TRIBUNA

Cambio de escena en el comercio alimentario mundial

En la última conferencia negociadora de la OMC el capítulo referente al comercio alimentario ha aparecido como uno de los principales causantes de la falta de acuerdo. Cabe preguntarse a qué se ha debido el protagonismo de este capítulo del comercio internacional, y si su importancia es realmente tan determinante como para poder condicionar el avance en la liberalización comercial.

Como se sabe, el comercio alimentario es relativamente minoritario (apenas representa el 7% de las transacciones mundiales en valor) y se concentra en un número limitado de productos (destacan commodities como los cereales, la carne de vacuno, la leche en polvo, el algodón, el azúcar, el café...), en cuya exportación e importación intervienen principalmente un número muy limitado de países: 15 países acaparan en torno al 65% del comercio alimentario mundial (sólo cinco, EE UU, Francia, Países Bajos, Canadá y Alemania, controlan el 40% de las exportaciones). El protagonismo de estos productos de base tiene que ver, teóricamente, con la importancia de la producción alimentaria en las economías. En los países desarrollados, porque asegurar un abastecimiento alimentario regular a unos precios razonables y estables influye aún notablemente en los costes laborales, y, sobre todo, en los en desarrollo porque influye decisivamente, según sean exportadores o importadores netos de alimentos o materias primas agrarias, en su nivel de empleo, renta o pobreza rural. Pero, más allá de estas conocidas razones 'estratégicas', lo que ha convertido el comercio alimentario en un capítulo tan 'sensible' en las negociaciones es que se ha convertido en 'catalizador' de intereses económicos y políticos de primer orden, tanto para las relaciones comerciales de los países desarrollados entre sí como para las de éstos con los países en desarrollo.

Cuando EE UU y la UE se enfrentan por la aceptación o no de la carne de vacuno hormonada o del comercio de cereales transgénicos, por ejemplo, no está en juego únicamente la disputa de un mercado de unos productos donde compite un grupo reducido de importantes empresas norteamericanas o europeas, sino también derivadamente la expansión de sus principales industrias químicas, farmacéuticas o biotecnológicas.

La producción y distribución agroalimentarias han alcanzado un grado tal de integración con el resto de los sectores económicos en los países desarrollados, que su peso real en la economía es mucho mayor que el representado por la escasa participación directa del sector agrario en el PIB o en el empleo.

En el fondo, lo que está en juego es la continuidad de un modelo productivo y tecnológico de abastecimiento y consumo alimentario, en el que importantes empresas de los países más desarrollados junto a numerosos lobbies sectoriales alimentarios, con notable influencia política en los Gobiernos y en las organizaciones multilaterales, condicionan las posiciones negociadoras de sus países y el contenido de los acuerdos posibles. Frente a ello los países en desarrollo exportadores de alimentos apenas han podido hacer valer sus ventajas comparativas en diversas producciones agrarias: no incidían en la demanda, ni en la fijación de los precios, ni en la producción y transferencia de la tecnología productiva.

Así se entiende que los acuerdos de Marraquech en 1995, resultado de la Ronda Uruguay del GATT iniciada en 1986, que básicamente obligaban a una reducción de la 'ayuda interna' a la agricultura, una 'reducción de las 'subvenciones a la exportación' y una mejora en el 'acceso a los mercados' por parte de los países desarrollados, han permitido mantener casi intacta la estructura de los flujos comerciales alimentarios preexistente. Durante este tiempo los principales países desarrollados exportadores han alterado o camuflado sus políticas agrarias para cumplir, a menudo sólo sobre el papel, con lo acordado: EE UU han duplicado sus ayudas por productor y a la exportación, la UE ha reformado la PAC manteniendo el nivel de gasto y los mismos beneficiarios, y Australia, Nueva Zelanda o Canadá aplican sus ayudas con 'consejos de comercialización' ahora privatizados.

De Marraquech a Cancún lo que ha cambiado es un marco comercial internacional en el que la demanda alimentaria solvente se ha visto reducida en la última década, tras el hundimiento del antiguo bloque soviético, y la transformación en potenciales oferentes de antiguos e importantes países compradores como China o la India. Ahora los principales países en desarrollo (véase la creación del G-23) están dispuestos a hacer valer su potencial importador y exportador. Ni más, ni menos.