagamos.

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