Renta variable

De gestión contra índices a elección táctica de activos

Las pérdidas en las carteras de renta variable durante los tres últimos años han minado el prestigio de lo que hasta hace poco era un dogma: la gestión contra un índice. Ahora se está volviendo a la rotación de parte de la cartera como manera de frenar la acumulación de pérdidas o de materializar plusvalías que unos mercados oscilantes pueden hacer desaparecer.

El mundo de los fondos de inversión está sometido, como cualquier otro campo de la actividad humana, a la aparición de nuevas teorías, formas de gestionar, mecanismos de adaptación, tendencias y modas.

Uno de los cambios más llamativos del momento está siendo la progresiva sustitución de lo que fue un verdadero paradigma hasta hace poco: la gestión contra un benchmark, por lo que se ha denominado búsqueda de la rentabilidad absoluta y por la distribución táctica de los activos -en la jerga anglosajona tactical asset allocation-.

Hay razones más que suficientes para el cambio de tendencia. Como explica Luis Peña, consejero delegado de Fonditel, la gestión contra un benchmark (o, lo que es lo mismo, intentando mejorar la rentabilidad de alguno de los índices que se elaboran en los diferentes mercados) tiene sentido cuando el precio de los activos (renta fija o variable) está subiendo. De otra manera, el único y triste consuelo que le quedará al gestor del fondo (aunque no al cliente) será el de pensar que, a pesar de haber perdido, le ha ganado a otro perdedor.

La vuelta al tipo de gestión que persigue una rentabilidad absoluta está justificada, pues, por el mal comportamiento de los mercados entre marzo de 2000 y marzo de 2003. Es en cierta medida un regreso a modos de gestión tradicionales, aunque ahora mucho más bajo control por medio de, entre otras medidas, la utilización del VAR.

La tactical asset allocation, llamada así para diferenciarla de la asset allocation tradicional en la que el nivel de riesgo tolerable por el cliente y sus objetivos a largo plazo condicionaban la adecuada combinación estratégica de los diferentes tipos de activos en su cartera, introduce un cierto grado de rotación de los activos. En este caso, en lugar de seguir más o menos fielmente un índice, o de ajustarse estrictamente al perfil de riesgo del inversor (o a sus expectativas), se gestiona la cartera del fondo intentando prever qué es lo que va a ocurrir en los mercados. Para ello el gestor se basa en las predicciones sobre el crecimiento del PIB, en la reacción previsible de los mercados ante ciertos acontecimientos, etc. Así, aumenta o reduce posiciones en un tipo de activo, aún a costa de desviarse tácticamente en un porcentaje -normalmente no más del 15%- de lo que era el objetivo inicial de riesgo ideal para el partícipe.

Las ventajas de este método frente a la pura gestión contra un benchmark son evidentes en un mercado volátil (no digamos bajista). El inconveniente, además del riesgo de equivocación, es el incremento de costes asociados a la rotación de la cartera.

La jerga del oficio La alfa, la beta y la alfa portable

El oficio de gestor de activos, como ocurre en otros como la medicina, incluye en su jerga términos disuasorios. El consejo para el partícipe de fondos es que no se deje intimidar por ellos: todo se puede entender aunque no sea a través de una explicación técnica.

El alfa queda definido en el artículo de la derecha y mide la capacidad que tiene un gestor de obtener rentabilidad cuando el índice que ha tomado como referencia no gana nada.

La definición de beta aparece en la información diaria sobre fondos de Cinco Días. Cuanto mayor es la beta, mayor es la sensibilidad del fondo a la evolución del índice de referencia.

Alfa portable es lo que se incorpora a la cartera de un fondo tradicional cuando una parte de ella se invierte en un hedge fund o fondo de inversión alternativo.