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Columna
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La moneda única me frustra

Hay pocas cosas más frustrantes para la ciencia económica que la explicación de los movimientos del tipo de cambio. El caso del euro en su cruce con el dólar no es una excepción. De igual manera que nadie fue capaz de explicar por qué tras la aparición de la moneda única ésta se devaluó 35 céntimos (de 1,17 a 0,82 dólares/euro), no hay explicación para que haya vuelto por encima de 1,17 dólares/euro, recorriendo la mayor parte de ese camino en lo que llevamos de año.

Reconociendo la porción de frustración que como economista me toca a la hora de predecir el cruce con el dólar, me sentía mucho mejor con un dólar más fuerte. Mi punto de vista, cuando el euro estaba por debajo de la paridad respecto al dólar, se centraba en la cuenta corriente del área del euro, ligeramente con superávit a lo largo de casi toda la historia de la moneda única, que debía, como mucho, justificar una ligera apreciación a medio plazo.

En aquel momento una de las razones más convincentes para la fortaleza del dólar radicaba en el diferencial de crecimiento de productividad favorable a EE UU. Sin embargo, era difícil justificar que el dólar ganara valor cuando su economía tenía un déficit corriente tan elevado como el de los últimos cuatro años.

Volviendo al presente, el déficit corriente de EE UU sigue donde estaba, pero el diferencial de crecimiento de productividad también, de forma que nada parece haber cambiado para justificar la debilidad actual del dólar. Seguramente, los movimientos de las divisas son poco racionalizables en términos económicos. La fortaleza máxima del dólar coincide con una época de flujos de inversión directa y de cartera hacia el área del dólar. Dichos flujos podían estar financiándose en monedas como euro o franco suizo. Hoy no es tan claro, por ejemplo, que las empresas europeas estén adquiriendo negocios en el área dólar. Sin embargo, las explicaciones sobre movimientos de divisas suelen valer sólo para lapsos de un suspiro.

Aun así, cuesta mucho más comprender las reacciones de la sociedad frente a los movimientos de la divisa. Cuando en otoño de 2000 el euro estaba en mínimos era frecuente que su debilidad provocara manifestaciones escépticas sobre el futuro del proyecto de moneda única. Se requerían cambios estructurales para reducir el diferencial de crecimiento de productividad respecto a EE UU, y evitar la depreciación. Incluso el BCE realizó intervenciones para limitar la depreciación.

Con el euro en máximos, los cambios estructurales por hacer y con una situación peor que en 2000, medida, por ejemplo, por el número de ocupados en la UEM, cuesta entender la pasividad de la sociedad. De mantenerse mucho la fortaleza del euro, se retrasaría la reactivación de las economías centrales de la eurozona, inmersas en un prolongado estancamiento. Por ello, si no logro explicarme la complacencia de la sociedad con la fortaleza del euro, me cuesta mucho más entender la pasividad de la Comisión Europea y del BCE. Algo habrá que hacer.

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