COLUMNA

Valores comunes y no tan comunes

Pasado el Consejo Europeo de Salónica y ante la cumbre de hoy entre la UE y EE UU, los esfuerzos se despliegan para recomponer el vínculo trasatlántico tan deteriorado por la invasión angloamericana de Irak.

Se suele repetir que, a pesar de Irak, la solidez de ese vínculo se basa en los valores que supuestamente compartimos europeos y estadounidenses. Así lo afirma un grupo de ex líderes europeos, entre los que están F. González, V. Giscard d' Estaing, H. Kohl, etcétera, y así lo recuerdan desde J. Chirac hasta C. Rice. ¿Cuáles serían esos valores y cuán compartidos están realmente entre las dos orillas del Atlántico Norte, aliadas ayer frente a un enemigo común, hoy desaparecido?

Es un buen momento para analizar la cuestión, porque los europeos estamos haciendo inventario de los valores fundacionales de nuestra Unión que se describen en el proyecto de Constitución que Giscard llevó a Salónica. Su inclusión, junto con la Carta de Derechos Fundamentales, en el texto que finalmente votemos en referéndum le dará un carácter cualitativamente distinto del de un tratado más.

Por supuesto que compartimos la economía de mercado y la democracia representativa como elementos fundamentales de nuestro sistema político-económico. Pero ambos admiten variantes muy distintas en su realidad práctica y sobre otras cuestiones tan importantes como la religión, la emigración, la paz y la guerra, la solidaridad y la justicia social, los derechos humanos o las relaciones con el resto del mundo; las divergencias son grandes y crecientes.

A los norteamericanos parece no importarles que S. Husein no tuviera las famosas armas de destrucción masiva que justificaron la guerra. Era un tirano impresentable y bien está que Bush se inventase esta razón como excusa para acabar con él. La verdad y la mentira toman dimensiones radicalmente distintas según los hechos a los que se apliquen. Se puede procesar a un presidente por haber mentido sobre sus relaciones íntimas con una de sus colaboradoras. Pero una gran mentira que conduce a la guerra y de la que depende la vida o la muerte de miles de personas deja indiferente. Quizá sea así desde los tiempos del Maine y la guerra de Cuba.

En Europa no nos preocuparíamos por mentiras del tipo Mónica, pero la opinión publica considera el arsenal inencontrable de Husein una manipulación reprobable que, como mínimo, genera debates parlamentarios. Probablemente sea así porque, después del fin de la guerra fría y del 11-S, europeos y americanos no tenemos igual percepción de las amenazas que pesan sobre nuestra seguridad.

Y esas percepciones explican los diferentes modelos de sociedad que unos y otros estamos desarrollando. Es difícil asegurar con tanta firmeza que compartimos los mismos valores cuando en EE UU sigue aplicando la pena de muerte que los europeos hemos abolido, precisamente en nombre de los valores que nos identifican. Ciertamente su aplicación, a enfermos mentales por ejemplo, se ha suavizado en muchos Estados gracias, en parte, a la presión de los europeos. Pero su pervivencia y la explosión de la población penitenciaria los últimos 15 años (California ya gasta más dinero en cárceles que en escuelas) demuestra grandes diferencias en la concepción de la justicia entre ambas sociedades.

Y lo mismo ocurre con la religión, el patriotismo más o menos chauvinista, la aceptación de la desigualdad y la asunción del riesgo. Nosotros hemos omitido la referencia a Dios en nuestro proyecto de Constitución, pero ésta es omnipresente al otro lado del Atlántico, desde los templos de todas las religiones que desbordan hasta las invocaciones de su presidente, pasando por los predicadores televisivos.

Nosotros dedicamos nuestras prioridades presupuestarias a la Seguridad Social y ellos a la seguridad militar. En consecuencia, la sociedad americana es más desigual que la nuestra, pero los europeos no podemos intervenir sin su ayuda en los Balcanes y no tenemos los medios de nuestras ambiciones diplomáticas. Probablemente los americanos no aceptarían una Reserva Federal tan independiente y unidimensional en su objetivo como el Banco Central que los europeos vamos a constitucionalizar. Y estas opciones se basan en consensos sociales muy fuertes que será difícil que cambien.

Por supuesto que entre la UE y EE UU existe una comunidad de intereses económicos y estratégicos, si no de valores, que justifican y requieren una unidad de acción. En los Balcanes intervenimos juntos tanto en defensa de valores -los derechos humanos- como de intereses -la estabilidad de Europa-. Pero la solidez de la relación requeriría un poco más de franqueza sobre la realidad de los valores en que se basan nuestras sociedades que son, a fin de cuentas, los que acaban produciendo las divergencias entre sus Gobiernos.