COLUMNA

La medición del capital humano en las empresas

Si damos por cierto que el talento de los recursos humanos es uno de los factores determinantes de la competitividad de una empresa y de su capacidad para crear valor, estaremos de acuerdo en que sería muy interesante poder medirlo, utilizando para ello algún indicador adecuado.

Un banco que va a prestarle dinero, un posible inversor que quiere entrar en su capital, un proveedor o un trabajador que acaba de recibir una oferta para incorporarse, es normal que deseen conocer lo mejor posible la empresa con la que se van a relacionar.

Para ello acudirán a los registros mercantiles y a los balances y contabilidades, donde se pueden analizar con lujo de detalles los activos de la empresa, lo que debe y su capital social. Sin embargo, ningún indicador contable ni registral les dará luz sobre la calidad de su plantilla, la capacidad de innovación que alberga, la formación recibida que atesora o el clima laboral existente. Y todos ellos influyen poderosamente en el valor de empresa, en su capacidad de desarrollo y en su vida futura. Pero no aparecen en los libros contables.

Llamamos capital humano de una empresa a la suma del talento, formación y motivación de sus trabajadores -el más importante-, con otros intangibles, como los procesos y organigramas internos, el control y la evaluación de calidad, la satisfacción y fidelidad de la cartera de clientes como consecuencia del trato que reciben, o la capacidad de aprovechar las inversiones en formación y nuevas tecnologías, por citar algunos ejemplos. El capital intelectual y humano es, en términos contables, un activo intangible oculto. Activo porque, según las definiciones más clásicas, puede estar controlado por la empresa, y tiene una evidente capacidad de generar beneficios en el futuro. Es intangible porque tiene naturaleza inmaterial. No se ve, ni se pesa, ni se guarda en un almacén. Y oculto, porque no aparece, salvo excepciones muy puntuales, reflejados en los balances. Y a pesar de no tener ningún apunte contable que recoja el valor del capital humano e intelectual de una empresa, todos estamos convencidos que es precisamente uno de sus núcleos más valiosos.

Utilizando una definición recogida en El capital intelectual: Valoración y Medición, de Nevado y López, diríamos: 'El capital intelectual es el conjunto de activos de una empresa que, aunque no estén reflejados en los estados contables tradicionales, generan o generarán valor (...) en el futuro, estando relacionado con el capital humano, la capacidad de innovación, la calidad de la relación con los clientes y de los procesos internos, y el capital cultural y de comunicación. La existencia de ese capital permite a unas empresas aprovechar más eficazmente las oportunidades que otras, por lo que incrementará la capacidad de generación de beneficios futuros'.

Como es de esperar, aunque las leyes contables no permiten recoger, capitalizar, ni amortizar dicho capital intelectual, numerosos estudiosos, así como empresas de consultoría de recursos humanos, han desarrollado modelos para intentar valorar ese capital. Esa información sería realmente valiosa, ya que arrojaría luz pública sobre uno de los aspectos más importantes de la vida de una empresa. Si podemos saber cuántos inmuebles, o máquinas tiene una empresa y su valor..., ¿por qué tenemos que resignarnos a no conocer, ni siquiera aproximadamente, el valor del capital humano e intelectual de una empresa?

Sería muy extenso y complejo reflejar de modo exhaustivo los distintos modelos de valoración, algunos con complejas matrices, y fórmulas matemáticas -en los que se trata de objetivar ratios, y descontar beneficios futuros-, por eso nos quedaremos con la idea de que, aunque ese capital no aparece aún contabilizado ni en los balances, van surgiendo métodos y procedimientos para su valoración y medición.

Esperemos que algunos de estos métodos e índices obtengan una validación pública. No sería de extrañar que en el futuro, cuando los analistas quisieran valorar una empresa, también lo tuvieran en cuenta. Si apareciera valorado el capital intelectual, no cabría ninguna duda que el retrato de la empresa sería mucho más parecido a la realidad que los que actualmente se pueden consultar.

Se podrá argumentar que un gran capital humano no es sinónimo de futuro para la empresa. Todos hemos conocido casos de empresas que han desaparecido a pesar de haber llegado a poseer plantillas de alta calidad. Una mala decisión estratégica, un cambio de mercados o cualquier otra causa pudo haber ocasionado su deterioro. Pero esta realidad no es óbice para que podamos afirmar que, a igualdad de balances mostrados en los libros, la empresa con mayor capital humano tiene muchas más posibilidades de futuro que la que alberga menos. Es, por tanto, interesante acercarnos al mismo.