Opinión

Los riesgos justifican que EE UU modere el gasto

Después de que en marzo comenzaran las hostilidades en Irak, la incertidumbre sobre los potenciales daños a los yacimientos petrolíferos iraquíes y la posibilidad de que aumentara el caos en Oriente Próximo se disipó rápidamente. Los diferenciales de riesgo cayeron bruscamente, al igual que el precio del petróleo. Los precios de las acciones se incrementaron. La actividad se recuperó al final de la primavera y se aceleró en verano cuando los recortes de impuestos estimularon la renta disponible en los hogares.

En el tercer trimestre del ejercicio, el PIB real de Estados Unidos -nuestro principal modo de medir la producción- ha aumentado a un ritmo anual del 7,25%, el ritmo trimestral de crecimiento más rápido en casi 20 años y, obviamente, una tasa insostenible a largo plazo.

Aunque evidentemente el gasto de los consumidores disminuyó un poco este otoño, los pedidos a los fabricantes de bienes de equipo que no son de Defensa, sin incluir los aviones, han ido en aumento, igual que los pedidos pendientes, lo que indica que probablemente se está produciendo un mayor incremento del gasto en equipos.

Si las empresas van a gastar y contratar más, necesitarán convencerse de que el crecimiento se puede mantener más allá del corto plazo

Ha habido algunas señales de que el mercado laboral puede estar estabilizándose. Sin embargo, la situación del empleo en los últimos años ha sido precaria. Desde el mes de noviembre de 2001 -considerado el mínimo de este ciclo- el empleo total en nómina ha descendido en un millón de puestos y el total de horas trabajadas en el sector no agrícola ha disminuido un 1,25%.

La combinación del aumento de la producción y el descenso de las horas trabajadas ha sido posible gracias a un asombroso ascenso de la productividad. Desde el último trimestre de 2001 la producción por hora del sector no agrícola ha crecido a un ritmo anual del 5%. Y durante el segundo y el tercer trimestre de este año la producción por hora ascendió al asombroso ritmo medio anual del 7,5%. Esta producción ha estado asociada a un impresionante aumento de los beneficios a pesar de las pocas muestras del poder de las empresas para fijar precios.

Las explicaciones al incremento de la productividad en los últimos dos años son muy amplias.

Una hipótesis es que parte de ese incremento representa un aumento temporal del nivel de productividad debido a que una inusual cautela está haciendo que las empresas ejerzan una presión sobre los trabajadores y sobre las instalaciones mayor que la que se puede mantener a largo plazo.

Según esta hipótesis, y a medida que esta cautela desaparezca, el crecimiento del empleo se recuperará y el nivel de producción por hora descenderá.

Por supuesto, dado el ritmo excepcionalmente alto del crecimiento de la producción por hora durante los últimos dos años, parece probable que haya habido una combinación de fuerzas de incremento de la productividad a corto y largo plazo.

Si las empresas van a gastar y contratar más, necesitarán convencerse de que el crecimiento económico puede mantenerse más allá del corto plazo. Una gran preocupación es que, si el mercado laboral sigue siendo débil, la confianza de los hogares se resentirá, con el consecuente detrimento para el gasto. Aunque parece que los despidos están disminuyendo, las encuestas indican que los hogares siguen preocupados por las condiciones de los mercados de trabajo.

Mientras que la renta real de las personas físicas después de impuestos aumentó a un ritmo de más del 7% anual en el tercer trimestre, la mayor parte de ese incremento reflejaba la influencia del recorte de los impuestos realizado este año.

A menos que la contratación mejore y los despidos disminuyan, calmando así los temores latentes sobre la seguridad laboral de muchos de los que actualmente tienen un puesto de trabajo, una parte del gasto de renta podría descender, lo que detendría la fuerza de la expansión.

Sin embargo, cada vez más, es más probable una reactivación de la creación de empleo.

El aumento de la demanda final en los últimos meses ha sido satisfecho en parte por el descenso de las existencias. En muchas industrias, los datos disponibles sugieren que estas existencias han bajado en relación con las ventas. Y la percepción de los gerentes de compras de las empresas acerca de las existencias de sus clientes corrobora esa idea. Si en lugar de la liquidación de existencias se produjera una acumulación, el nivel del PIB ascendería de manera significativa. Parece que una combinación de los esfuerzos por reponer existencias y restituir las decrecientes reservas de potencial eficiencia podría generar una notable recuperación de la contratación si el crecimiento de las ventas finales permanece firme.

