COLUMNA

Hacia una nueva cultura fiscal

El autor defiende el inicio de un camino en la gestión de las finanzas públicas basado en la estabilidad y analiza la postura de la izquierda política ante los cambios. Apuesta por las propuestas incluidas en los Presupuestos Generales para el próximo año

Durante el último debate de Presupuestos, el ministro de Hacienda anunciaba que en el ejercicio de 2003 España iba a alcanzar un superávit del 0,5 % del producto interior bruto (PIB) para la Administración del Estado. Esto significa que la ejecución presupuestaria de los 11 primeros meses de este ejercicio arroja un superávit de 5.172 millones de euros. Cuando en el pasado ejercicio el Gobierno anunció un déficit de un 0,1 %, Eurostat corrigió la previsión del Ejecutivo para reconocer la existencia de un ligero superávit también de un 0,1%.

La credibilidad se ha convertido en la primera política presupuestaria. Sin duda, es el primer, y más importante componente, de una nueva cultura fiscal basada en la estabilidad que se ha instalado definitivamente en la gestión pública de los recursos económicos.

Ya no es necesario recortar gasto social para acotar el déficit público. Ese es un problema de la social-democracia alemana

La ordenación de las finanzas públicas, y su orientación al equilibrio, es la pequeña gran revolución hacendística que ha calado en nuestro país. El recurso al déficit público ya no es progresista. Tampoco engordar la ratio deuda-PIB, o las desviaciones presupuestarias más o menos solapadas. La disciplina presupuestaria es el elemento central de una nueva cultura fiscal.

La estrategia de consolidación fiscal no se ha basado en el recorte del gasto social o de la inversión pública, ni tampoco en una elevación de los tipos nominales de los impuestos directos o indirectos. Se ha basado en la disciplina del gasto corriente y en los estímulos fiscales y monetarios. Bajar impuestos y aumentar la recaudación. En un escenario de saneamiento de las cuentas públicas, la reducción de impuestos supone la elevación de las expectativas de renta disponible de los agentes económicos y, por ende, de sus decisiones de consumo e inversión. El estímulo fiscal ha permitido, en momentos de atonía cíclica e inhibición del sector exterior, contribuir a fortalecer nuestra demanda interna, a animar la economía productiva y la creación de empleo.

En una palabra, se reducen los tipos nominales, se aumenta el número de cotizantes y se ensanchan las bases tributarias. Ya no es necesario aumentar los impuestos para financiar un aumento del gasto social, ni tampoco recortar gasto social para acotar el déficit público. Este es un problema de la socialdemocracia alemana y de la famosa Agenda 2010.

La nueva ecuación de las finanzas públicas hace compatible el equilibrio presupuestario -en 2004 por cuarto año consecutivo-, con la desaparición del déficit, la reducción en términos relativos del nivel de endeudamiento público, el aumento del gasto social y de la dotación de capital público y tecnológico. En los Presupuestos de 2004, la mitad del gasto público es gasto social, y la inversión pública, sin computar el gasto en I+D+i, se incrementa más de diez puntos porcentuales.

El viejo principio de la Hacienda pública liberal de equilibrar las cuentas públicas se ha conseguido sin perjuicio de la imprescindible cohesión territorial, y de la irrenunciable cohesión social.

Obviamente, una nueva cultura fiscal conlleva una mutación de valores políticos. Si miramos a la izquierda del espectro político, observaremos que ya casi nadie, o no al menos el principal partido de la oposición, defiende el aumento de los impuestos con fines redistributivos. La socialdemocracia clásica ha soltado lastre ideológico. Lo hizo el nuevo laborismo de Blair, el de la tercera vía de Guiddens, el laborismo postacheriano. O el nuevo centro de Schröder antes de pactar con los verdes. O nuestro socialismo patrio con su grotesca afirmación de que bajar impuestos es de izquierdas, y su nonata propuesta ultraliberal de IRPF con tipo impositivo único, que hubiera incrementado ostensiblemente la carga tributaria de los contribuyentes con niveles de renta más bajos. Y lo grotesco se debe no sólo a su sorprendente conversión a la fe liberal, sino también a la nula credibilidad que en materia tributaria merece un partido que hizo gala de una voracidad fiscal sin límites.

Han pasado de la exaltación del déficit y la demonización del calvinismo presupuestario, a la defensa del equilibrio. Con la venia de Max Weber, no comparto la ética protestante, pero tampoco la estética socialista, sobre todo porque la incoherencia y los bandazos ideológicos no se compadecen con el más elemental sentido de la estética política.

Abogado del Estado, diputado del PP por Girona y portavoz de Presupuestos del Grupo Popular en el Congreso