COLUMNA

Unida en la diversidad

A mediados del siglo XIX, Víctor Hugo profetizaba que algún día en Europa no habría otros campos de batalla que los mercados abriéndose al comercio, y los espíritus a las ideas. Ese día es el de la Constitución europea. Como diría Kant, la Constitución de la paz perpetua.

El gigante económico quiere dejar de ser un enano político. El gradualismo posibilista de Schumann cede el testigo a un acabado proyecto constitucional, con su Carta de Derechos, su arquitectura institucional, y su propio marchamo que, a modo de divisa constitucional, reza Unida en la diversidad. Europa ha roto las ajadas costuras del Tratado de Roma. El mercado común ha cedido paso a realizaciones más ambiciosas: al desarme arancelario, y a la cooperación política del Acta æscaron;nica Europea, le sucedió Maastricht y la integración monetaria, antesala de la integración política.

Ahora afrontamos el proyecto más ambicioso de la Europa ampliada. En rigor, es la Carta Magna más ambiciosa de la historia de Occidente, una Constitución supranacional que aspira a ser el instrumento de gobierno de 25 Estados y 450 millones de habitantes, de culturas y tradiciones diferentes, de intereses contrapuestos, cuando no enfrentados.

Ortega tenía razón, la solución al problema de España está en Europa

Algunos lo comparan con el proceso que dio lugar a la federación americana. De los primitivos acuerdos de navegación en el Potomac, nació una confederación con acuerdos comerciales y arancelarios, hasta llegar a la Convención de Filadelfia que alumbró la bicentenaria Constitución de EE UU, longeva y exitosa ley fundamental que se ha revelado como un eficaz instrumento de gobierno y de garantía de los derechos de los ciudadanos. Sólo faltaban el dólar y la Reserva Federal, esa fue la aportación de Hamilton. Ciertamente, también hay diferencias. La primera, y principal, es que en la del Viejo Continente, en rigor jurídico, no es una constitución, sino un tratado internacional suscrito entre Estados soberanos, aunque tampoco podemos ignorar que su contenido es eminentemente constitucional. Y lo es no sólo por el andamiaje institucional que diseña -Consejo, Comisión, Parlamento y Tribunal de Justicia-, sino también porque incorpora una declaración de derechos, un auténtico status civitatis, que llena de contenido la vacua ciudadanía europea que creó Maastricht.

La segunda diferencia es que en la Convención de Filadelfia brillaron con luz propia los padres fundadores de la nación americana. A nivel europeo, los liderazgos están por forjar.

La apuesta constitucional por un mandato más largo para el presidente de la UE va en esa línea, el tiempo dirá si será el embrión de lo que en EE UU es el presidente, un moral leadership capaz de imponer su liderazgo a los Estados miembros. Su primera prueba, superados los recientes desencuentros en Irak, diseñar una política exterior común.

Pero, ¿realmente es una Constitución federal? En puridad, es un híbrido entre el funcionalismo intergubernamental de negociación diplomática, y el federalismo. Reflejo de ese federalismo intergubernamental es la definición de la UE como unión de Estados y de ciudadanos, la doble legitimidad, de la que es trasunto la doble mayoría, de Estados y de población, en la adopción de decisiones.

La ratificación del Tratado puede ser traumática en aquellos países en los que están previstas consultas populares. Hay un fantasma que recorre Europa: la abstención. Bruselas está demasiado lejos, y la jerga comunitaria es excesivamente técnica y poco accesible para el gran público.

El éxito de una Constitución se asocia a la sencillez de su léxico, y a la brevedad de su contenido, ese es el talón de Aquiles de la nueva Constitución. Un texto con más de 400 artículos es un texto excesivamente largo, aun cuando nace de un considerable esfuerzo de condensación de los tratados constitutivos. La Constitución americana tiene tan sólo siete artículos y es, sin duda, un texto claro y accesible.

En clave interna, España pierde poder respecto a Niza, con el sistema de doble mayoría. Sin embargo, dos cuestiones de política nacional, ambas de rabiosa actualidad, tienen especial acogida en el Tratado constitucional: la garantía de la integridad territorial y la cooperación en la lucha contra el terrorismo. Ortega tenía razón, la solución al problema de España está en Europa.

A un articulista no se le permite hacer campaña electoral, pero diré que, a mi juicio, la nueva Carta Magna merece una valoración globalmente positiva. Es la añorada constitución de la paz perpetua, para una Europa unida en la diversidad.