Un factor crítico que distingue al actual entorno económico de gran parte de lo observado en el último medio siglo es la experiencia de la inflación. En recesiones anteriores, desde la década de los sesenta, la tasa subyacente de inflación en los mínimos económicos se mantuvo claramente por encima de cualquier nivel que pudiera ser asociado a una estabilidad real de los precios. Como consecuencia, como era de esperar y no sin cierto riesgo para la actividad económica, la política monetaria tuvo que actuar de manera enérgica en las primeras, e inciertas, etapas de pasadas recuperaciones económicas para garantizar una contención de la inflación.

En contraposición, en el episodio actual, el núcleo inflacionario de los precios al consumo, medido por el sistema de cuentas nacionales de renta y producción, ha ascendido tan sólo algo más del 1% durante el último año y las empresas dan pocas muestras de estar ganando poder apreciable para fijar precios a pesar de la recuperación del ritmo de crecimiento económico.

La Comisión Federal del Mercado Abierto (Federal Open Market Committee) de la Reserva Federal ha estimado que la probabilidad, aunque pequeña, de una inoportuna caída de la inflación es mayor que la de un aumento, desde su ya bajo nivel. En estas circunstancias, la política monetaria puede ser más paciente. Dicho esto, ningún banco central puede permitirse no estar alerta ante las perspectivas de inflación.

El panorama expuesto anteriormente para la economía estadounidense a corto plazo, relativamente optimista, se desarrolla en un contexto de creciente preocupación a largo plazo en lo referente al Presupuesto federal por parte de los mercados financieros.

Debido a los acontecimientos de los últimos tres años -la desaceleración económica, la contracción en los mercados de acciones, el aumento del gasto en seguridad nacional y las guerras de Afganistán e Irak- era probablemente inevitable un deterioro del equilibrio del presupuesto general, concretamente a corto plazo. Una de las fuentes del deterioro -el aumento de la estructura militar- no durará indefinidamente. Mantener la estructura existente en lugar de incrementarla eliminará un importante factor que eleva el déficit.

Por supuesto, el deterioro del equilibrio fiscal ha aumentado ya el nivel de deuda en relación al PIB, y ha elevado el punto de partida desde el que los legisladores tendrán pronto que afrontar las consecuencias que, para los Presupuestos, tendrá la inminente jubilación de la generación del baby-boom.

El reciente debate presupuestario no es alentador. Parece que lo que se discute actualmente es cuánto hay que recortar los impuestos o cuánto hay que elevar el gasto. Ningún número significativo de electores parece apoyar la puesta en marcha de las acciones necesarias para ir hacia, y esperemos que alcanzar, el equilibrio presupuestario.

Retrospectivamente, los superávit presupuestarios de finales de la década de los noventa erosionaron la disciplina surgida como consecuencia del temor a déficit cada vez mayores y, por tanto, potencialmente destructivos.

Los legisladores son demasiado conscientes de que los programas de gasto y las prioridades fiscales pueden ser fáciles de iniciar, pero extraordinariamente difíciles de concluir una vez que los ciudadanos, interesados en mantener el statu quo, participan de ello.

Es discutible que aumentos en los tipos impositivos lo suficientemente grandes como para resolver nuestros potenciales problemas fiscales, planteen riesgos significativos para el crecimiento económico y la base imponible. La magnitud exacta de tales riesgos es muy difícil de calcular, pero, a mi juicio, éstos son lo suficientemente preocupantes como para justificar como objetivo primordial reducir, si no eliminar totalmente, el desequilibrio fiscal, mediante la moderación del gasto.

Al mismo tiempo, no se puede subestimar la dimensión del desafío, especialmente en los últimos años. No hay duda de que la solución de esta situación exigirá decisiones difíciles y el futuro funcionamiento de la economía dependerá de ellas.

La historia ha demostrado que los cargos electos, cuando se enfrentan a grandes retos, han estado a la altura. En concreto, si volvemos la vista a los últimos 20 años, ha sido evidente que la perspectiva de déficit amplios ha traído como consecuencia, generalmente, acciones determinadas para reducirlos. Confío en que el reciente deterioro del panorama presupuestario y la inminente jubilación de la generación del boom de la natalidad serán afrontados con decisión y eficacia similares.