COLUMNA

Mujer y desarrollo

La igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres es necesaria no sólo por motivos de justicia social, sino también por razones económicas. La igualdad de remuneraciones, el reconocimiento de competencias y aptitudes de las mujeres, así como el establecimiento de políticas que favorezcan a los asalariados conciliar vida profesional y familiar, son factores que permiten fomentar una mayor incorporación de la mujer al mercado de trabajo y, al mismo tiempo, contribuyen a dinamizar la economía.

Un estudio de la Comisión Europea titulado Igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres revela que, hoy, las mujeres son el factor más dinámico del crecimiento. Se estima que en el conjunto de la UE cerca de una quinta parte del aumento anual del PIB es debido a la participación creciente de las mujeres en el mercado de trabajo.

Este razonamiento es contrario al que opina que las mujeres son, parcialmente, culpables del paro debido a su presencia en el mercado de trabajo. Consideran que éstas constituyen una mano de obra excedentaria. De este modo, las mujeres serían unos recursos de lujo para los periodos de prosperidad.

Sin embargo, del análisis del análisis de la UE se desprende que una mayor incorporación de la mujer al mercado laboral ayuda a disminuir el desempleo. Por el contrario, a menor incorporación, más paro. Así, Dinamarca y Suecia, que cuentan con tasas de actividad femenina del 76%, tienen una tasa de paro del 5%. Mientras, en el lado opuesto, España, con el 43,9%, posee la mayor tasa de paro (11,2%) de la UE.

La entrada de las mujeres en la vida laboral genera riqueza y tiene efectos inducidos en la creación de empleo. Así, aunque sus salarios sean inferiores por término medio en un 28% al de los hombres, sus ingresos adicionales les permiten liberarse y, a su vez, subcontratar una parte de sus tareas domésticas. Al mismo tiempo, pueden consumir productos que sin trabajar fuera del hogar sería muy difícil acceder a ellos. Por lo tanto, se convierten en una demanda solvente de productos y servicios, y en proveedores de empleo.

Este nuevo tipo de consumo, orientado hacia los servicios, es importante para la creación de empleo. Las tareas del sector servicios son poco susceptibles de mecanización. Por eso, cuando su demanda aumenta, el empleo crece.

Además, la mayor participación de las mujeres en la vida activa se traduce por una ampliación y un enriquecimiento de la oferta de mano de obra cualificada. En la actualidad, el 75% de las trabajadoras tienen estudios secundarios o superiores, frente al 67% de los hombres.

De este modo, según se incrementa su preparación formativa se eleva el coste de oportunidad de permanecer en el hogar, al elevar su salario potencial, por lo que aumentan sus preferencias por trabajar fuera del mismo. Con ello, adquieren una determinada autonomía financiera.

En este sentido, la progresiva incorporación de las mujeres al trabajo remunerado demuestra su firme decisión de trabajar fuera del hogar. Pero para ello los poderes públicos deben promover el trabajo femenino y comprometerse en reducir las desigualdades ayudando a conciliar trabajo y vida familiar. El problema de la desigualdad de los sexos va mucho más allá de las desigualdades en el lugar de trabajo. Diversos expertos coinciden en señalar que cuando las mujeres logran conciliar carrera profesional e hijos menores, la tasa de natalidad tiende a aumentar.

Por otra parte, no debemos olvidar que los niños son un elemento básico del desarrollo de una sociedad. Su número y calidad de su educación determinan el equilibrio demográfico y la cohesión social a largo plazo. Por ello, una política de natalidad no puede ser solamente una política familiar. Hoy, una política de natalidad es una política de igualdad de acceso al empleo y a una política de equipamientos sociales. El Estado debe comprometerse a solucionar las desigualdades con el fin de que puedan tener los hijos que libremente decidan, sin entrar en conflicto con sus aspiraciones profesionales.

En conclusión, conviene recordar lo que decía Keynes: 'El empleo de las mujeres no se explica, sólo, por lo que pasa en el mercado de trabajo, sino en el conjunto de la economía y la sociedad'.