EDITORIAL

Contra recesión, tipos más bajos

Alemania ha entrado en recesión. La locomotora de Europa, una tercera parte del producto interior bruto de la UE, lleva dos trimestres consecutivos estancada o con crecimiento negativo, y está arrastrando al resto de la Unión a la misma situación. Holanda cosecha también seis meses de caída interanual de su producción e Italia coquetea peligrosamente con la paralización productiva. La mitad de la zona euro, en definitiva, no crece. Pero si esto es historia pasada, el futuro inmediato no parece mejor. La Comisión Europea considera que el crecimiento de la Unión se moverá en una horquilla entre el 0% y el 0,4% en los seis próximos meses, y ni Gobiernos ni Banco Central Europeo (BCE) se atreven a mantener las previsiones que tenían para este año, pese a que se trataba ya de cálculos bien modestos.

¿Qué hacer con un panorama en el que las pistas de los indicadores de confianza son las más oscuras de las últimas décadas? En la Unión Económica y Monetaria hay dos versiones enfrentadas, que se exigen celeridad mutua y tardan una eternidad en dar los pasos correctos. El BCE, con el discurso aliado del comisario de Asuntos Económicos, Pedro Solbes, insiste en que la recuperación debe llegar por una cadena de reformas estructurales y por poner el celo en la estabilidad presupuestaria. De hacer keynesianismo, que sea de oferta y no consistente en regar con ayudas y gasto público a la población.

Buena parte de los Gobiernos, los que tienen economías con más dificultades, insisten en que los obstáculos al crecimiento están en una divisa sobrevalorada y que los remedios deben venir por un nuevo estímulo monetario por el BCE. Y en esa pelea entre BCE y Gobiernos, Europa está paralizada, a la espera de que Estados Unidos, que ha movido la economía mundial en los diez últimos años y ha aportado el 40% de la demanda mundial, se ponga de nuevo en marcha.

El tono de la política monetaria puede ser acertado para los indicadores que la mueven, como la inflación, que sigue ligeramente por encima del 2%. Pero es muy expansivo para economías como la española, con tasas de inflación superiores al 3% y una demanda de crédito aún muy sólida para financiar el negocio rampante de la vivienda, con la peligrosa acumulación de endeudamiento que supone para las familias.

Sin embargo, el talante de neutralidad que aparenta transmitir la política de Wim Duisenberg debería, en un caso como el actual, tomar un sesgo más expansivo para estimular la demanda de consumo e inversión de un núcleo de países (Alemania, Holanda, Italia, Francia) con la confianza bajo cero. Seguramente los beneficios obtenidos de tal medida compensarán, incluso en España, los riesgos inflacionistas. Aunque el discurso de Duisenberg lo oculta, la fecha para bajar los tipos puede ser junio, una vez que los Gobiernos hayan movido ficha. Francia y Austria ya lo han hecho, y Alemania pasa la prueba de fuego del congreso del partido en el poder, SPD, el próximo 1 de junio.